El caso de Astrid. Ramón Echeverría p.b. - El Sol Digital
El caso de Astrid. Ramón Echeverría p.b.

El caso de Astrid. Ramón Echeverría p.b.

En 1965, durante mis estudios de Teología en Londres, conocí a un joven y simpático matrimonio con una peculiar historia. Él, chino de Singapur, ella catalana, ambos de familias católicas practicantes. Estaban terminando sus estudios de arquitectura. Se habían conocido durante unas vacaciones en Italia. Cuando al volver a Inglaterra pasando por España ella presentó al “amigo estudiante” a su familia, la acogida fue excelente. Todo cambió algunos meses más tarde, cuando explicaron a sus respectivas familias que habían decidido casarse. Los catalanes no podían admitir el matrimonio de su hija con un chino, y el párroco chino de Singapur insistió fuertemente para que el joven chino no se casara con una española. Con el tiempo las aguas se calmaron, se celebró la boda, y aunque he perdido su contacto, imagino que seguirán siendo un matrimonio y una familia feliz.

Diez años más tarde me tocó estudiar hebreo moderno en un “ulpán” (escuela de lengua hebrea) de Jerusalén. Conmigo, entre otros, una familia judía rusa que insistía en que Hemingway no tenía nada que hacer al lado de Dostoievski, y me pedían que les enseñara inglés y nos marcháramos juntos a Estados Unidos. También asistía a clase una judía francesa de una cierta edad. Siendo la única francófona, charlábamos a menudo. Y un día compartió conmigo su gran preocupación: quería, pero no sabía cómo, evitar el matrimonio “mixto” de su hija. Luego resultó que se trataba del matrimonio “mixto” de una sefardí, su hija, con un judío askenazi…

Mucho han evolucionado las sociedades europeas desde entonces con su actitud hacia los matrimonios, religiosos y civiles, entre personas de distinta raza, etnia, nacionalidad o religión. Y aunque las estadísticas suelen ser sólo aproximativas, en 2017 eran interétnicos el 10 por ciento de los matrimonios de Inglaterra y Gales, con un aumento del 35 por ciento respecto al censo británico de 2001. En los Países Bajos, un miembro ha nacido fuera del país en un 13 por ciento de los matrimonios. En 2015 tuvieron lugar en Francia 236.300 matrimonios, en el 14 por ciento de los cuales una persona francesa se casaba con una extranjera. Ese mismo año se celebraron fuera de Francia, para luego ser convalidados en la metrópoli, 46.300 matrimonios. De estos, eran mixtos el 91 por ciento. En España se pasó de un 4,7 por ciento de matrimonios mixtos en 1994 a un 13 por ciento en 2007 y al 23 por ciento en 2011. Esta última cifra se explica en parte porque las cohabitaciones de hecho, que no se oficializan y que son muy numerosas entre los nativos españoles, no se cuentan como “matrimonios”.

Una de las experiencias más enriquecedoras de mis años en Túnez ha sido el trato cercano con numerosos matrimonios mixtos. Se trataba en su mayoría de varones musulmanes (o de tradición musulmana) casados con europeas y americanas de tradición cristiana.  Y es que hasta septiembre de 2017 Túnez ha seguido la costumbre vigente en los países musulmanes, por la que sólo al varón le es permitido el matrimonio mixto con judías o cristianas. Desde 2017, siendo presidente el recientemente fallecido Beji Caïd Essebsi, también las musulmanas tunecinas pueden casarse con un no musulmán, aunque, según cuentan las interesadas, son todavía numerosas las dificultades a las que se enfrentan.

Evidentemente muchos de esos matrimonios terminan en divorcio, pero no necesariamente por ser mixtos, ya que también los no mixtos encallan: 42 por ciento en Inglaterra; 39’2 por ciento en Holanda, 55 por ciento en Francia y 65 por ciento en España (cifras de “Unified Lawyers” que convendría verificar). Lo importante para mí han sido los matrimonios mixtos que funcionan, y cuya vivencia me ha ayudado a comprender mejor lo que un sacerdote católico como yo hacía en Túnez, en donde las conversiones al catolicismo se cuentan con los dedos de la mano. En un matrimonio mixto, los cónyuges son conscientes de que nunca coincidirán en sus creencias explícitas. Pero también saben, con todo su ser, que más allá de esas creencias, o mejor aún en el más profundo e indecible misterio que sustenta esas creencias, ellos viven una comunión mutua, imposible de explicar lógicamente pero extraordinariamente real, y que da sentido a sus vidas. Claro que, en cierto modo, una experiencia similar se da en toda relación humana, por lo menos en las relaciones que he mantenido en Túnez con colegas y amigos musulmanes.

Lo cual no quiere decir que para un matrimonio mixto el camino esté cubierto sólo de rosas. Algunas de las espinas son muy conocidas. Entre muchas otras y en primer lugar, la reticencia, por lo menos inicial de algunas familias. Y una vez casados, cuestiones tan concretas como el nombre de los hijos (abundan Sara, Sonia, José… y otros nombres biculturales) y su posible bautismo; su educación humana y religiosa; la práctica religiosa de la familia en la iglesia o en la mezquita… Y más tarde, cuando se vislumbra el ocaso de la vida, el problema del entierro en cementerios distintos.

Pero si he escrito estas líneas es porque hace dos días la BBC me hizo descubrir otra espina de los matrimonios mixtos, o mejor dicho de los hijos de matrimonio mixto, en la que nunca había pensado. Es conocido que la sociedad suele ser muy exigente con los hijos de matrimonios mixtos. Si sobresalen, todo serán admiración y alabanzas, pero no habrá perdón si fracasan. Lo que me hizo descubrir la BBC es de otro orden. “Por qué siendo de raza mixta significa que pueda morir”, contaba la historia de Astrid, 42 años, casada con hijos, enferma de leucemia. De padre nigeriano (Abia State, sudeste de Nigeria) y madre alemana (Bavaria), reside en Frankfurt-am-Main con su esposo alemán, Florián, que conoció cuando ambos practicaban el atletismo. Astrid necesita urgentemente células madre. Hay unos 30 millones de donantes en el mundo, en su mayoría de raza blanca. Pero para evitar el rechazo hacen falta marcadores compatibles, que varían según las razas y etnias. Y Astrid es de raza mixta. Desde Europa le llegan multitud de mensajes de simpatía, pero no donantes compatibles. Astrid ha organizado una campaña en Nigeria a la que se presentaron multitud de voluntarios. Ninguno era compatible. Ocurrió lo mismo en la campaña que Florián organizó en Boston (USA) donde buena parte de la población es de color. “Quisiera preparar a mis niños para la vida, no para la muerte”, dice Astrid cuando la esperanza se desvanece. Para luego añadir: “El mayor regalo que me ha dado el cáncer es el de la serenidad”. “Sé que llegará el momento en el que tendré que morir, uno de los dos tiene que vencer: el cáncer o yo”. Personalmente, sospecho que a esa serenidad ha contribuido igualmente la experiencia positiva de su matrimonio mixto.

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