Cinco años de terror y sus consecuencias. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Doctor en derecho - El Sol Digital
Cinco años de terror y sus consecuencias. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Doctor en derecho

Cinco años de terror y sus consecuencias. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Doctor en derecho

A diferencia de la frivolidad de la última reina de Francia, María Victoria dal Pozzo della Cisterna, con efímero y singular reinado en España, fue una mujer piadosa y de férreas creencias religiosas, y llegó incluso a enfrentarse a la familia de su esposo, que predicaban el laicismo y algunos eran altos miembros de logias masónicas.

La revista española “La Ilustración Española y Americana”, número XLII, le dedicó unas palabras de elogio a su muerte: “Madrid no puede olvidarse de aquel ángel de virtud y de caridad, a quien el pueblo concedió el sencillo título de Madre de los Pobres. Bien ha demostrado Madrid que no se olvida de aquella noble Señora; a las honras fúnebres celebradas el 10 del corriente en la Iglesia de San José, han asistido más de cuatro mil personas en representación de todas las clases sociales”.

La Revolución francesa reemplazó el reino de Dios con “la religión de la patria”, con sus mártires y su liturgia. Una “religión para ateos”.

A finales del siglo XVIII el noventa y cinco por ciento de los habitantes de Francia profesaba la religión católica en una población total que rondaba los 27 millones de personas.

Durante el Antiguo Régimen la autoridad del clero estaba garantizada por su pertenencia al primer Estado. La Iglesia católica tenía una hegemonía de tierras, social y cultural indiscutible, era la encargada de registrar nacimientos, defunciones y matrimonios, además de ser la única institución que proveía educación primaria y secundaria, y asistencia sanitaria en sus hospitales.

El programa de descristianización llevado por los revolucionarios de 1789 contra el catolicismo, incluyó la confiscación de las tierras de la Iglesia que servirían como garantía y seguridad para la nueva moneda revolucionaria, el asignado; institución de un credo revolucionario y cívico que incluía el Culto a la Razón y el subsiguiente Culto al Ser Supremo; y la promulgación de una ley el 21 de octubre de 1793 condenando a muerte a todos los sacerdotes que no prestasen juramento de fidelidad al régimen.

La Asamblea Nacional Constituyente publicó en julio de 1790 la Constitución Civil del Clero, y los sacerdotes se convertían así en meros funcionarios estatales elegidos por su parroquia o arzobispado. Se requirió a todos los sacerdotes y obispos jurar fidelidad al nuevo orden republicano, bajo la amenaza de destitución, deportación o guillotina.

Confeccionadas en el Ayuntamiento de Paris, las listas de víctimas y verdugos, éstos a razón de seis francos por cabeza y día, sonó la hora del asalto de las cárceles, pereciendo en la masacre unas 1.300 personas, entre ellos los 191 clérigos asesinados en la prisión de los Carmelitas que” prefirieron la muerte antes de quebrar su comunión con el Papa o ser infieles al sacerdocio conferido por la Iglesia”.

El 13 de abril de 1791, el Papa rechazó la Constitución francesa. De ello resultó una escisión en la Iglesia Católica francesa entre aquellos sacerdotes que según Pío VI habían abjurado de su religión y los que se mantenían fieles a Roma.

En septiembre de 1792, la Asamblea Legislativa legalizó el divorcio, que era y es contrario a la doctrina católica. Al mismo tiempo el Estado tomo el control de funciones hasta entonces encomendadas a la Iglesia como el registro de nacimientos, defunciones y matrimonios.

Alrededor de 20.000 sacerdotes constitucionales se vieron obligados a dimitir y entregar sus cartas de ordenación, y entre 6.000 y 9.000 de ellos fueron obligados a casarse. A finales de la década, aproximadamente 30.000 sacerdotes se habían visto obligados a salir de Francia, y otros que no salieron fueron ejecutados.

En la Pascua de 1794, solo algunas decenas de las 40.000 iglesias de Francia permanecieron abiertas.

La intolerancia reinante exigía idearios más destructivos y fuertes. Había llegado la hora de los-sin Dios. De los seguidores de Diderot, de Helvetius, y el noble d’Holbach, predicando el ateísmo radical como norma vital y una recusación visceral de lo cristiano, al decretar la abolición de todo culto “fuera católico, constitucional, protestante o judío”, ordenaron “la destrucción de todas las enseñas religiosas que se hallen en las carreteras, plazas y lugares públicos”.

Se redactó en 1793 una nueva Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y una nueva Constitución de tipo democrático que reconocía el sufragio universal. El Comité de Salvación Pública cayó bajo el mando de Maximilien Robespierre y los jacobinos desataron lo que se denominó el “Reinado del Terror” (17931794).

El 5 de octubre de 1793, la Convención decretó la abolición en Francia de la “Era cristiana”, sustituyéndola por la republicana. Meses antes, el 21 de enero el rey fue ejecutado, y la reina el 16 de octubre del mismo año.

Una sociedad declarada pagana “por decreto” requería un calendario pagano, también. Se dividía el año en doce meses de treinta días cabales y cada mes en tres décadas en lugar de semanas, declarando festivo el décimo, dedicado a ceremonias cívico-patrióticas.

Los “desfanatizadores” se dedicaron a suplantar el culto cristiano con otro revolucionario de verdad: El del exterminio. Desaparecieron objetos litúrgicos de valor, incendiándose altares y confesionarios, no sin dedicar algunos templos supervivientes al culto de la diosa Razón.

Robespierre estableció un terror judicial fundamentado en la Ley de Sospechosos, votada en la Convención el 27 de septiembre de 1793. El 10 de junio de 1794, se suprimieron las garantías jurídicas para los encausados en los tribunales revolucionarios y se procedió a limitar el veredicto del tribunal únicamente a la absolución o a la condena a muerte. El cálculo total de víctimas varía, pero se cree que pudieron ser hasta 40.000 ciudadanos.

En las actas de aquellos tribunales abundan constancias de que en numerosos sacrificados su fe les infundió actitudes ante la muerte comparables a todos los efectos con las registradas en las actas de los mártires de los primeros siglos de la era cristiana.

El clímax de estas políticas se alcanza el 10 de noviembre de 1793 con la celebración de un “acto litúrgico adorando a la Razón deificada en la Catedral de Notre Dame”. Poco después, y por decisión de la Comuna, todas las iglesias de París quedaron dedicadas al culto de la diosa Razón.

La abadía de Cluny, una de las más grandiosas de la cristiandad, fue saqueada, y derruida a pico y pala en 1793. Respecto a la catedral de Notre Dame de París, y no sólo en su interior, fueron estrellados contra el pavimento las 28 estatuas de reyes, en piedra.

En 1799 todavía existían sacerdotes deportados realizando trabajos forzados o en prisión y perseguidos. La situación solo cambió cuando Napoleón, firmó con el nuevo papa, Pío VII, el Concordato de 1801, vigente hasta 1905, con la nueva ruptura de relaciones.

A principios del siglo XX, el líder anarquista Laurent Tailhade, predicador de la violencia, escribió que «contra el cura todo está permitido, pues la civilización tiene derecho a la legítima defensa. No hay que tenerle ni respeto ni piedad, pues se trata del perro rabioso al que todos tienen el derecho de matar por miedo a que muerda a los hombres e infecte el ganado».

El líder socialista Jean Jaurès, declaraba que su partido combatía al cristianismo «porque es la negación del derecho humano y encierra un principio de servilismo intelectual que ha de quedar fuera de cualquier obra de educación», en lo que abundó su compañero Ferdinand Buisson, presidente de la Liga de los Derechos Humanos y premio Nobel de la Paz en 1927, al sostener que “el Estado tiene la obligación de proteger a los niños de las perversiones de la enseñanza religiosa incluso contra la voluntad de sus padres.”

La ofensiva antirreligiosa abarcó todos los sectores de la sociedad, incluido un ejército bajo sospecha por su comportamiento durante el Affaire Dreyfus (1894-1906). Pues a éste le siguió el Affaire des fiches (1904), un intento de depuración del ejército de sus elementos considerados antirrepublicanos (católicos, monárquicos). El ministro de la Guerra encargó la investigación a la logia Gran Oriente.

Los jesuitas fueron desterrados; las órdenes religiosas, disueltas; provocando manifestaciones populares de protesta e incluso algunos muertos; miles de religiosos tuvieron que marchar al exilio; se liquidaron los bienes de las iglesias; las escuelas religiosas fueron cerradas; se prohibió a los religiosos impartir cualquier forma de enseñanza, a las monjas trabajar como enfermeras en los hospitales militares; y se prohibió la presencia en tribunales, escuelas y cualquier establecimiento público de crucifijos o cualquier imagen religiosa, incluidos los belenes navideños.

Los católicos franceses no se movilizaron ni protestaron de forma visible en contra de la barbarie anticristiana en los periodos de laicismo radical impulsado por el Estado en los siglos XIX y XX. En el siglo XXI, Francia es uno de los países menos religiosos en una Europa que, al mismo tiempo, constituye la región más secularizada del mundo. Lejos de su origen cristiano Europa no tiene raíces firmes en las que avanzar adecuadamente, los intereses mercantiles, impulsos periódicos en la protección de derechos sociales, o la transición ecológica son insuficientes.

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