Cuba. Salvador Vilchez - El Sol Digital

Cuba. Salvador Vilchez

Miembro de Asociación Emérita de Turismo y Hostelería de Andalucía (ASETHAN) y ex presidente de la Asociación de Empresarios Hoteleros de la Costa del Sol (AEHCOS)

En enero del 93 llegué a Cuba para hacerme cargo de la Subdirección General de Operaciones para la compañía Kawama Caribbean Hotels.

Se había firmado un contrato de management para los hoteles, Riviera, Kawama y Puntas Blancas con el Gobierno cubano. El organigrama de la compañía era simple. Un director general de cabecera y en línea posterior cuatro subdirectores generales: Mantenimiento y Obras, Recursos Humanos, Financiero, Operaciones y Explotación, bajo el paragua de éste último estaba Comercial y Marketing.

Muy simple pero tremendamente operativo por las ganas y cantidad de horas que hicimos. En tres meses se tenía que trasladar la gestión cubana a la española. Complicado dado el perfil que tenían los mandos. El director general había sido capitán de navío en la Armada (equivalente a coronel) una persona muy preparada en el mundo de la empresa como tal pero desconociendo el turismo.

De él aprendí la forma de esquematizar los problemas en un papelógrafo para buscar las soluciones. El financiero, un catalán muy majo, venía del mundo de la pintura. Una empresa hotelera en cuanto a números es igual que otra cualquiera. El Recursos Humanos era farmacéutico pero gran conocedor de Cuba y el de Mantenimiento y Obras había sido comandante de Máquinas en la Armada, un gallego con un gran sentido del humor. A pesar de todo, formamos un buen equipo pero con la consecuencia de un trabajo para mi excesivo. La oficina central estaba en un chalet en la Quinta Avenida, Operaciones y explotación se ubicaba en el Habana Riviera.

El mismo día que llegué, al deshacer mi equipaje, observé que me había olvidado del after shave. Mal asunto debido a lo sensible que tengo la barba. Frente a los ascensores divisé una tienda y me dirigí a ella. Buenas tardes ¿tienen after shave? – le pregunté a una rubia despampanante-. !Buenas tardes mi amor, naturalmente acompáñame! Me enseñó diversas marcas y elegí una. Al salir de la tienda ya tenía mi primera amiga en La Habana, con su nombre y sus mejores sonrisas. Era un cliente más pero con el tiempo fuimos buenos amigos.

El hotel se inauguró en 1957, tenía tres restaurantes, uno en el lobby, otro en la terraza del edificio y otro en la piscina, además de una cafetería y un cabaret llamado por aquel entonces Copa. Un producto de más de trescientas habitaciones que necesitaba una renovación a gritos. Muchos actores americanos habían sido clientes del hotel, entre ellos recuerdo Ava Gadner, Yul Brinner, Frank Sinatra y una larga lista de personalidades. Disponía también de una sala para casino pero que estaba cerrada y sin uso prácticamente.

Este hotel fue el primero que tuvo aire acondicionado central en todo el Caribe. La maquinaria, aunque vieja, funcionaba bastante bien.

Mi trabajo consistió en preparar manuales operativos para gobernanta, recepción, mantenimiento y alimentación y bebidas. La dirección quería entregarlo a la propiedad en un plazo de tres meses, pero los tenía en inglés por mi paso por Thailandia. No hay problema si existen los recursos; tres traductoras, una secretaria y pasarlo a la forma cubana de interpretar el español. Por ejemplo, manta en cubano es frazada y baño, bañadera. Todo ello con mi supervisión hoja por hoja traducida y ayudando a los interpretes ante cualquier tipo de anglicismo.

Empezaba mi jornada a las 8 de la mañana y raro era el día que no terminaba a las 23 horas. Aparte de los mencionados manuales, tenía que realizar los presupuestos de los tres hoteles, una proyección económica a 7 años y un plan comercial junto a un desarrollo de marketing. No tuve mucho tiempo para entretenerme, la verdad. Las jornadas eran interminables. Llegué a Cuba con buena vista y cuando volví al año tenía que usar gafas para leer. Cosas que pasan.

Mi interlocutor con la propiedad era un economista llamado Jorge Fernández, un tipo duro con los números pero metódico y razonable, con el transcurso del tiempo, y fueron muchos días de reunión, fue un magnífico amigo.

Por su situación en La Habana, el Riviera era una gozada, en pleno malecón con la inmensidad del mar a tus pies. Desde mi habitación observaba a chavales pescar montados en una cámara de camiones, la postura para intentar pescar pargos hasta de cinco kilos debía ser muy incómoda. Lo digo como marino que he sido y patrón de embarcaciones de recreo.

La situación económica en la isla era bastante precaria, a ese año 1993 se le bautizó como “periodo especial”, los cortes de luz eran muy frecuentes en la ciudad por falta de combustible. El hotel no tenía problemas por sus grupos electrógenos que daban energía al complejo entero.

Durante esos meses de trabajo burocrático fui haciendo amistades con los Jefes de departamento del hotel, poco a poco, sin pedir nada a cambio fuimos intimando de cara al día en que se realizara el traspaso de la gestión, faltaba mucho pero los días pasan muy rápidos cuando tienes exceso de tareas y una planificación para terminarlos.

Lo dejaremos para otro capítulo en los que mostraré alguna imagen del establecimiento. Sólo añado hoy, 24 años después, que fue una época maravillosa donde di mucho y recibí más.

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