Del “no me voy a rendir nunca” de Rajoy al quiero ser presidente como sea de Sánchez

Del “no me voy a rendir nunca” de Rajoy al quiero ser presidente como sea de Sánchez

La reciente frase de Mariano Rajoy, “no me voy a rendir nunca”, revela una torpe comprensión de la realidad porque, con independencia de cómo él se juzgue, la opinión pública lo ha apartado de sus preferencias, como se evidenció en las últimas elecciones generales, como se aprecia por las encuestas, el tono general de los medios de comunicación y el sentir del ciudadano común. El 20-D, el PP pasó a 123 diputados –de 186 que obtuvo en 2011-, es decir, perdió la mayoría absoluta y el 39,1 por ciento de sus votos. Por supuesto, no dimitió el candidato a presidente del Gobierno y presidente del partido. Empecinarse en el sostenella y no enmendalla solo va a suponer una continuidad de la agonía en la que ahora se debate el partido, en cuyo seno hay ya un runrún, no oficial, claro, de si es mejor esperar al próximo congreso a ver qué pasa, constituir una corriente de opinión o, directamente, formalizar un nuevo partido que recoja las promesas incumplidas de éste, como la reforma de la ley del aborto y también de la ley electoral. Una empresa no mantendría como gerente a quien, ejercicio tras ejercicio, ofrece pérdidas, como sucede en el PP en europeas, autonómicas, locales y generales. Lo sensato sería cambiar de gerente y corregir el rumbo, ahora torcido. Y es que en democracia, no basta con tener razón –si la hubiere-, es preciso que, además, te la den, y esto no ocurre ya, y desde hace mucho, con Mariano Rajoy. Es solo cuestión de tiempo que lo veamos. Él será el último en admitirlo, si lo hace, que está por ver, y sería con amargura.

Por su parte, el todavía secretario general de PSOE y candidato a la presidencia del Gobierno, Pedro Sánchez, presenta una trayectoria errática que le lleva de un acuerdo con Rivera, líder de Ciudadanos, a cortejar a Pablo Iglesias, de Podemos –que ni cree en la democracia como sistema ni en la democracia interna en su partido-, en el otro extremo del firmamento político. Sánchez transparenta demasiado su ambición personal y lo hace en extremo peligroso por cuanto pactaría con el diablo –aunque se llame Iglesias- con tal de verse en la Moncloa. El precio que pagaríamos todos sería altísimo y quizá por mucho tiempo. Por eso, los barones del PSOE, y especialmente Susana Díaz, han puesto límites a la negociación y están con el arma cargada y a la espera. La aventura de Sánchez muy probablemente no termine bien y pasará a ser un secretario y candidato fallido de infausta memoria. La renovación de los liderazgos de los dos principales partidos es necesaria no ya para solventar la parálisis institucional, que también, que falta hace, sino para la propia salud de la democracia española y de su próximo futuro. Cuanto más tarde el cambio, peor para todos.

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