Conversaciones de El Sol Digital (XVIII) Antonio Porras, vicepresidente de ASPROJUMA - El Sol Digital
Conversaciones de El Sol Digital (XVIII) Antonio Porras, vicepresidente de ASPROJUMA

Conversaciones de El Sol Digital (XVIII) Antonio Porras, vicepresidente de ASPROJUMA

 Conversaciones de El Sol Digital (XVIII)

Antonio Porras, vicepresidente de la Asociación de Profesores Jubilados de la Universidad de Málaga (ASPROJUMA) y ex profesional de la salud mental

 “Para muchas familias, que se encerrara a un familiar con una enfermedad mental era, hablando mal y pronto, quitarse el muerto de encima”

Vicente Almenara.- La vida de una persona no suele ser lineal y Antonio Porras dice que cada diez años se ha operado un cambio importante en su vida profesional. Ha sido enfermero de psiquiatría, profesor titular, supervisor de la UCI… Pero la verdad es que hay algunos trabajos que marcan más, en concreto Porras trabajó con enfermos mentales y conoció la reforma que se operó en España; no todo fue bueno, sin duda, pero se dieron pasos en la desinstitucionalización del enfermo, muy arraigada hasta finales de los setenta. Vista desde la perspectiva actual, parece que aquella era otra España, o quizá lo fuera.

 

“Cuando no hay respeto a lo que son los derechos del paciente como individuo es cuando se pueden hacer muchas barbaridades”

¿Cuantos años ha estado en la Universidad de Málaga?

Empecé, prácticamente, cuando la Escuela de Enfermería del Hospital Carlos Haya se trasladó en el año 1992 a la Universidad. A partir de ahí estuve como profesor asociado clínico, luego como LRU con 6 horas, y en el año 1998 pasé a profesor titular, hasta ahora, que me he jubilado.

¿Qué balance profesional hace de estos años?

Mi experiencia ha sido muy positiva porque, de alguna forma, tenía un bagaje de lo que es la práctica y eso te enriquece mucho cuando la acabas con la parte teórica. El hecho de ser profesor te obliga a desarrollar, asumir y estudiar la parte teórica, que en principio no estaba tan desarrollada.  Aprendí a sistematizarla, a estructurar el conocimiento, etc. En la Universidad me movía en dos asignaturas, una era de dirección de administración y de salud mental, ya que tenía mi formación como psicólogo y enfermero. También estuve trabajando en la reforma psiquiátrica, desde 1977 hasta 1987.

¿Se hicieron cosas relevantes y positivas en la salud mental de aquellos años en Andalucía?

Me desconecté un poco desde el punto de vista práctico, no desde lo teórico, aunque pertenezco todavía como miembro de honor a la Federación Española de Enfermería de Salud Mental. Hubo una persona muy importante que verdaderamente apostó por este campo de investigación, y fue el consejero de Sanidad, José Luis García de Arboleya. Aunque también apoyó bastante la Diputación de Málaga. Recuerdo al gerente del Hospital Psiquiátrico, Francisco Puche. Se hizo un proceso muy interesante en aquellos años. Por ejemplo, se intentó socializar a los pacientes de salud mental que estaban en condiciones favorables para hacerlo, algo que antes era insólito. Se fusionó la salud mental con el sistema de salud a nivel general. Tuvimos que recorrer mucho las comunidades. Visitábamos a los pacientes en sus casas. Teníamos entrevistas con los facultativos, ayuntamientos…, y luego se intentó crear consultas ambulatorias, íbamos a pasar consulta a Coín, Álora, etc. Aquello fue el embrión de lo que hoy se conoce como centros de salud mental de distrito.

La llegada de la democracia facilitó que se sucedieran este tipo de avances, pero parece que después hubo un retroceso en algunas prácticas. ¿Ahora en qué situación está todo esto?

Claro, es que es un proceso natural, casi es como la ley del péndulo. Aquella ley fue rompedora. No es que el hospital psiquiátrico se desmantelase en su sentido estricto, sino que quedó como una unidad de larga estancia, que así se llama, con pacientes que están allí. Esto no es fácil, es un complejo muy difícil, se trata de personas que están institucionalizadas, es un drama echarlas fuera si no se hace mediante un procedimiento adecuado. En aquellos años allí ocurrieron cosas que debieron provocar un reenfoque de la situación. Los centros de salud mental pasaron a estar en los distritos, las unidades de agudos se integraron en el hospital. Luego estaban las unidades de larga estancia, en las que hay una serie de sujetos que dependen de un equipo de personas que son las que les atienden. Había y ahora también hay viviendas protegidas, auxiliares que tutelan a este colectivo de personas, etc. Fue un proceso muy experimental y todo ello requiere una reflexión posterior.

El electroshock, que es una técnica para tratar algunas enfermedades y que fue muy polémica hace años, hoy día parece que se ha normalizado.

Lo que ocurre bajo mi punto de vista es que son tendencias, que antes también se defendían, pero que no estaban de moda. He estado presente en el año 1978 en electroshocks a un paciente. Lo practicaba un determinado facultativo que tenía el convencimiento absoluto de que ese tipo de tratamiento iba bien para tres tipos de patologías muy concretas. Depresión endógena muy severa, la esquizofrenia catatónica, y una más que no recuerdo. En ese caso sí que lo aplicaba. Nosotros no nos podíamos oponer. El proceso evolutivo ha ido dando alternativas. ¿Cuándo se pierden los principios?, cuando no hay respeto a lo que son los derechos del paciente como individuo es cuando se pueden hacer muchas barbaridades. La psiquiatría siempre ha tenido en su haber, y la medicina en gran parte, el hecho de que en la relación del facultativo con el paciente, éste delega en el primero, y el otro tiene una serie de derechos y obligaciones que éticamente le implican más que a otra persona. Entonces, la ética de un facultativo médico tiene que estar a prueba de bombas. En este sentido, el poder que se tiene sobre el paciente es inmenso.

¿Cómo ve las relaciones entre los psicólogos y los psiquiatras?

La realidad es que cuando hablamos de intervencionismo con elementos ajenos, extraños, es patrimonio del psiquiatra, que puede determinar unas determinadas técnicas. El fármaco lo determina él. El psicólogo, sin embargo, tiene una función más enfocada a lo que es el funcionamiento más íntimo de la mente, lo que es la reestructuración cognitiva del sujeto para afrontar el problema de una forma diferente a lo que puede hacer el psiquiatra. Hoy se pisan mucho ambos facultativos, pero desde mi punto de vista, el psiquiatra tiene también una orientación médica más organicista en términos generales. Por otro lado, también hay psicólogos que toman otra línea de trabajo y se confunden.

A veces se exploran terrenos, pero no se termina de encontrar una vía unificada en el estudio de la mente, como sí ocurre en cardiología u otras especialidades médicas.

Pero yo creo que es muy difícil establecer límites entre unas cosas y otras. Incluso en cardiología te los puedes encontrar. A veces se solapan los tratamientos, no entrar en conflicto es casi de buena camaradería, de respeto en ese sentido. Por ejemplo, recuerdo en el hospital Carlos Haya y en otros hospitales, el conflicto sobre quien operaba las hernias cervicales, los traumatólogos o los neurocirujanos, y hubo que llegar a un acuerdo. Porque ambos lo podían hacer. Llegaron a un pacto porque aquello no estaba delimitado. Quiero decir con esto que los límites son difusos, la rigidez muchas veces es complicada.

En el campo del cerebro, con los avances que se están dando en estos últimos años, cada vez está abierto a más opiniones y escuelas. ¿Qué opina?

Sí, es que ahí tendríamos que introducir también otras especialidades como es la neurocirugía. En cierto sentido es la parte más orgánica del cerebro, creo que tiene un campo importantísimo y se están haciendo grandes investigaciones. Entre estos neurólogos quisiera mencionar a los doctores Carrascosa y Ángel Arráez, este último para mí tiene las mejores manos de Andalucía, tiene reconocimiento internacional. También al neurólogo Óscar Fernández.

¿Recuerda la manifestación de los enfermos y enfermeros del Hospital Civil frente a la Diputación, a mediados de los setenta?

Esa etapa no la viví en concreto, en esos años no estaba trabajando en psiquiatría, pero sí que de alguna forma significó que nos incorporáramos un grupo de trabajadores más gracias a la reivindicación de los enfermeros y enfermos del Hospital Civil, que lucharon por dignificar el hábitat del paciente. El hospital psiquiátrico era deprimente.

En un momento determinado sé que hubo algunos casos de relaciones. Era deprimente también por la infraestructura propia del edificio, la falta de material, instalaciones del siglo XVIII o XIX. Todas aquellas protestas lo que buscaban era dignificarlo y sacar al enfermo a la calle, que no estuviera aislado. Hubo un intento de que la persona que estaba ingresada en el hospital tuviera la posibilidad de salir. Había muchas personas internas que, por tener una patología en un momento determinado, luego con el tiempo ya estaban mucho mejor, pero no se les permitía salir fuera. Entonces se consiguió que pudieran salir, porque estaban encerradas, aquello era muy injusto. Para muchas familias, que se encerrara a un familiar con una enfermedad mental era, hablando mal y pronto, quitarse el muerto de encima. Un enfermo mental en ningún caso es un enfermo que deba estar encerrado siempre.

Bueno, salvo que haya cometido un delito.

Es que son criterios distintos de ingresos. Lo que pasa es que cuando se conjuga un criterio clínico y otro judicial pues se dan otras situaciones.

¿Y siempre coincide el dictamen judicial con el criterio clínico?

En teoría debería de ser así. En el caso del paciente mental, hubo un tiempo en el que el facultativo tenía el poder absoluto para hacer el ingreso. Luego vino la ley y estableció que cuando un sujeto no quería ser ingresado era el juez el que tenía que determinarlo. En este caso no era por un asunto de delito, sino porque entendiera el juez que la patología era suficientemente grave.

Me parece lógico, antes se daba, en algunos casos, una especie de secuestro en las instituciones.

He conocido pacientes encerrados desde la Guerra Civil, yo no sé si había un criterio político o no. Eran personas que presentaban una patología en su momento y se quedaban allí encerradas años. Sufrían de una institucionalización de décadas. Incluso llegan a ser felices allí, aunque tú intentes sacarlos no quieren, por miedo. Se sienten mejor dentro. Es un sujeto que se ha adaptado a una vida determinada donde todo lo tiene allí dentro y no se tiene que enfrentar a una agresión del exterior. Es decir, para esa persona la locura estaría fuera y no dentro.

¿Qué les ofrece la sociedad?

Ese es uno de los problemas que la reforma encontró más complejos, el hecho de que se sacara a la gente a la calle significaba que tenías que darle un medio de vida. Entonces se crearon organismos. Una de las cosas más curiosas que se realizaron en esos años fue el fondo de ayuda social. Teníamos un conjunto de trabajadores asistentes sociales que, a través del FAS, el Fondo de Ayuda Social, a cada paciente se le daba una cuantía. Y eso se le ofrecía a la familia, iba a tener el aporte económico por tener a esa persona. Eso formó parte de un proceso de negociación con la familia y dio buen resultado.

Pero esto depende también del nivel cultural de la familia, ¿no?

Los psiquiátricos de la Diputación eran considerados de beneficencia, también los funcionarios de la Diputación tenían cubierta su asistencia. Esto quiere decir que la mayoría de los enfermos y sus familiares eran de clase social baja. Las familias con mayor poder adquisitivo llevaban a sus familiares a otros hospitales, como San José.

¿Qué es lo que más le ha gustado de su vida profesional, ¿qué elige, docencia, trato con pacientes…?

Creo que todo ser humano tiene un camino en la vida y cada momento requiere y necesita una serie de cosas. No es bueno que uno se ponga a explicar algo que no conoce. Por tanto, hay que formarse primero, la Universidad es muy interesante. Creo que el proceso tiene que estar en ejercer la profesión y conocer en esencia cómo es. Para mí eso fue importantísimo. Tuve una escuela muy intensa. Aparte de psiquiatría estuve en la UVI, pasé por supervisor de UVI, por la Unidad Respiratoria, donde conocí gente muy interesante, también aprendí medicina interna. Recuerdo que cuando me dieron la plaza decía que no quería que me tocara la UVI, y al final me tocó, pero lo cierto es que tuve mucha suerte con que me tocara, fue un gran reto. En todo ese proceso se va cogiendo un bagaje muy importante. Cuanto más conozca en la vida, más capacidad tienes para discernir, razonar, elegir y para formarte. Entonces, creo que he tenido esa suerte, cada diez años he tenido cambios. Estuve en Barcelona en la oficina de una empresa constructora trabajando y estudiando, después diez años en psiquiatría, otros diez en el hospital Carlos Haya, diez en el hospital Marítimo y luego algo más de diez en la Universidad de Málaga.

 

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