El Cultural - Un faccioso más y algunos frailes menos - El Sol Digital
El Cultural – Un faccioso más y algunos frailes menos

El Cultural – Un faccioso más y algunos frailes menos

Esta semana hemos estado en la biblioteca leyendo “”Un Faccioso más y Algunos Frailes Menos”: el décimo y último libro de la segunda serie de “Los Episodios Nacionales” de Benito Pérez Galdós. Richerdios.

 

Un faccioso mas y algunos frailes Menos

 

Comienza el episodio con nuestros dos amigos, Salvador y Benigno, en la Granja. Benigno sufre un accidente y se rompe una pierna y Salvador se queda a su lado para cuidarle, de resultas de lo cual tienen largas pláticas los dos. Ambos han resuelto ya los asuntos que allí les llevaron, y, curado Benigno, este vuelve con Sola, y Salvador también regresa a Madrid y se dedica de nuevo a introducirse en algunos círculos de la política liberal. Ahora, los liberales apoyan a Isabel, para estar más enfrentados con los carlistas, y Salvador pulsa algunas de las reuniones de estos cristinos, que así se llamaron, por defender a la luego regente, María Cristina. Pero Salvador se da cuenta de que todo sigue siendo un lío y nada hay claro en ningún sitio y hasta hay elementos infiltrados, como Aviraneta, que juegan a dos barajas en estas reuniones y clubes, como la de los Isabelinos. Benigno no se decide a casarse con Sola y visita con frecuencia a Salvador. En su cabeza está fraguando la idea de que ambos se casen, y renunciar a la mano de una muchacha, mucho más joven que él, quien, además, como resultas de su accidente ha envejecido bastante y se encuentra ya menos ágil y animoso. Tras algunas dudas y vacilaciones, decide que ellos deben casarse, y así se lo hace saber a Sola y luego a Salvador, y ambos aceptan la idea por separado. Para que se vean de nuevo han concertado una cita. Ha aparecido Garrote, que vivía como pupilo en casa de las de Porreño, y así se ayudaban en su miseria. Salvador lo visita y le cuenta el parentesco que los une y se lo demuestra. Navarro acepta que es cierto, pero no perdona aún y, aunque tiene una conversación con su hermano, ésta no termina en buena armonía. Tiempo después, Salvador logra sacarlo de la cárcel, pues ha sido detenido conspirando en casa de Carnicero. El ayudante y criado de éste, Tablas, juntado con una mujer peculiar, la carnicera Nazaria, le ayuda en la huida, aunque lo hace por dinero. Pipaón se casa con Micaela, la nieta de Carnicero y éste repudia a la pareja, pues se entera de que Bragas ha denunciado a la gente que se reunía en su casa, para congraciarse con María Cristina, en un nuevo cambio de casaca. Muere finalmente Fernando VII, y se nos relata su muerte, que apenas es llorada por el pueblo, habiendo sido el rey más deseado. Su muerte fue suave, aunque la enfermedad no lo fue tanto. Carlos no ha renunciado al trono y las partidas carlistas comienzan a levantarse en el norte, y Carlos, que se había marchado a Portugal y había tenido agrias discusiones con su hermano en los últimos tiempos por la cuestión sucesoria, regresa. Zumalacárregui, que había estado muy vigilado, se escapa y se pone al frente de las partidas carlistas, a las que unifica. Navarro es detenido otra vez, en Viana, y llevado a Estella. Seudoquis, el amigo de Salvador, es su custodio. Salvador se dirige a Navarra para salvarle y deja una carta a Carnicero, para Benigno y Sola, pues tiene una cita ese día. Pero la casa en ruinas del avaro Carnicero se desploma, y éste muere bajo los escombros. La carta ya no se encuentra, aunque Benigno, que no entiende la marcha de Salvador, sabe que se la ha dejado por un criado, pero cree que Salvador ha ido a unirse a los carlistas y reniega de él y piensa, de nuevo, en casarse con Sola. Salvador encuentra a Seudoquis, pero cuando ya tiene medio arreglada la salvación de su hermano, el preso es traspasado a la jurisdicción del brigadier Lorenzo, en unión de otros presos, que fueron fusilados tras ser llevados a Pamplona. Pero Navarro se libra, pues le toman por loco por sus desatinos, y eso permite a Salvador llevárselo a una casa en Pamplona, cuando finalmente es exonerado por demente. Salvador le cuida con dedicación y logra mejorar su ánimo. Navarro se cree Zumalacárregui y se escapa, pero Salvador logra encontrarlo en Elizondo, y allí continúa cuidándolo y, como está muy enfermo, lo aloja en la casa de párroco del lugar, que un día recibe la visita de Zumalacárregui y el pretendiente don Carlos. Navarro cura de su demencia y muere al lado de Salvador, pero sus últimas palabras son que no perdona a Jenara, ni tampoco al propio Salvador. Éste regresa a la capital, pero ha de dar la vuelta por Francia, lo que le retrasa. Mientras tanto, en Madrid se ha declarado el cólera asiático, y las gentes que se dicen liberales y las masas enfurecidas y manipuladas por elementos que se ignoran, y, de forma directa para esta narración, por Tablas y otros semejantes a él, asaltan los conventos de frailes, a los que acusan de haber envenenado las aguas. Hacen unas espantosas matanzas en las que muere un personaje, al que Galdós había descrito como un alma bendita, el jesuita Gracián, pero con él mueren muchos más. El padre Alelí muere un tiempo después y de muerte natural. Este acontecimiento, histórico de la muerte de los frailes y curas a manos de pueblo armado toscamente, es una de la páginas más negras de la historia pequeña, pero de un simbolismo muy grande, por lo que representa, al mostrar lo bajo en que puede caer la masa manejada y asustada por algo que le es desconocido y que le aterra. La mujer de Tablas, Nazaria, muere del cólera, y la hija del primero, Romualda, a la que hacían subir y bajar escaleras todo el día, muere en medio de una ascensión. Tablas coge el cólera, pero se salva, y luego muere de un cáncer. Cuando ya Cordero, que se ha casado con Sola, en nombre de Salvador y por poderes, pues al fin pudo saber de él, desespera de que el marido regrese, este lo hace, y pueden los tres ser felices. Finalmente, dos de ellos como esposos y el tercero como el amigo más fiel de Salvador y su mujer. Aquí, según Galdós, terminan los episodios nacionales y jura que no escribirá más, pero eso no lo ha de cumplir y, diecinueve años más tarde, volverá a la tarea.

 

Es éste un episodio con múltiples sucesos, los más de ellos novelescos y algunos históricos, y entre estos es de destacar la muerte del rey, que se relata con detalle y se hace constar que no fue llorado aquel monarca que había sido tan deseado y que además dejó al morir un problema sucesorio, que ensangrentó al país durante muchas décadas y aún colea, si bien sea ya anecdóticamente. Se relatan algunas de las primeras escaramuzas de la guerra civil en el norte y el ascenso al mando de Zumalacárregui, al que conoce Salvador y el autor describe como un buen militar. Luego, lo histórico, aunque a menor escala, se centra en la matanza de clérigos en los conventos, al ser acusados del envenenamiento de las aguas con una tierra que, al parecer y esto tal vez no sea histórico, traía el padre Gracián de Loyola, como tierra santa de San Ignacio, para sus feligreses. En lo novelesco pocos personajes nuevos aparecen. Se repite el miserable y asesino Tablas, y su compañera Nazaria, pero ésta resulta una mujer aceptable de carácter y, aunque fiera, no es mala, mientras Romualda, la hija del primero, es una esclava que se pasa el día subiendo y bajando escaleras, y está anémica y casi es un esqueleto. Benigno hace el supremo sacrificio de renunciar a la boda con Sola, sabiendo que ella ama a Salvador, y que, aunque si él lo desea, será una buena esposa, no quiere sacrificarla. Cuando se convence de que Salvador la merece, deja el paso franco. Es el retrato de un hombre de bien. Salvador intenta por todos los medios reconciliarse con su hermano, pero, aunque casi lo logra, el carácter fiero, exaltado y soberbio de Garrote, lo impide, y el que presume de defensor de la religión no es capaz de perdonar al morir, a pesar de haber visto la actitud de su hermano. Aparecen algunos frailes, que son gente de bien, y muchos de ellos mueren a manos de las turbas exaltadas. Pipaón se casa y logra heredar, a pesar de que es acusado de su delación por el abuelo de su esposa, y está a punto de dejarle sin nada. Se nos cuenta que su paso al bando isabelino le valdrá, años después, un marquesado. Salvador, que siempre llega tarde a todo, ha de casarse por poderes, y, cuando ya le dan por perdido, aparece, y al final logra la felicidad con Sola. En sus conversaciones con Cordero hace profesión de su escepticismo en materia política, y hace de profeta anunciando lo que va venir y que el arreglo de los males de la patria no lo verá ninguno de ellos, en lo que acierta. Cordero es más optimista, pero los dos ven la política desde la barrera. Galdós hace aquí una especie de corte final y deja al país en plena guerra civil. Luego, retomará el asunto, diecinueve años más tarde y en el mismo punto en que lo dejó. Asegura, al final de este episodio, que los personajes que iban a verse, si seguía, serían ya actuales, pero diecinueve años más tarde habrán dejado de serlo. De todas formas, el autor haría en sus últimos episodios una historia tan actual que se estaba viviendo conforme la relataba.

Deja un comentario

El email no será público.