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El Cultural – El Cementerio de San Miguel

Esta semana hemos estado en el cementerio de San Miguel, que es un verdadero museo, y hemos hecho una visita, guiada por el profesor de arte de la Facultad de Letras Francisco José Rodríguez Marín, quien nos ha detallado muchos pormenores, también recogidos en un artículo de SUR. Richerdios.

Creado en 1803 a raíz de la prohibición de enterrarse en las iglesias, su historia corre paralela a los principales acontecimientos y protagonistas de los últimos dos siglos. Pasear por el Cementerio de San Miguel es hacerlo por la historia reciente de la Málaga de los siglos XIX y XX, además de un disfrute para el amante de la arquitectura y el arte. No en vano, este camposanto de estilo neoclásico fue incluido el año pasado en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz y es, junto con el Cementerio Inglés de la avenida de Pries, una joya imprescindible para conocer nuestro pasado más cercano.

El lugar está lleno de detalles y curiosidades -algunas de ellas desconocidas- que mezclan vida eterna y terrenal a partes iguales. Se creó entre los años 1803 y 1804, pero la bendición del camposanto no tuvo lugar hasta 1810. Su fundación obedece, como la de otros tantos cementerios españoles, a que las autoridades de la época prohibieron seguir haciendo enterramientos en iglesias y conventos por una cuestión sanitaria.

En el caso concreto de Málaga, en aquella época hubo una epidemia de vómito negro (una complicación de la fiebre amarilla) y se decidió que a partir de ese momento los enterramientos se harían ‘extramuros’, es decir, fuera de la ciudad. A pesar de que la prohibición de enterrarse en iglesias y conventos era firme desde finales del siglo XVIII, la costumbre tardó en imponerse porque los usos funerarios de la época eran otros completamente distintos «y por más que los terrenos estuvieran bendecidos la gente quería el refugio de la iglesia».

También en este caso había clases: los ciudadanos más pudientes se enterraban en el altar mayor de la iglesia o en otro lugar de referencia, y a medida que iban descendiendo de clase social recibían sepultura en los alrededores del templo. En el caso de la Iglesia de los Mártires, por ejemplo, la entrada a ese otro cementerio coincidía con el lugar que ahora ocupa un conocido lugar de baños árabes. La epidemia de vómito negro en Málaga marcó un antes y un después en estas costumbres porque las autoridades ya adivinaban los peligros de contagio, por eso los nuevos enterramientos comenzaron a celebrarse en el Cementerio de San Miguel, ubicado al norte y por aquel entonces bastante alejado de la ciudad.

Sin embargo, los ciudadanos pusieron mucha resistencia a esta nueva forma de acceder a la vida eterna.

En primer lugar porque no tenían el abrigo cercano de la iglesia, y además porque el terreno no estaba cerrado y los saqueadores de tumbas aprovechaban para hacerse con las pertenencias con las que se enterraba al fallecido, como relojes y alhajas.  Al poco tiempo llegó la solución a esta falta de seguridad en el Cementerio de San Miguel.

Pero una vez más, ésta tuvo que ser fruto del ingenio porque el Ayuntamiento de la época no tenía el dinero suficiente para vallar el recinto. Así, se llegó a un acuerdo inédito con las cofradías de la ciudad, que entre sus funciones sociales más importantes tenían la de enterrar a los hermanos, para que fueran creando la tapia con la instalación de sus nichos. Es decir, estas pequeñas construcciones colocadas unas a continuación de otras fueron cerrando el espacio y, por tanto, terminando con los problemas de seguridad. Entre 1821 y 1829 se colocaron el grueso de los nichos, de modo que el Ayuntamiento sólo tuvo que instalar la puerta de entrada al camposanto una vez que el cierre fue completo.

De hecho, aún se pueden ver algunos los restos de aquellos originales cerramientos. También la placa en recuerdo de la primera cofradía que decidió sumarse a la solución: la de Viñeros.

Con el paso de los años, en torno a finales del siglo XIX, las cofradías fueron vendiendo sus nichos y comenzaron a construirse panteones: allí están los de la Sangre, Mena (antes de la fusión de las hermandades del Cristo y la Virgen), Huerto o Ánimas de Ciegos. El camposanto original, que seguía el esquema de los cementerios monumentales, tenía en sus inicios cuatro patios.

En la actualidad sólo se conservan dos (el 1 y el 3), ambos de forma rectangular, y en el primero de ellos se esconde un detalle singular si se contempla el suelo. El funcionamiento del cementerio no era excepcional al de otros camposantos: cuando se adquiría un nicho se pagaba por un periodo concreto de tiempo, y si no se renovaba los huesos iban a un osario y se aprovechaban las lápidas… para hacer el suelo.

De hecho, si uno se fija puede identificar perfectamente en algunos tramos fechas y edades. A raíz de la lógica expansión de la ciudad dejó de ser algo lejano y acabó por convertirse en parte del barrio de Olletas y Capuchinos, dejó de hacer enterramientos en el año 1986 y fue clausurado el 31 de diciembre de ese año a raíz de un decreto dictado por el alcalde de la época, Pedro Aparicio. En él, disponía textualmente «que a partir de las 0 horas del día 3 de enero de 1987, y salvo aquellos cadáveres que en ese momento se hallaren en los velatorios de los citados dos cementerios (San Miguel y San Rafael), no se produzca ningún enterramiento, ni se reciban cadáveres ni restos cadavéricos o anatómicos en las necrópolis mencionadas».

La clausura definitiva llegó en julio de ese mismo año, y así permaneció durante una década para el levantamiento de los restos y la rehabilitación de la zona. En el año 2000 se aprobó un proyecto para realizar un parque contiguo al cementerio (el parque de San Miguel), construido sobre el espacio que antes ocupaba el patio civil y los patios 2º y 4º del camposanto.

También se aprobó un proyecto de rehabilitación de los patios 1º y 3º, que han quedado como el testimonio de la parte monumental e histórica. Hoy, el camposanto se ha reconvertido en un columbario (sólo se admiten cenizas) y han desaparecido la práctica totalidad de nichos y tumbas de alquiler. En la actualidad el cementerio cuenta con 250 panteones y nichos pertenecientes a los personajes y las familias más relevantes de la provincia en el siglo XIX y XX.

Entre ellos hay uno que destaca por una singularidad, y que explica Rubio durante el recorrido por el camposanto: es el Panteón de los Malagueños Ilustres, con cuatro personajes de referencia en la historia local pero que en dos de los casos no nacieron en Málaga a pesar de que se les considere como tales en la placa. Se trata de Bernardo Ferrándiz, nacido en Valencia y autor de las pinturas del techo del Teatro Cervantes; y del pintor Joaquín Martínez de la Vega, de origen almeriense. Ambos comparten descanso eterno con el poeta Salvador Rueda y el escultor e imaginero Francisco Palma García, que sí nacieron en Málaga.

El general José María Torrijos estuvo enterrado en el Cementerio de San Miguel hasta que sus restos y los de sus 47 hombres -represaliados todos en las playas de San Andrés por su condición de liberales- fueron trasladados a la plaza de la Merced, donde hoy reposan bajo el enorme obelisco construido en su memoria.

La inauguración oficial del monolito y de la cripta subterránea en la que se instalaron los restos de los fusilados tuvo lugar el 11 de diciembre de 1842, once años después de la muerte del grupo. Hasta ese momento, cada uno tuvo su lugar en el Cementerio de San Miguel: los restos de Torrijos y los de otros militares de mayor rango (López Pinto y Flores Calderón) reposaron sus primeros años en nichos, mientras que el resto fueron enterrados en una fosa común fuera del cementerio, en un terreno no sagrado.

De hecho aún hoy hay una placa en el camposanto que recuerda que allí estuvo durante los primeros años el general Torrijos: sin embargo, su nicho no está vacío y es además el protagonista de una de esas curiosas anécdotas que terminan uniendo a las personas no sólo en la vida, sino también en la muerte. El mismo día en que se ponía la primera piedra del obelisco de la plaza de la Merced (10 de abril de 1842) moría don Francisco Vicaría, el hermano carmelita que acompañó y dio apoyo espiritual a Torrijos y a los suyos en la última noche que pasaron en el convento del Carmen antes de ser fusilados.

Después de aquello, nada fue igual en la vida del religioso, que cayó en la locura tras de asistir a la represalia de aquel grupo de hombres y que se mantuvo en ese estado hasta que murió, diez años después. Al conocer la noticia, la viuda de Torrijos, Luisa Sáenz de Viniegra, decidió tener un gesto con la memoria del hermano carmelita y cedió el nicho en el que había reposado su marido para que allí descansaran los restos del religioso.

Trinidad Grund es otra de las figuras imprescindibles en el Cementerio de San Miguel, tal y como recoge la página web del camposanto al recordar su vida y su legado. Un paseo nos sirve para recordar los nombres de algunas de las familias que más contribuyeron al desarrollo de Málaga en los dos últimos siglos.

Allí están los panteones -auténticas joyas arquitectónicas- de sagas ilustres, como los Larios, los Heredia, los Rein, los Souviron, los Pries o los Bolín, y también los de otros personajes clave en la historia local como Félix Sáenz. Uno de los primeros panteones en levantarse en el camposanto fue el de la familia Castel, los pioneros de la tradición cafetera en Málaga antes de que la casa Santa Cristina tomara el relevo en el gusto de los malagueños (hoy Cafés Castel pertenece a Nestlé. El panteón es uno de los más bellos y amplios del camposanto (es el doble de grande de lo normal) y allí, además de los Castel, reposan los restos de otro de los grandes de la cultura malagueña aunque no haya una placa que lo recuerde: se trata del pintor José Moreno Carbonero, yerno de Simón.

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