“De la mar me gusta todo, desde el atún a navegar” - Entrevista a José María Bustamante, un empresario que, jubilado, volvió en ayuda de los que fueron sus trabajadores - El Sol Digital
“De la mar me gusta todo, desde el atún a navegar” – Entrevista a José María Bustamante, un empresario que, jubilado, volvió en ayuda de los que fueron sus trabajadores

“De la mar me gusta todo, desde el atún a navegar” – Entrevista a José María Bustamante, un empresario que, jubilado, volvió en ayuda de los que fueron sus trabajadores

Conversaciones de El Sol Digital (XXV)

Vicente Almenara.- José María Bustamante es un animoso empresario malagueño que, pese a estar jubilado, un día coincidió con los que fueron sus trabajadores y pusieron en marcha una nueva empresa de señalizaciones y equipamiento urbano, Setyma. Pero su pasión es el mar, al que dedica en verano varias semanas de navegación por el Mediterráneo. Le duelen las oportunidades que Málaga pierde por no contar con infraestructuras náutico-deportivas y también las Administraciones, no siempre sensibles a las empresas que quieren hacer bien su trabajo. Hablamos durante un almuerzo de toda una vida.  

 Vicente Almenara.- José María Bustamante es un animoso empresario malagueño que, pese a estar jubilado, un día coincidió con los que fueron sus trabajadores y pusieron en marcha una nueva empresa de señalizaciones y equipamiento urbano, Setyma. Pero su pasión es el mar, al que dedica en verano varias semanas de navegación por el Mediterráneo. Le duelen las oportunidades que Málaga pierde por no contar con infraestructuras náutico-deportivas y también las Administraciones, no siempre sensibles a las empresas que quieren hacer bien su trabajo. Hablamos durante un almuerzo de toda una vida.

-Estás ahora de nuevo en la brecha, en la empresa. ¿Cómo ha sido esto?

Procuro no regresar nunca al lugar del crimen, por lo que no estoy en la empresa que creé. La que yo creé fue vendida y no supe más. A los 10 años, casualmente, me encontré al personal que trabajaba en la empresa que tuve. Estaban en la calle, la gestión había sido bastante nefasta tras venderla. Tomo conciencia de esto, decido echar una mano a la gente que en su día a mí me funciono bien y por eso se creó la nueva empresa. Le dediqué prácticamente mi vida, se creó en el año 1969, hasta 2002, que fue cuando la vendí.

¿Solmar fue su primera aventura empresarial?

Hice Navales en Cádiz, trabajé en astilleros como alumno en prácticas, luego trabajé en una contrata de astilleros, después me vine a Málaga y al año y medio lo dejé y empecé a crear lo que fue Solmar Málaga.

¿Tenías ese gusanillo de ser empresario?

Te puedo decir que sí, con 10 o 12 años hacía barquitos de corcho y se los vendía a mis primos, ya había un espíritu empresarial en la actividad.

¿Entonces frente a una nómina que le ingresan como le ocurre al funcionario y al trabajador por cuenta ajena, usted prefiere el riesgo de la mar en la que le puede venir una tormenta y un mes puede o no  cobrar?

No lo sé. Sí es cierto que tuve ocasión de hacerme inspector de buques y trabajar para el Estado. Era el tiempo que había que jurar los Principios de Movimiento y yo, que me había movido bastante, no tenía que jurar nada. Entonces seguí el curso de mis circunstancias y no sé si las elegí o las circunstancias me eligieron a mí.

[box bg=”#” color=”#” border=”#” radius=”0″]“Seguí el curso de mis circunstancias y no sé si las elegí o las circunstancias me eligieron a mí”.[/box]

¿De dónde le venía la vocación marinera?

Siempre me ha gustado mucho la mar. Me he cridado prácticamente en el rebalaje. Pasábamos todos los veranos en una casita en la playa. Sin embargo, no había tradición de la mar en mi familia.

¿De la mar qué te gusta?

Todo, desde el atún hasta navegar. En los años en que empecé a estudiar Navales, hice perito naval en Cádiz, había un futuro muy esperanzador. Ese futuro en el año setenta, que es cuando termino, se quiebra prácticamente. Hay competencia coreana, china y japonesa impresionantes. En España, los barcos que se construían era con créditos del Estado. Entonces, la industria naval española entró en crisis en los finales de los sesenta. La situación fue muy crítica y no era lo que en principio pensábamos que iba a ser. Al final, entre que yo prefería vivir en Málaga y que el mercado naval no estaba muy boyante me vine a esta ciudad. Es verdad que estuve cuatro años con los barcos italianos, de inspector, pero no tenía mucho trabajo porque aquí venían pocos barcos italianos.

Has tenido varios barcos…

Sí, casi siempre hemos tenido barcos en mi familia. Desde un barco de remo de madera hasta un catamarán. Y cuando no he tenido pues he tenido el de los amigos.

Entonces, no es un tópico decir que lo ideal es tener un amigo que tenga barco.

Sí, el mejor barco que uno puede tener es el barco de un amigo. De hecho, yo lo experimento mucho. Lo digo porque tengo muchos amigos y usan mi barco.

En cuanto a aquellos dos grandes días de disfrute, cuando se compra y cuando se vende el barco, ¿también es verdad?

No lo sé. Mira, yo que he tenido varios barcos como el que tengo ahora, como un catamarán, experimenté mucha satisfacción cuando pensé en comprarlo, cuando lo compré y cuando lo uso. Ya veremos cuando lo venda.

¿Y a las esposas, les gusta el barco?

Sí, bueno, hay señoras a las que envidio mucho a sus maridos porque son auténticas marineras. Otras vienen de vez en cuando.

Siguiendo con los tópicos, ¿es cierto que Málaga vive de espaldas a la mar?

Ahora menos, pero antes sí. Sólo hay que asomarse al Paseo Marítimo. Lo que da al mar son las cocinas, en lugar de los salones. Ahora la cosa ha cambiado. Hace 30 años o así daban las cocinas. Las zonas nobles dan a las carreteras, bueno, las pocas que había. Incluso la propia Administración malagueña vive de espaldas al mar. Y no hace nada al respecto.

¿Y esto a qué se debe?

Creo que a la ignorancia. Si hubiera políticos que les gustara el mar, quizá sería distinto. La industria que puede generar la náutica deportiva puede ser muy interesante, sin embargo, aquí no hay nada. Y lo que hay es de ayer. Nada más hay que irse al puerto de Málaga. Unas dársenas en un puerto comercial absolutamente impresentable. El resto pues son el esfuerzo del Club Mediterráneo y de El Candado, y son sociedades privadas. La provincia ha tenido quizá más suerte.

[box bg=”#” color=”#” border=”#” radius=”0″]“Se me saltan las lágrimas cuando veo la incapacidad de las fuerzas vivas de Málaga por no haber visto el mercado náutico”. [/box]

Pero en el litoral mediterráneo se encuentran unos puertos  magníficos.

Si Málaga hubiera sabido hacer una dársena deportiva en el muelle hace veinte años, hoy día tendríamos una industria náutica e ingresos por turismo espectaculares. Se me saltan las lágrimas cuando veo la incapacidad de las fuerzas vivas de Málaga en no haber visto el mercado náutico.

¿La posición geográfica de Málaga favorece que tengamos un puerto deportivo, comercial, de trasatlánticos, en qué podríamos ser más competitivos?

Bueno, no estoy hablando de competitividad. No creo que me corresponda a mí analizar eso, porque no lo sé. Ahora mismo, el turismo de cruceros está mal visto. Yo no sé cuánto cuesta tener tantos cruceros como los que tenemos aquí. No los quieren ni las Islas Baleares ni Cataluña.

¿Los cruceros generan mucho beneficio?

No lo sé. Por lo que conozco, y conozco poco, las compañías de cruceros son muy exigentes en los puertos a donde van. Lo que generan de visita y conocimiento de la ciudad puede ser muy interesante. Pero a lo que yo me refiero, fundamentalmente, es al hecho de la industria náutica en Málaga. Si Málaga en los años 60 o 70 hubiera sido capaz de ver que un puerto deportivo genera unos ingresos impresionantes, entonces la Málaga de hoy sería distinta. Pero, bueno, es que a pesar de todo eso, aún siguen sin verlo.

¿Y en el resto de la provincia?

La provincia tiene los puertos saturados en un 90 por ciento. En Italia, los hay en todas partes. En el mes de junio puedes entrar en un puerto deportivo de Italia por 60 euros. Sin embargo, en Puerto Banús te cuesta medio barco. Lo que ocurre es que hay barcos que tienen de 10 a 30 metros y luego hay otros que tienen 50 metros. Eso siempre va a estar ahí. El puerto tiene que dar precios para todo el mundo. No puede ser que un barco tenga que pagar 150 euros para poder estar una noche.

¿Después de aquella empresa, Solmar, cuando la vendes, te retiras?

Es curioso porque cuando vendí Solmar, tenía una edad razonable, pensé que en la medida en que mi familia, mi mujer y yo, nos encontráramos en una situación muy cómoda, entonces podía no trabajar. Tenía un inquilino en una casa que tenía en la playa. Un día me pidió que le ayudara en unos temas y al final me dediqué con él a hacer cosas de instalaciones fotovoltaicas.

¿Te gustaba?

Pues la verdad es que me divertía y, además, me generaba beneficios. Este era un chico francés, muy educado, con unas relaciones interesantes. Buscábamos los emplazamientos, permisos para proyectos. Compraban sus clientes franceses. Se trataba de instalaciones de paneles fotovoltaicos. Lo que es impresentable es que el gobierno español saque en el boletín unas condiciones de venta y luego las cambie con carácter retroactivo. Ahí se acabó nuestro negocio. Cuando empezó a costar más de un quinientos por ciento de lo que costaba. ¿En base a qué y con qué legislación?

Una nueva empresa nace, Setyma.

Cuando me encuentro a algunos de mis exempleados me cuentan que no les va muy bien, sino que les va mal y que están en la calle. Coincide que me los encuentro en varias ocasiones. Les propongo montar entonces esta empresa.

¿Por qué el nombre?

Sonaba bien y la montamos. Había parte de trabajo que se hacía como en la anterior empresa. Setyma tiene tres patas, la señalización del tráfico, el equipamiento urbano, que ambas lo hacíamos en Solmar, y se le añadió una cosa nueva, las redes inalámbricas. Algo magnífico, pero como siempre pasa en muchas zonas de España se hace bien, pero en Andalucía no hay presupuesto.

¿Cómo marcha?

Funciona con mucha voluntad e interés, poniendo dinero sistemáticamente, pero sin unos resultados satisfactorios como debería tener. Las administraciones están tomando cierta sensibilidad sobre esto. Ellas son rigurosas para que tú lleves todo en regla. Sin embargo, no son tan rigurosas a la hora de exigir que se cumpla lo que dicen las normas. Es decir, que las calidades de las obras dejan mucho que desear. Parece  que la Administración no tiene armas para acabar con esto.

Me parece que, al final, el que puede, las grandes empresas, consiguen que los precios no sean los que son. Al final, si tú realmente escarbas te encuentras que las cosas no han costado lo que decían. Luego, al final, o hay un detrimento de la calidad o hay un aumento de precios, eso está ahí, lo que pasa es que no se quiere ver. Procuramos ser muy exigentes con nosotros y con todo lo que está a nuestro alrededor. Eso nos hace no permitirnos hacer cosas que entendemos que no se deben hacer.

¿Qué Administración es más sensible?

Ahora mismo parece que la Administración local es muy sensible. Lo único que pasa es que no basta con ser sensible, hay que buscar soluciones. Si se buscan se encuentran las soluciones.

Hay empresas y asociaciones que dicen que se debe de contratar por parte de las Administraciones a empresas de la provincia. Al final se contrata a la empresa que gana un concurso, la que presenta una gran propuesta. ¿Y si otros lo hacen mejor a pesar de que sean de fuera?

Estoy en contra de eso. Hay que contratar al que hace las cosas bien. Hay que exigir que las cosas se hagan bien, que se haga lo que se paga y lo que se contrata. Y esto nada más que tiene un camino que es hacerlo bien.

Bueno, también hay otra forma, la corrupción.

He tenido una tremenda suerte en mis muchos años de vida profesional de no encontrarme a quien me haya pedido un peaje por darme una obra. Y no estoy de acuerdo en lo que tanto se dice cuando se refieren a que el contratista es el que contamina al otro. En mi vida profesional muy pocos son los casos que he encontrado. Sí me he encontrado cosas muy pintorescas. Un señor me vino a decir que le tenía que dar una comisión porque una obra a la que yo había concursado él había participado en la realización del proyecto. Entonces yo le contesté,  siguiendo su lógica, le dije que tenía que darle una comisión al señor de la papelería que me había vendido el papel para poder hacer la oferta.

¿Qué crees más frecuente, siendo infrecuente, el ofrecimiento del empleado público o el ofrecimiento de la empresa al funcionario y al político?

Una ciudad como Málaga no puede sacar un proyecto de ocho millones de euros para hacer una conservación, por ejemplo. Eso es lo que a mí me extraña, que lo hace una empresa que es de fuera y que en Málaga se benefician muy pocos. Si esos ocho millones se dividen en los once distritos, o en grupos de dos o tres distritos hace feliz a más empresas. El beneficio que eso puede generar se queda en la ciudad. En la gran mayoría de las ocasiones, este tipo de empresas lo que hacen es subcontratar esclavizando a las pymes, pagándoles fuera de la ley, exigiéndole más de lo normal, incumpliendo plazos. Luego, claro está, hay gente honesta y comprometida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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