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Editorial – Los delincuentes son ellos

Editorial – Los delincuentes son ellos

Los ignorantes pueden creerse cualquier patraña y si hay grupos especializados y sin escrúpulos en difundirlas pues el trabajo está hecho. Es lo que pasa con muchas de las mentiras que difunde el nacionalismo catalán y que, además, no se ven neutralizadas por una pedagogía del Gobierno y de los partidos constitucionales acerca de quiénes son estos golpistas.

Hay que recordar que Enric Prat de la Riba, padre del catalanismo actual, decía textualmente que hay “dos maneras de ver diametralmente opuestas: la opinión catalana y la opinión castellana o española; la una positiva y realista, la otra fantasista y charlatanesca; la una llena de previsión, la otra el colmo de la imprevisión; la una ligada a la corriente industrial de los pueblos modernos, la otra nutrida de prejuicios de hidalgo cargado de deudas e inflado de orgullo. Estos son los rasgos distintivos propios de los dos pueblos que son la antítesis uno del otro por la raza, el temperamento y el carácter; por el estado social y la vida económica.[…]. Los castellanos, que los extranjeros designan en general con la denominación de españoles, son un pueblo en el que el carácter semítico es predominante; la sangre árabe y africana que las frecuentes invasiones de los pueblos del sur le han inoculado se revela en su manera de ser, de pensar, de sentir y en todas las manifestaciones de su vida pública y privada” (La question catalana, 1898).

Como se comprenderá, con semejante botarate racista, al que siguen hoy las huestes independentistas con devoción no disimulada, siempre nos quedaremos cortos al señalarlas como supremacistas, xenófobas y de añejo sabor nazi.

También en la Lliga militaba el famoso doctor Bartomeu Robert, que fue alcalde de Barcelona y que utilizaba ya directamente la craneometría frenológica para justificar la supuesta “superioridad” Pero, claro, como tras la caída del nazismo el componente racial es indefendible y no se pueden medir cráneos como estos catalanistas del XIX, pues ahora sus discípulos recurren a la lengua como factor discriminatorio. El propósito es el mismo.

Debemos denunciar este pensamiento nacionalista catalán como contrario a la convivencia, enemigo de la paz de los pueblos -véase el papel de los nacionalismos en la destrucción de Europa en el siglo XX- y profundamente racista. Porque pareciera, de oírles solo a ellos, que los que defendemos la Constitución, la democracia y la libertad y la unidad de España somos los acusados de alguna clase de ignominia. No, los delincuentes, son ellos.

Unicaja

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