Convicciones comunes

Francisco J. Carrillo
Embajador y Académico

Parece existir un consenso mundial ante la constatación de la ausencia de valores, causa que se encuentra en el origen de las tensiones y guerras regionales o internacionalizadas que surgen y se programan para violar o restablecer derechos humanos universales, y para reestructurar a los Estados fallidos. No comparto la opinión de los que afirman que estamos en un “choque de civilizaciones”; creo, más bien, que nos encontramos en medio de gravísimas situaciones de “choque de codicias”, en donde “modelos” que creíamos definidos –al menos, en su configuración ideológica- iniciaron el enfrentamiento fundamentalista con objetivos globales. Podrían sonar a cánticos celestiales las siguientes palabras del papa Francisco, dirigidas a su feligresía y a los hombres de buena voluntad: “Los cristianos deberíamos acoger con afecto y respeto a los inmigrantes del Islam que llegan a nuestros países, del mismo modo que esperamos y rogamos ser acogidos y respetados en los países de tradición islámica (…). Frente a episodios de fundamentalismo violento que nos inquietan, el afecto hacia los verdaderos creyentes del Islam debe llevarnos a evitar odiosas generalizaciones, porque el verdadero Islam y una adecuada interpretación del Corán se oponen a toda violencia” (Evagelii gaudium, 253, noviembre 2013).
Este esquema de pensamiento práctico es ge-neralizable a todos los pueblos y culturas que son protagonistas de las relaciones internacionales. Pero para que impregne profundamente la realidad de cada día, es imprescindible trabajar en favor de las “convicciones comunes” que no nieguen la diversidad de culturas y hechos culturales sino que más bien sean garantía de su libre expresión en son de paz y no de guerra. Esas “convicciones comunes” encuentran su fundamento ontológico en los derechos humanos universales, cuyo fondo es transversal a toda la Humanidad pero que sin duda revestirán formas propias de la diversidad cultural, del “fondo de armario” propio a las grandes civilizaciones y espacios culturales.

 

Los siglos XVI y XVII fueron testigos pre-senciales de abominables “guerras de religión” en Europa, (por no mirar hacia atrás), con crueldades equivalentes a las que lleva a cabo Daesh (el autodenominado Estado Islámico en Iraq y en Siria). Los ejércitos victoriosos volvían de las batallas con las cabezas de sus enemigos (ambos bandos eran cristianos) clavadas en sus puntas de lanza. Son ejemplos de barbaries fundamentalistas, como fundamentalista fue, desde nuestra perspectiva y desde la que las padecieron, las acciones de la Santa Hermandad/Inquisición. Se llegó a pensar que el Estado moderno, con la “razón de Estado” era la solución a las guerras entre territorios “confesionalizados”, pero no fue así. Ni la Revolución de Octubre ni la Revolución Francesa ni la reciente gran guerra contra el nazismo como mal mayor trajeron una paz estable y duradera. Las operaciones coloniales, tampoco; más bien todo lo contrario, al tiempo que se multiplicaba, tras la descolonización, la participación de Estados soberanos en la ONU. El concierto de viejos y de nuevos Estados en el marco de las Naciones Unidas tampoco logró crear las condiciones para instaurar una paz mundial. (Raro es, como añadidura, encontrar un museo arqueológico, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, en donde estén ausentes los testimonios de muerte por violencia).
El poder de la globalización de los procesos económicos y financieros, sin ocultar sus efectos positivos, no incorporó inicialmente entre sus propósitos el peso específico de la diversidad cultural. Los gobiernos multiplicaron las Embajadas, pero hay que reconocer que el personal en ellas destinado no estaba suficientemente preparado para asumir sus tareas en ignotas áreas socio-culturales y políticas. El ejemplo más cercano en el tiempo, las relaciones con el llamado mundo árabe y su connotación “religiosa” de la que se hacía abstracción en los “briefings” diplomáticos.  No vieron venir las consecuencias de la guerra de Iraq como tampoco percibieron las consecuencias de la colonización. (Hoy día, más vale tarde que nunca, los Estados Unidos, Francia y algún otro país disponen, en sus ministerios de Exteriores, de “equipos especializados en las religiones”). Estas mismas reflexiones se podrían aplicar a la deslocalización de empresas a zonas menos desarrolladas pero con mano de obra más barata. En la mayoría de los empresarios y de los consejos de las grandes corporaciones industriales estuvo ausente el “análisis del impacto” al localizarse en áreas socio-culturales lejanas a su propia cultura, incluida la cultura industrial de origen. Cierto es que crearon puestos de trabajo en detrimento de sus propios países. Pero cierto es también que se beneficiaron de una legislación laboral y de unos sistemas de contratación que en sus mismos países de origen son inadmisibles. Los trabajadores autóctonos de esas empresas deslocalizadas, a través de Internet, son conscientes de las precarias condiciones que les han sido impuestas en comparación con la de los países de origen de esas empresas. (El sistema de las Naciones Unidas, por ejemplo, cuando contrata personal auxiliar local como “funcionarios”, paga el sueldo “internacional” y no el “local”). Sin duda, las repercusiones a medio plazo de estas realidades incidirán en la percepción que los “autóctonos” tendrán de sus propios países casi todos en régimen de dictadura y de los países de origen de esas empresas. No me cabe la menor duda de que ello constituye una fuente de “violencia simbólica” que algún día saldrá a la superficie. La globalización y el comercio internacional han permitido “atajos” para todo tipo de tráficos ilícitos, ya sea de obras de arte, de capitales, de órganos humanos, de drogas prohibidas, de tráfico de armas a gran escala. Los beneficios de estos tipos de tráficos ilícitos abundan y se parapetan en los paraísos fiscales, para financiación de mafias, de corruptos y de terrorismos. Muchas guerras y el terrorismo constituyen el terreno abonado de grandes negociantes de armas que incluso las promueven y las perpetúan. (Se ha sabido, por declaraciones de la Embajadora de la UE en Iraq, que parte del petróleo que se produce en zonas ocupadas por el Estado Islámico /Daesh se compra, por vías clandestinas, en la misma Europa).

 

¿Cómo y quién o quiénes pueden poner orden en este desconcierto con el objetivo de construir la paz respetando e incorporando la diversidad cultural en un diseño estratégico de convivencia a medio y largo plazo? No creo que la responsabilidad exclusiva recaiga en un solo Estado o en lo que hemos convenido en llamar Occidente. Las redes de codicia sin freno, sorteando en la mayoría de los casos las legislaciones nacionales y el derecho internacional, han llegado a tal extremo que hoy es permitido hablar de “choque de codicias”, que incluso logran incitar a poderes con pretensión hegemónica a fanatismos diversos y a las guerras, sobre todo, regionales o nacionales. Esta “lógica” podría conducir a guerras internacionalizadas o a conflictos armados en aquellas zonas que parecían blindadas a las acciones bélicas: como ejemplos, la guerra de Ukrania y el retorno a cierta intensidad de guerra fría con la amenaza, de momento virtual, a Europa; así como las recientes hipótesis de trabajo de analistas internacionales sobre una “alianza” ruso-griega -lo que estaría muy de acorde con la guerra fría- ante la posibilidad de que los griegos abandonen el euro y se salgan de la Unión Europea.
¿Qué hacer ante el “choque de codicias”, ya globalizado? En el preámbulo de la Constitución de la UNESCO encontramos un pista fundamental: “Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”. Esta constatación plantea, como punto de partida, la educación en los valores que, por su naturaleza universal, puedan llegar a configurar la mente de los hombre y allí cimentar los baluartes de la paz.

 

El contenido de este tipo de educación tiene fuertes connotaciones éticas y de moral cívica, (de hecho, en Francia es obligatoria la “educación en moral cívica”), como denominador común a todos los habitantes del planeta y expresado con las connotaciones culturales y lingüísticas de cada lugar y entorno. Este “sustento educativo”, que debe comenzar en las familias, la escuela, el barrio, el pueblo, la ciudad, debería ser la columna vertebral de los otros aprendizajes técnico-prácticos que permitan a las personas ganarse el pan con el sudor de su frente y contribuir al bien común.

 

Esa contribución al “bien común” (otros lo llaman “interés general”) sería la consecuencia inmediata de la educación como ciudadanos que participan de una unidad nacional, regional e internacional, las tres caras de una moneda que hoy debería ser de circulación normal. Las sociedades actuales no pueden progresar, habida cuenta de las importantes desigualdades nacionales e internacionales, sin que se activen dos principios fundamentales: el de solidaridad y el de subsidiariedad de los poderes públicos. Esos dos principios actúan o debería actuar como correctivos permanentes de los desequilibrios existentes y como frenos a las guerras y conflictos bélicos así como garantes de la paz. Sin olvidar que toda educación y formación deben abrir perspectivas reales para acceder a un empleo digno y estable. Si los sistemas educativos y de formación no lograran esta finalidad, cuyo objetivo fundamental siempre sería el de formar ciudadanos libres y responsables con “convicciones comunes”, esos sistemas serían inválidos y deberían someterser a reformas en profundidad.
Estamos en un mundo en donde todo llega a ser interdependiente. Se han llevado a cabo importantes avances en la investigación científica, en las comunicaciones, en la relativa y siempre inacabada conquista del espacio, en la vertiginosa rapidez de las operaciones financieras… pero se tiene la impresión de que, en lo básico, en el respeto a la dignidad de cada persona, todo o casi todo está por construir. Y lo más grave es que se pueden identificar las causas de la desigualdad, de la violencia, de la desesperanza y de las guerras.
Parece se impone un nuevo orden mundial y entre las naciones. La globalización y la sociedad de la información y de la comunicación han abierto muchos horizontes al tiempo que nos han hecho más conscientes de las limitaciones individuales así como de las potencialidades inexploradas o ya existentes pero mal redistribuídas. La solución no está en manos de una sociedad o de un Estado, aunque sí lo está una parte de la misma. Sigo pensando que la llave de las generalización de las “convicciones comunes”, de una regeneración ética y de la aplicación y respeto de los derechos humanos universales se encuentra depositada en la ONU que, a su vez, requiere una reestructuración a fondo para que su acción mundial e internacional sea eficaz para lograr los objetivos de paz -que es su función altamente prioritaria, con ingredientes como la muestra que he intentado perfilar en esta nota.

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