Disturbios y saqueos. La mecha está encendida - El Sol Digital
Disturbios y saqueos. La mecha está encendida

Disturbios y saqueos. La mecha está encendida

El cumplimiento de la ley es la garantía de un Estado democrático. Que haya ciudadanos que se rebelen contra la ley -no que la discutan, a lo que todos tenemos derecho- y utilicen medios violentos no solo es condenable sino que debe perseguirse, precisamente, con la ley en la mano. Si en estas difíciles circunstancias que atravesamos, con miles de muertos, un grupo de niñatos, delincuentes, elementos de extrema izquierda y, sin duda, también personas de buena fe, se echan a la calle a montar barricadas y prenderles fuego y agredir a la Policía que quiere restablecer el orden, el mal que padecemos se agravará sin remedio.

Desgraciadamente, el hombre, desde los albores de la Humanidad, no entiende el cumplimiento de las normas que nos damos si no es con la amenaza de sanción. Ya se sabe que no es muy popular el uso de medios coercitivos, que para eso están validados por la ley, pero peor es el desorden, los daños humanos y los materiales que se derivan de los disturbios y los saqueos callejeros.

Si están fijadas medidas de distancia social y uso de mascarillas, y ostensiblemente se incumplen estas normas, que son obligadas, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado deben imponer sanciones en el mismo número de los infractores que sean sorprendidos como tales, y éstas deben hacerse cumplir, en cuantías disuasorias para que resulten ejemplares. Si el incumplimiento de la ley resulta gratuito, o casi, como bien saben los golpistas catalanes, entonces estaremos fuera de un Estado de derecho, situación que empieza a darse. Es necesario que las leyes contemplen un endurecimiento de las sanciones, proporcional al peligro que representa que un individuo contagie a otros que pueden morir. Solo así, el ciudadano se pensará incumplir la ley.

Por otra parte, que las medidas gubernamentales contra la pandemia vayan detrás de la enfermedad, condena a que ésta no solo vaya por delante sino que se agrave su extensión. Hay que hacer frente al coronavirus con medidas contundentes, por impopulares que sean, salvaguardando la economía pero castigando con extrema dureza a los que incumplen las normas.

Con independencia de la ineptitud demostrada por este Gobierno en la gestión de la crisis, que es evidente y que habrá contribuido en una medida difícil de cuantificar a los miles de muertos que soportamos, si en el Congreso de los Diputados se ha aprobado el estado de alarma y el toque de queda éstos deben cumplirse. Otra cosa es que los partidos auxiliares del Gobierno y el mismo Gobierno merezcan nuestra más resuelta repulsa, y por supuesto no les votemos en la próxima convocatoria electoral, pero ahora el marco normativo es el que hay.

Los negacionistas del virus no tienen más derecho que los demás ciudadanos y si quieren pensar también que la tierra es plana claro que son libres de sus ensoñaciones, pero lo que no pueden es saltarse la ley.

El gran peligro que se presenta en el horizonte es que confluyan en la calle la extrema izquierda, violenta de por sí -como comprobamos a diario en Cataluña y País Vasco- para intentar su revolución siempre inalcanzable, los delincuentes comunes y gente desesperada que no tiene fuentes de ingresos. Para evitar males mayores, es mejor sofocar el incendio desde primera hora y con todos los medios, no más tarde, cuando las llamas hayan prendido en toda la ciudad.

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