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El Cultural – La Segunda Casaca

El Cultural – La Segunda Casaca

­­Esta semana hemos estado en la biblioteca leyendo “La Segunda Casaca”: el segundo libro de la segunda serie de “Los Episodios Nacionales” de Benito Pérez Galdós. Richerdios.

La Segunda Casaca

Continúan las memorias de Juan Bragas de Pipaón, que ahora ha caído en desgracia y ya no pertenece a la camarilla del Rey y está cesante, pero sigue manteniendo cierto prestigio, acomodo económico y relaciones. Cada vez hay más defecciones entre los políticos y las gentes de la administración, así como entre el pueblo; y la semilla liberal está fructificando gracias a la labor de las logias masónicas, aunque se dice que éstas no hacen tanto, de los clubes y de las sociedades secretas. Ha habido ya trece pronunciamientos de mayor o menor envergadura, e incluso se ha intentado asesinar al Rey. Aunque algunos dirigentes han sido fusilados, o muertos de otras maneras, en las últimas intentonas han sido muy benignos los castigos o han quedado impunes, pues hay casi más liberales encubiertos que absolutistas declarados; y demasiados prohombres de la época absolutista se han atemperado o entrado abiertamente en las filas liberales, aunque muchos son lo que aún disimulan. El propio Bragas, por consejo de su protector Ugarte, empieza a flirtear con el liberalismo, y a ello le ayudará Salvador Monsalud, que ya aparece aquí de nuevo durante casi todo el episodio y es co-protagonista. Él es uno de los cabecillas de toda la intentona y siempre ha conseguido escapar, pero a su madre la tiene la Inquisición apresada y le han dado tormento. Está presa en sus tierras de Álava, por intervención de Salvador Navarro y del abuelo de Jenara, la cual se ha casado ya con aquel. El abuelo, que se llama Miguel de Baraona y ya apareció en el anterior episodio, es un furioso absolutista. La nieta y el abuelo son huéspedes de Pipaón; y Carlos está en sus tierras del norte en otros menesteres, pues la relación con su esposa va mal. Pipaón no hace nada por Salvador y por el contrario lo quiere apresar y lo denuncia; y además tampoco quiere que liberen a la madre, aunque Jenara se lo pide, y solo lo hace cuando un ministro enfadado, porque va a ser cesado, intercede también, y ve Bragas la conveniencia de hacerlo. Aparece Monsalud y le agradece a Juan el haber liberado a su madre, y de nuevo cree en él y lo introduce en los círculos liberales, donde pronto se hace imprescindible y empieza a escalar puestos, para que, cuando llegue el cambio, le pille en buen lugar, pues corre ya el año 1820 y la revolución se aproxima. Cuando se subleva Riego en las Cabezas de San Juan, ya Pipaón es un gran liberal, y se desespera porque la revolución no progresa, pero, cuando se sublevan la Coruña y otros lugares y es obligado Fernando a jurar la Constitución del 12, con la célebre frase que ha hecho historia, ya Bragas es un liberal que se hace imprescindible. Aquí acaban sus memorias y se sigue el relato por otra persona, que no se dice quién es. Allí se cuenta como el viejo Baraona se enfrenta a las masas en la calle y es maltratado y recogido luego por Monsalud, que lo lleva a casa de Jenara, donde Carlos y sus amigos lo detienen, pues creen que los espía y que él ha hecho daño al abuelo. Éste muere, pero Jenara ha liberado a Salvador y el propio Carlos lo ha visto, sin poder evitarlo. Además, el abuelo le ha dicho antes de morir que puede ser que Jenara le sea infiel. Los tres, en el lecho de muerte de Baraona, prometen defender el absolutismo y se disponen a levantar partidas en el Norte.

Es este, como el anterior, un episodio sobre todo novelesco. Pero, desde los hechos imaginarios, se nos cuenta el avance del liberalismo y cómo se va introduciendo en las células sociales y políticas y va dominándolo todo, más que nada a causa de la corrupción y el hastío que produce el desgobierno del sexenio. El liberalismo triunfa, aunque sobre todo por defectos del absolutismo. Vuelve a brillar la figura del camaleónico Bragas, que sabe estar en cada momento en candelero y hacerse imprescindible para los que gobiernan, y acierta a dar constantemente la imagen de estar de acuerdo con las ideas imperantes. Puede así vestir su segunda casaca y llegar a ser lo que no pudo con el absolutismo, es decir Consejero del Reino. Aparece otra vez Salvador Monsalud, como siempre noble y un poco escéptico de todo, ayudando a triunfar a los liberales, pero poco confiado en el éxito de la empresa, y más cuando ve que todos, o casi todos, apetecen ya cargos y sólo quieren medrar en lugar de los anteriores. Ve que la revolución se escapará por los entresijos de la ambición y se siente frustrado. Perdona a su enemigo, el que tuvo a su madre encarcelada, y devuelve bien por mal llevando a Baraona a su casa. Nos queda la duda de si es él el amante de Jenara, y solo sabemos que ésta le salva, aunque ella siempre se ha compadecido de los que sufrían, a pesar de que creyera que lo merecían. Los grandes absolutistas son también figuras características, y así Baraona es un gran fanático, como lo era Garrote y como lo es el hijo de éste, Carlos, y sus compañeros Zugarramurdi y Oricáin. Es un episodio muy entretenido, como el anterior, y de la misma factura y continuación de aquel. Nos deja con los liberales en el poder y en espera de su trienio, que resultará un fracaso, aunque un buen ensayo de futuras revoluciones, como veremos más adelante. La maestría del autor para el relato sigue intacta y cada vez se afianza con nueva fuerza.

 

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