Cómo desesperar a un camarero. José Sanz Arberola - El Sol Digital

Cómo desesperar a un camarero. José Sanz Arberola

Seguro que en más de una ocasión ha desesperado a un camarero. ¿No cree que sea así? Solo tiene que continuar leyendo para comprobar si al terminar el texto sigue manteniendo esa afirmación. Hemos realizado una intensa investigación visitando bares (todo por trabajo) para conocer la cruda realidad. Todos los consultados coinciden en que cada día ven alguno de estos diez actos. Téngalo en cuenta, es temporada de terrazas:

Tsss tsss. Como los camareros no son personas -nótese la ironía- y, por ello, no tienen derecho a saludos ni por favores, les llamamos cual perros con la onomatopeya ‘tsss tsss’ o con su variante: los golpecitos en la mesa o en la barra. Comenzando así, nos ganamos la cruz desde el minuto uno.

El experto en distribución. Las mesas y las sillas de los bares están colocadas de un modo concreto por una razón. No, no ha sido el destino quien las ha puesto ahí. Por tanto, uno no puede llegar y ponerse a cambiarlas sin preguntar como si fuese el salón de su casa. Si lo hacemos, alteraremos el rango asignado a cada camarero y provocaremos su confusión.

A nadie le interesa nuestra vida. No hay nada que más desconcierte a un camarero que tener que escuchar conversaciones privadas. Pensará: “pues que no ponga la oreja”. Cierto. Pero cuando uno está de pie junto a la mesa esperando para tomar nota y oye lo bien que se lo pasó un cliente con su mujer la noche anterior o las dificultades para ir al baño de otro, no es que haya hecho ningún esfuerzo por oírlo. Lo mejor es parar de hablar y dejar la conversación para otro momento.

El cliente indeciso. A la hora de ir a pedir, es muy normal requerir el consejo del camarero sobre uno o varios platos. Sin embargo, no hemos de extrañarnos si este entra en cólera después de haber pasado diez minutos detallándonos los ingredientes de cada uno e intentando vendernos amablemente las recomendaciones del día para después escuchar “bueno da igual, tráeme un filete a la plancha”.

Lo peor, las mesas grandes. A un buen camarero le gusta trabajar rápido. Es por ello que detestará las mesas grandes en los que los clientes piden uno por uno -con sus tiempos correspondientes para pensar- en vez de ponerlo todo en común y elegir a un portavoz. El colmo llega cuando, después de haber tomado nota, alguien dice “¡ay! Cambia lo mío por lo que ha pedido él” sin especificar qué era ‘lo suyo’.

Los impacientes. A todos se nos hacen eternos los minutos cuando tenemos hambre o sed. Más aún cuando las personas a nuestro alrededor están comiendo o bebiendo. Pero, si no queremos ser odiados, nunca, jamás, debemos repetir nuestro pedido a un camarero diferente del que ya nos ha tomado nota. Y es una situación más frecuente de lo que podemos creer.

Vueltas y más vueltas. Cliente: “Tráigame un café solo con hielo. Ah, y no se olvide del hielo”. El camarero vuelve con el café solo, el vaso con hielo, la cucharilla y el azúcar. Cliente: “Uy, se me olvidó. Lo quería con sacarina”.

El cliente solidario. Y de pasar el rato viendo al camarero paseando, pasamos otra forma de diversión: ver cómo barre. Porque para qué terminar de barrer en cinco minutos pudiendo terminar en diez si los clientes deciden que es mejor tirar las servilletas al suelo en vez de dejarlas sobre la mesa. Total, ya que barre…

El WiFi gratis para los aeropuertos. Una cosa es el WiFi gratis en los aeropuertos, donde hay que tener a los usuarios contentos mientras soportan horas y horas de espera, y otra, tomarse un café por un euro, bebérselo en veinte minutos y ocupar la mesa de un bar durante toda una tarde. Más delito si cabe es que el cliente esté viendo que hay gente esperando por sentarse y no decida volver a pedir o marcharse.

El cliente de última hora. Lo único bueno del cliente de última hora es que no solo desespera a camareros. En casi todos los trabajos existe esa persona que llega cuando te quedan cinco minutos para cerrar y ya has comenzado a recoger. Y que nunca pilla la indirecta de tu mirada cargada de odio.

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