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El Cultural – Napoleón en Chamartín

El Cultural – Napoleón en Chamartín

Esta semana hemos estado en la biblioteca leyendo “Napoleón en Chamartín”: el quinto libro de la primera serie de “Los Episodios Nacionales” de Benito Pérez Galdós. Richerdios.

Napoleón en Chamartín

 

Terminó el anterior episodio en un intento de Santorcaz de raptar a su hija, el cual fue abortado por Gabriel y sus acompañantes, que eran la escolta. Ahora sigue la novela, ya en Madrid, y allí está alistado Gabriel en el ejército voluntario que se dispone a defender la villa de las huestes francesas, las que llevará Napoleón hasta la capital con objeto de poner en el trono a su hermano José. El pueblo le detesta ya, sin conocerle, y por todos lados se hace sátira del rey borracho, que en realidad era abstemio. No obstante, el pueblo no lo quiere y hará al final una cierta resistencia a la entrada del emperador, si bien la traición de algunos y, sobre todo la desigualdad de fuerzas, hace que el Emperador entre en Madrid y lleve a su hermano hasta el Prado, donde se crea la Corte. Esto es lo histórico, pero lo novelesco se centra en Gabriel y en la defensa que ha de hacer de su propia persona, perseguida ahora por Santorcaz, que le cree, y lo es, un peligro para sus fines. Además, está el conde del Rumblar, al que Santorcaz acaba definitivamente de pervertir, aprovechando un alma cándida e ingenua, educada en cierta rigidez pudibunda, y que al poder volar sola, se lanza por los peores caminos. No quiere a Inés, pero le conviene el matrimonio por la herencia, y, aunque mantiene amores con la Zaina, una manola de carácter desgarrado y fuerte, intenta también lograr a Inés. Con la ayuda de Santorcaz, persigue raptarla de nuevo. Pero se lo cuenta a Gabriel, quien ha sido protegido por Amaranta para salir de Madrid, disfrazado con las ropas de un conde afrancesado y primo de la condesa. Sabedor del intento del conde del Rumblar y disfrazado con las ropas del otro conde y su salvoconducto, que le ha proporcionado Amaranta, en vez de huir, va al Pardo donde está Inés, y, aunque no era su intención verla, ya que así se lo había prometido a Amaranta, las circunstancias hacen que la vea y ambos se declaren que su amor sigue vivo y que nadie los separará, y, al mismo tiempo, la avisa del complot del conde del Rumblar y Santorcaz. Pero se entretiene, y la sustitución por el conde es descubierta. Es apresado, vejado por los criados y desterrado a Francia. Nadie hace nada por evitarlo, pues la propia Amaranta le desprecia al creerle traidor a su palabra.

Un episodio en que lo novelesco priva sobre lo histórico, pues pocos hechos de este cariz se cuentan, y la llegada de Napoleón, que es casi un paseo, tiene poco que relatar, ya que la resistencia de la capital es más bien simbólica, aunque mueren algunos patriotas y otros individuos hacen traición. La ingenuidad y la ignorancia del pueblo son destacadas por Galdós en diálogos llenos de mordacidad y muy ilustrativos de cómo el rumor era algo que se tomaba por cierto, y las opiniones eran pintorescas y muy ilustrativas de la mentalidad de la época. Aparecen, o mejor siguen con más brillo ahora, personajes que aparecieron en otros episodios. Así el Gran Capitán, que ahora se porta como un valiente en su ancianidad y muere defendiendo él solo la zona de los Pozos, y no aceptando rendirse ante el francés, prefiriendo morir abrasado en un incendio que él mismo provoca. La figura del conde del Rumblar cada vez se hace más lamentable y digna de vituperio, no perdonando Galdós el describirle con los tintes más despreciables. Santorcaz sigue tan indeseable y trapacero, y cambiando una y otra vez de bando, vendido siempre a los franceses. Don Juan de Mañara aparece también como un don Juan, igual que en los anteriores episodios, y llega a ser regidor de la villa y enamorado de la Zaina, aunque ésta, despechada, o tal vez alguna otra persona, le acusa, acaso injustamente, de estar vendido a los franceses, y es destrozado por las turbas, que lo arrastran por las calles. Hay figuras muy divertidas de frailes, como el padre Salmón, al que ya conocimos, que protege a Gabriel y es un pan bendito, simple, e ignorante y muy apegado a la comida y a su condición frailuna, de la que se enorgullece, como el resto de los frailes de su orden, que es la de los mercedarios, los cuales se ven en el trance de desaparecer por las disposiciones de Napoleón, y, cuando hablan de sus riquezas y de su poder y su enorme número, aún les parecen pocas las cantidades y se asombran de que las quieran reducir. Hay algunos capítulos, un poco pesados, destinados a criticar los escritos del momento, tanto a favor como en contra de los franceses. Pinta Galdós otras figuras de majos y manolas y de majas y manolos de la vida nocturna madrileña, que también frecuentan los nobles, y aparecen, otra vez, figuras como la de Pujitos, siempre valiente y arrojado. Continúa el licenciado Lobo, ahora gran amigo y protector de Gabriel, al que protege. Aparece de nuevo el marqués, enterado de todo y que nada sabe, y ahora ya es afrancesado y vive en la Corte que se crea en torno al nuevo rey, y, al final, descubre a Gabriel. Y están, cómo no, el héroe de la serie, Gabriel, en su incesante perseguir al amor de su vida, Inés, que le corresponde. Gabriel es por ella capaz de sacrificios, que en el fondo de nada sirven, pues el amor está por encima. También, Amaranta, que lucha entre su cariño de madre, y el deseo de ver feliz a su hija, y su posición social que se impone con más fuerza que nada. Es, en resumen, éste un episodio de tránsito para otros más históricos y en el que queda bien retratado que los españoles no aceptaron el yugo francés y el pueblo se rebeló en todo momento, aunque algunos aprovechados emplearan la ocasión para medrar, pero estos son los de siempre y los que, sople como sople el viento, actúan de veletas.

La Deriva

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