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Editorial – No queda otra opción que la aplicación del artículo 155 de la Constitución en Cataluña

Editorial – No queda otra opción que la aplicación del artículo 155 de la Constitución en Cataluña

El presidente Puigdemont y su Gobierno deben ser detenidos y puestos a disposición de la autoridad judicial

Los sucesos del pasado domingo, en el transcurso de la convocatoria de un referéndum ilegal impulsado por el Gobierno de Cataluña, encierran al menos la virtud de chequear la realidad, no solo de aquella región, sino del resto de España ante el acontecimiento de más gravedad de la democracia española, además del 23-F de 1981. Ambos, un golpe de Estado con distintas técnicas de asalto al poder.

El hecho de saltarse la resolución del Tribunal Constitucional y todas y cada una de las instrucciones de los jueces, coloca al Gobierno de la Generalidad al margen de la ley, lo que resulta gravísimo por cuanto su presidente es la máxima autoridad del Estado en la Comunidad Autónoma. Pues bien, que a estas horas siga en libertad el presidente Puigdemont, principal cabecilla de este acto delictivo, produce fundamentadas dudas acerca de si realmente estamos en un Estado de Derecho. ¿O es que es el sentido de la oportunidad el que rige a la hora de detener y poner a disposición judicial a un individuo, por importante que éste sea?, pero ¿no somos todos los españoles iguales ante la ley?

Que los Mozos de Escuadra no hayan cumplido las indicaciones de los jueces y hayan hecho el paripé de levantar actas de los colegios electorales es una gran burla del cuerpo policial, que también se aleja de la ley para refugiarse bajo las alas del independentismo. También a estas horas el mayor de los Mozos, Trapero, sigue en libertad.

Claro, éstos son mensajes que llegan a la sociedad española y ésta se desazona con toda la razón del mundo. Después se le exige que pague impuestos, ¿para qué?, cabe preguntarse, ¿para pagar a los mozos que se posicionan frente a España?, ¿para pagar al presidente del Gobierno que nunca debió de permitir que llegáramos a esta situación y que se ha envuelto en las togas?, ¿para qué? Ya está bien de soportar lo que ocurre como inevitable, vivimos una rebelión y hay que hacerle frente. Pero no solo en Cataluña. En otros lugares de España ha habido manifestaciones de apoyo a los delincuentes catalanes sublevados. Y las personas que respetan la ley esperaban que la Policía impediría esta apología del delito en Madrid y otros lugares. Pues no. Prima más la prudencia y la moderación, palabras tan queridas por el presidente del Gobierno, que la aplicación de la ley. Pues bueno es recordar que es, precisamente, la ley la que nos aleja de la barbarie, violarla nos separa de la civilización y, por supuesto, de la democracia y de la defensa de los derechos fundamentales de la persona.

Es cierto que también han salido a la calle españoles de bien que quieren seguir siéndolo, pero en escaso número frente a quienes enarbolan otra bandera. Y en Cataluña, media sociedad está en casa encerrada, muerta de miedo y rezumando cobardía muchos, ¿o es que piensan estos catalanes que van a venir de fuera a solucionarles un problema que también, o más que de nadie, es de ellos? Los malos son malos pero no son tontos y aprovechan el encogimiento de hombros, cuando no el temor colectivo, como hace el terrorismo, para intentar alcanzar sus propósitos. Para más inri, algunos dirigentes de los malos son unos ladrones que han robado mediante comisiones a las empresas, el famoso 3 por ciento, y con otros ardides, todo lo que han podido, y ahora intentan la huida con una cobertura política.

Es cierto que el problema del nacionalismo, y no solo en Cataluña sino también principalmente en el País Vasco, viene de antiguo, concretamente procede del Estado de las Autonomías, que ha sido utilizado para llegar a este punto. Esto ha sido así porque se ha dejado hacer. Es una verdad como un templo que todos los gobiernos que hemos tenido en España en estos últimos 40 años han declinado defender, en la práctica, la Constitución en lo que respecta a la autonomía catalana y vasca, por ejemplo en cuanto a la educación. Y así se ha formado en el odio a España a varias generaciones que hoy están en la calle apedreando a nuestra Policía y Guardia Civil. Podemos ponerle una tirita al herido, pero éste tiene un infarto agudo de miocardio y no lo vamos a curar así. España necesita una urgente regeneración política que no pueden llevar a cabo quienes la han conducido hasta el momento presente. En el seno de los principales partidos políticos debe comprenderse esto que decimos.

La actitud de Pedro Sánchez de apoyo a medias y condicionado al Gobierno es profundamente desleal y alienta a los separatistas y a sus cómplices de Podemos, agazapados para saltar en cualquier momento. Ciudadanos, por su parte, ha sido menos dudoso en defensa de la legalidad, y otras instituciones como la jerarquía eclesiástica provocan vergüenza ajena y se han autolesionado por mucho tiempo buscando una imposible equidistancia entre el bien y el mal.

Creemos que no todo está perdido, que todavía se puede reaccionar, pero no desde la tibieza sino desde la convicción en que la defensa de la libertad y del orden democrático pasan inexorablemente por el cumplimiento sin titubeos de la ley. Llegados a este punto, hay que reclamar la inmediata suspensión de la autonomía catalana en aplicación del artículo 155 de la Constitución española. Y desde esta base de partida reconstruir el edificio, con paciencia y habilidad, del orden democrático afectado por este terremoto político del 1-O que lo ha dejado en ruinas.

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