“El catalanismo ha castrado a Cataluña”

 

Pablo A. González

Entendemos por ideología el conjunto de ideas que pretenden sustituir la realidad de los hechos por una serie de presupuestos doctrinales no siempre explicitados ni abiertamente proclamados. Su esencia consiste en que la realidad ha de estar al servicio de la idea prefigurada en el sistema ideológico. Hasta el punto que el genuino ideólogo proclame sin ambages que si la realidad no encaja en la idea, tanto peor para la realidad.

Que este modo de pensamiento haya estado detrás de las grandes carnicerías que se han abatido sobre la humanidad desde el nacimiento de la Modernidad no parece que haya desgastado en exceso, hasta el momento, la popularidad de ciertas ideologías. La del nacionalismo, constituye, ciertamente, una de las grandes supervivientes al bagaje de matanzas que tradicionalmente le ha acompañado desde su nacimiento formal, al finalizar la Primera Guerra Mundial. Como todas las ideologías del siglo XX que han pretendido erigirse en guías infalibles de la política de la modernidad, el nacionalismo surgió con la aspiración de sustituir la religión y el culto debido a Dios en el corazón del hombre por el culto al ídolo nación. Es un presupuesto esencial, no explicitado, del Estado moderno que la última instancia que regula la vida del hombre no es Dios ni su santa Ley, sino el Estado. El cual ya no exige sólo la conformidad a la ley estatal en la conducta externa de sus ciudadanos, sino que en cada vez mayor medida se arroga legitimidad para moldear su pensamiento y su conciencia. Y esto resulta cada vez más palpable no ya en un Estado totalitario, sino en el sedicente Estado liberal. Y donde el Estado liberal dejó que campase el nacionalismo, las consecuencias están a la vista.
Resulta poco dudoso que las regiones más tradicionalmente religiosas de España son, tras décadas de dominio nacionalista, las más arrasadas por el ateísmo, el agnosticismo, la indiferencia religiosa, y la falta de vocaciones. En Cataluña, la pretensión de soberanía absoluta del Estado propugnada por el nacionalismo – al igual, por cierto, que el liberalismo y el marxismo- ha contribuido a construir una sociedad “no sólo al margen, sino fundada en la negación radical de la fe en un Dios que trascienda lo humano y lo social”, como dice el filósofo catalán José María Alsina.

La inusitada secularización de Cataluña no es fruto del azar. El economista Jorge Soley Climent demuestra que “han sido las organizaciones y partidos políticos que ahora promueven la campaña para conseguir la secesión de Cataluña las responsables de este fenómeno, tanto a través de la conformación de una nueva mentalidad que no reconoce nada más allá del culto a la nación como a través de leyes y medidas administrativas, (…) y como pioneros de todas las iniciativas contrarias a los principios no negociables definidos por el papa Benedicto XVI, desde la promoción del aborto hasta las limitaciones a la libertad de educación, pasando por el ataque a la familia natural”. Hoy Cataluña está a la cabeza de las regiones con mayor porcentaje de matrimonios civiles, un 82 por ciento, frente a un 16 por ciento de matrimonios católicos.
Que el padre Orlandis tenía razón al afirmar, en la dura frase que titula este artículo, que “el catalanismo ha castrado a Cataluña”, viene archidemostrado por el especial cuidado con que el nacionalismo catalanista “guarda silencio, cuando no desfigura o calumnia directamente, hacia todo lo que desde fines de la Edad Media hasta nuestros días, manifiesta la perseverante continuidad de la Cataluña cristiana y tradicional”, según Soley, llegando hasta el ninguneo de mossén Cinto Verdaguer, que elevó la lengua catalana a lengua literaria de primera magnitud, pero que cometió el terrible pecado de cantar a la Hispanidad en su conquista evangelizadora y de ensalzar a Isabel la Católica.
Resumiendo: la mentira en que vive instalado el nacionalismo catalán le lleva, contra lo que podría creerse, a despreciar su conformación cristiana, por su carácter tradicional e hispánico (recordemos que el obispo Torres y Bages, que escribió en catalán, definió admirablemente España como “conjunto de pueblos unidos por la divina Providencia”), y a echarse en brazos de algo completamente ajeno a su tradición, alimentado por resentimientos y fracasos no asumidos. Los frutos ya están a la vista. Como ya advirtiera Torres y Bages, cuanto más extendido está el nacionalismo, menos cristiana es Cataluña. Y esto lo dijo en el siglo XIX. Ojalá que en el conocimiento y amor verdadero a la historia encuentre Cataluña el camino para superar tantas divisiones y ofuscaciones.

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