El Cultural - El Símbolo Perdido - El Sol Digital
El Cultural – El Símbolo Perdido

El Cultural – El Símbolo Perdido

Puede que a algunos les extrañe que hoy traiga a esta página una novela de nula calidad literaria, que es, con otras del autor, sobre todo la primera “El Código Da Vinci”, un fenómeno editorial de ventas. Pero es preciso analizar los productos literarios para determinar su mérito o su demérito. Y esto es lo que me ha sugerido la lectura de las novelas de Dan Brown en general:

Dan Brown es un estafador literario o narrativo. Y ello por diversas razones:

La primera es que ha escrito una novela. “El Código Da Vinci” -que más parece un guion cinematográfico, para asegurarse su paso por el cine y los emolumentos que esto significa- y luego, sobre esa urdimbre, teje el resto de sus relatos, que siempre parecen el mismo. Además en esa, su primera novela, se valió del escándalo religioso y el obstat del Vaticano para hacerse publicidad y ser así record de ventas. Eso ya ha ocurrido luego con “Ángeles y Demonios” y ahora con “El Símbolo Perdido”. Antes había escrito otros, que pasaron sin pena ni gloria, y en alguno demostró su falta de información, o su maldad, como en “La Fortaleza Digital”, donde confundió, con mala intención, Sevilla con el barrio neoyorkino del Bronx, pues una policía corrupta y una sanidad tercermundista, como las que atribuía a Sevilla, sólo se pueden dar en su país o en algunos del tercer mundo.

Pero dejemos eso y centrémonos en la novela presente. Decíamos que Brown estafa a sus lectores y hay más argumentos para demostrarlo: engaña en el final de cada capítulo, cuando deja en suspenso alguna situación, que estima comprometida, para prender la atención del lector, y luego todo se diluye en agua de borrajas, ya que la expectación se convierte en decepción al ver truncadas las esperanzas de que pase algo interesante. Es un truco muy manido para hacer que muchos lean de corrido el libro y luego lo hagan ver así, con lo que el marketing se beneficia y también el bolsillo.

A estas alturas no le ha debido costar mucho conseguir información privilegiada, dado su éxito anterior injustificado y sus medios materiales; pero, al parecer, si es que lo ha logrado, lo ha malogrado, pues no se aprovecha bien de ello y nos hace sufrir una serie de pesados discursos sobre las que yo considero seudo ciencia, seudo filosofía y seudo teología. Quiere hacer ver que allí hay teorías científicas o humanísticas importantes y no deja de haber pequeñas verdades, algunas medias verdades y muchas falsedades e invenciones nada contrastadas y que las da por ciertas para consumo compulsivo de mentes de poca enjundia, o para papanatas que se tragan lo que les diga una figura de renombre. Escribe para crédulos y gentes poco ilustradas y ahí está su público principal y el que le da de comer. Los que están más versados pueden caer en la tentación y en la curiosidad malsana, como me ha ocurrido a mí, de comprar sus libros, o verlos en una biblioteca, y leerlos, aunque sólo sea para contrastar una y otra vez que es un fraude: un bluf que farolea en cada libro; pero él debe pensar que, mientras le dé dinero en abundancia, nada hay que no sea lícito.

Este es un libro aún más pesado que los anteriores, en especial en los últimos capítulos en que usa y abusa de esa seudo teología, y lo que antes prometió que sería el descubrimiento de una verdad que cambiaría el mundo, no pasa de quedarse en una estupidez para consumo de su público menos preparado y capaz de digerir lo que le den envuelto en papel. Ese público, que sólo lee sus libros u otros semejantes de nula calidad, es tan cándido que se traga la bazofia que les administra sin protestar, y de ello se beneficia este atracador de mentes subnormales. ¡Allá ellos!

Además utiliza la ciudad de Washington como si se tratara del ombligo del mundo; parece que es el centro de universo por ser la capital de su país y esconde en su interior -menuda fijación la de Brown por las catacumbas y los sitios bajo tierra al desarrollar más de la mitad de la novela en esos antros, como hiciera en otras anteriores- todos los secretos de la Humanidad, que han dejado allí los masones –; que, esto sí parece ser auténtico, menudean por el país y fueron los gestores de su independencia y su desarrollo, estando muchos edificios y hasta su moneda llenos de símbolos de las sectas masónicas-. No sé si se puede decir que favorece o no a las logias con este descubrimiento, del que ignoro si es cierto, de sus ceremonias y sus búsquedas de verdades escondidas en símbolos perdidos, las cuales darán a los que
las posean un nuevo poder por encima de los demás. Esos secretos, posiblemente ingenuos, son algo que poca gente debe saber, y no creo que a Dan Brown se lo hayan desvelado los masones aunque sea muy conocido.

A la espera de la versión cinematográfica y de próximas entregas de otro engendro como éste, mis felicitaciones a Dan Brown por ser capaz de engañar así a millones de personas y quedar en libertad, mientras otros estafadores por menos motivos están en la cárcel.

Richerdios

La Deriva

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