Ambición climática. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Abogado y doctor en Derecho y Sociedad y Revisor Experto de la ONU (2020/2022). Grupo de Trabajo III de Evaluación del IPPC - El Sol Digital
Ambición climática. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Abogado y doctor en Derecho y Sociedad y Revisor Experto de la ONU (2020/2022). Grupo de Trabajo III de Evaluación del IPPC

Ambición climática. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Abogado y doctor en Derecho y Sociedad y Revisor Experto de la ONU (2020/2022). Grupo de Trabajo III de Evaluación del IPPC

Las instituciones científicas, incluida la Organización Mundial de la Salud y el IPCC, están socavando lentamente su credibilidad a través de la reiterada politización de la ciencia.

El 28 de julio, Michael Shellenberger, experto mundial en clima, resaltaba en su libro titulado ‘Apocalypse Never’ que pedía perdón “por el miedo climático que hemos creado en estos últimos treinta años” (…). “El cambio climático está sucediendo. Simplemente no es el fin del mundo. Ni siquiera es nuestro problema ambiental más grave”.

Este meritado ambientalista da una serie de datos, como que los incendios han disminuido un 25% en todo el mundo desde 2003, que la cantidad de tierra que utilizamos para la carne ha disminuido en un área casi tan grande como Alaska. O que las emisiones de carbono están disminuyendo en la mayoría de las naciones ricas y han disminuido en Gran Bretaña, Alemania y Francia desde mediados de la década de 1970.

La pérdida de hábitat son amenazas mayores para las especies que el cambio climático. El combustible de madera es mucho peor para las personas y la vida silvestre que los combustibles fósiles.

Los medios de comunicación han estado haciendo pronunciamientos apocalípticos sobre el cambio climático desde fines de la década de 1980, y no parecen dispuestos a detenerse. Los “extremistas del clima” también han presionado con éxito al Banco Mundial y otras instituciones financieras para que reduzcan el financiamiento para los países pobres que buscan expandir su producción de energía.

El año pasado, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) emitió un informe que se basa en gran medida en la idea de que las naciones pobres pueden enriquecerse mientras usan radicalmente menos energía.

El IPCC también repitió una afirmación desacreditada de que las naciones pobres pueden «saltar» a las naciones ricas con paneles solares, baterías y eficiencia energética, y promovió la «bioenergía» , el uso de madera, estiércol y etanol, combustibles que no solo no son económicos , pero también vienen con sus propios impactos ambientales enormemente negativos.

La mayor hipocresía quizá sea que personas como la congresista demócrata de EE.UU, Ocasio-Cortez y la activista climática estudiantil sueca Greta Thunberg busquen cerrar las centrales nucleares mientras afirman que el cambio climático está llegando al final. Sin embargo, la energía nuclear proporciona la mayoría de la electricidad libre de carbono en los Estados Unidos y más del 40% de la electricidad total en Suecia.

Las formas más doctrinarias y apocalípticas del “ambientalismo” moderno son, simplemente, un reempaque de las ideas de Thomas Malthus, el economista británico del siglo XIX que pensaba que había demasiada gente pobre. El gobierno británico utilizó sus ideas para justificar las políticas que llevaron a la hambruna masiva en Irlanda de 1845 a 1849. Después de la Segunda Guerra Mundial, destacados progresistas estadounidenses recurrieron a las ideas de Malthus para oponerse a la ayuda al desarrollo y promover la esterilización forzada.

Según publica Science Alert, un equipo de investigadores del Instituto Max Planck de Meteorología de Alemania muestra que la Circulación de Retorno del Atlántico Meridional o AMOC se ha debilitado y ralentizado significativamente desde mediados del siglo XX.

El AMOC es el sistema de circulación oceánica que lleva corrientes superficiales cálidas de los trópicos hacia el norte, hacia la costa europea, intercambiándolas por flujos fríos de retorno de aguas profundas suministradas por el hielo en fusión.

El Giro del Pacífico Sur, llamado también desierto marino o cementerio espacial, esta zona no tiene vida ya que la corriente impide la entrada de aguas ricas en nutrientes de otras partes del océano. Además, los altos niveles de radiación ultravioleta literalmente queman el agua.

Recientemente un equipo de científicos de la Universidad de Stanford ha descubierto que en los océanos también se originan un tipo de sequías que luego pueden migrar hacia tierra y causar condiciones aún más extremas que las sequías convencionales. Así, pueden suceder momentos en los que grandes regiones del océano experimenten menos lluvias de lo normal, dando lugar a condiciones de sequías.

En el escrito, publicado en Water Resources Research, han señalado que de todas las sequías que afectaron al mundo desde 1981 hasta 2018, aproximadamente una de cada seis fueron sequías que se originaron dentro de los océanos.

No todas las sequías que se forman en los océanos son dañinas para los ecosistemas terrestres. Sin embargo, hay algo en su origen que las convierten en fenómenos grandes e intensos. Su origen se asocia con ciertos patrones de presión atmosférica que reducen la humedad notablemente y aumentan la fuerza de las sequías. Las sequías que se forman en los océanos son un fenómeno global que afecta a todos los continentes.

En tierra, una de las fórmulas más contundente de mitigación de la crisis climática a nivel global consiste en la creación de anillos, cinturones y murallas verdes. Ya se están desarrollando a gran escala en los distintos continentes. La estrategia se basa en plantaciones de miles de millones de árboles, entendidos como infraestructuras verdes. Aportan beneficios relacionados con el secuestro de carbono y la conservación de la biodiversidad, entre otros factores.

Suele considerarse que el primer cinturón verde fue diseñado por Moisés hace más de 3.000 años en los ejidos de los alrededores de las doce ciudades levitas. Fue la respuesta a una de las mayores crisis climáticas de la historia. Fue a finales del siglo XVI cuando Isabel I de Inglaterra prohibió la construcción de edificios en un cinturón de 5 kilómetros alrededor de la ciudad de Londres, con la idea de mejorar la salubridad urbana y frenar la expansión de epidemias.

A finales de los años 90 del siglo pasado, tras décadas de observación, Akira Miyawaki demostró que la recuperación de la vegetación natural potencial de un terreno degradado se lograba más rápidamente con un cóctel de semillas de especies autóctonas que, como se había creído hasta entonces, con la repoblación masiva de árboles alóctonos de rápido crecimiento.

Se trata de optar por las islas de biodiversidad como estrategia ecológica más solvente y económicamente más sólida. Plantar más árboles no hacen bosques. El bosque es una estructura viva que requiere de su orla y de sus estratos.

La FAO presentó en septiembre de 2019 el proyecto de  Gran muralla verde del Sahara y Asia, para frenar el avance del desierto y contrarrestar el cambio climático. Para 2030, este ambicioso proyecto habrá ayudado a las ciudades a crear 500.000 hectáreas de nuevos bosques urbanos, micro reservas de naturalidad.

La Unión Europea ha anunciado el lanzamiento de su nueva Estrategia de Biodiversidad para 2030. Sin embargo, no es lo mismo restaurar bosques (unos ecosistemas con características particulares de composición de especies, función e integridad ecológica) que plantar árboles, aunque plantar árboles sea una técnica habitualmente usada para restaurar bosques.

La mejor manera de restaurar los bosques es mediante la regeneración natural de los mismos, es decir, sin la intervención humana más allá de la interrupción de las causas que los han destruido o degradado, dejando que la naturaleza actúe por sí misma.

Plantar, como se propone, un billón de árboles no es la única solución. Los ecosistemas terrestres se originaron hace 8 millones de años. Recordemos que el cambio climático es el resultado de liberar a la atmósfera en forma de CO₂ el carbono que se almacenó durante millones de años por los restos fósiles de trillones de organismos. Es clave mantener los ecosistemas naturales que no tienen árboles, y luchar contra el aumento de la desertización.

La reforestación está indicada, por ejemplo, para aquellos ecosistemas que han sufrido pérdidas importantes de biodiversidad, erosión y otros perjuicios causados por la acción reciente del hombre.

Resulta más sensato destinar los fondos de los programas de creación de nuevos bosques a conservar los ya existentes, a frenar la deforestación y desarrollar medidas que fomenten el cese de emisiones, el cambio a modos de vida menos agresivos al medio ambiente, y la disminución de plaguicidas y productos químicos en el suelo agrícola. Son retos. Eso sí es ambición climática.

 

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