El Cultural - Memorias de un Cortesano de 1815 - El Sol Digital
El Cultural – Memorias de un Cortesano de 1815

El Cultural – Memorias de un Cortesano de 1815

Esta semana hemos estado en la biblioteca leyendo “Memorias de un Cortesano de 1815”: el segundo libro de la segunda serie de “Los Episodios Nacionales” de Benito Pérez Galdós. Richerdios.

 

Memorias de un Cortesano de 1815

 

En este episodio no es Monsalud el protagonista, que ni siquiera aparece, y lo es Juan Bragas de Pipaón, que en el anterior asomó como amigo, aunque no muy apreciado de aquel. Este Juan Bragas, oriundo del lugar de Pipaón como Monsalud, logra, en la corte absolutista de Fernando VII, ir escalando puestos a base de intrigas y adulaciones y llega hasta pertenecer a la camarilla del rey. En sus sabrosas memorias, escritas con un tono sarcástico y, gracias a la maestría de Galdós, pareciendo que alaba aquello que denigra, se retrata con fidelidad la corrupción de una Corte que sólo se ocupaba de dar prebendas a los que adulaban a la monarquía, y a los que habían logrado el predicamento del peor rey de toda nuestra historia. Los ministros apenas tenían ningún poder y eran relevados de sus puestos por cualquier intriga palaciega y, con no poca frecuencia, eran recompensados con la cárcel, o el destierro. La “camarilla”, cuyo nombre se hizo famoso en todos los países, era la que gobernaba el reino, si es que aquello se llamaba gobernar, pues tan solo se trataba  de corrupción y de repartir prebendas entre los que menos mérito tenían, como no fuera el ser amigo, o pariente, de alguno de los que ya habían llegado. Tras abolir la Constitución de 1812 y mandar a gran parte de los diputados de aquellas Cortes a presidio o al destierro y huir los demás, las cosas del reino estaban desentendidas, tal como el ejército y la hacienda sobre todo. No se dotaba a la marina ni a las demás tropas, a las que se debían muchos sueldos. No se construían barcos, el dinero público era para el rey, sus cortesanos y el pago de todos los que se habían arrimado al poder y mamaban de la teta del Estado, que se veía incapaz, al no haber producción, de atender a su sostenimiento. El rey gastaba sumas enormes y no se cuidaba de la cosa pública, y sí más bien de resolver las disputas entre los cortesanos según su genio de cada día. Se daba el caso de que un ministro era cesado por unas cuantas conversaciones, cuando unos minutos antes el mismo rey le había prometido conservarle en su puesto. Tal ocurrió, por ejemplo, con Juan Pérez Villamil, ministro de Hacienda, que, por una conjura, fue sustituido en una noche. Eso lo relata Pipaón, que estuvo presente y tuvo mucho que ver en el asunto, al menos en la parte novelesca, ya que es un personaje ficticio, si bien el hecho es histórico. También cayeron así Echavarri, Ballesteros, Macanaz, Escoiquiz, Vallejo, Moyano, León Pizarro, Lozano de Torres y otros muchos. En su ascenso, Pipaón no para de dar la razón a aquel con el que habla y hablar mal del que se va, si así lo desean los oídos de su interlocutor, sin que eso le impida hacer lo contrario unos minutos después. Logra comprar las deudas de las señoras de Porreño, que aparecen en “La Fontana de Oro”, y ejecutarlas dejándolas en la ruina, cuando les había prometido lo contrario, y saca, como compensación, al hijo de Grijalva de la cárcel, para que el padre renuncie y le venda los derechos de esa deuda. Este Grijalva, hijo, está enamorado de Presentación, la hija de la marquesa del Rumblar, que ya conocimos en otros episodios. Cuando esta joven conoce al rey y Pipaón intenta concertar un cita de la dama y el monarca en la casa de campo, aquella, con su hermano Diego, gastan un broma, más bien venganza, a Pipaón, y lo tiran al lago, estando a punto de ahogarse, lo que divierte al rey, que llega con sus cortesanos en ese momento. Se da también el testimonio de Gabriel Araceli y su opinión sobre estas memorias y está de acuerdo en que eso fue lo que ocurrió en los seis años más nefastos de nuestra historia, si no fueron superados por la década ominosa, tras el trienio liberal.

Es éste un episodio en que lo novelesco y lo histórico se funden y amalgaman perfectamente en el relato que hace el cortesano, pues él mismo es el ejemplo de lo mucho y malo que pasaba en el país y del desgobierno y la corrupción que inundaban todo. El relato de Galdós, que pone en boca de Pipaón, es magistral, y de un colorido y enjundia que no tienen parangón, pues sabe retratar perfectamente a los personajes, incluido el propio rey, con un gran acierto y nos los hace apreciar como si los tuviéramos delante. Percibimos toda la estolidez y la maldad del rey y de sus vasallos más cercanos, de esa famosa camarilla, que había salido de las bajas estofas de la sociedad y se había encumbrado a base de adulación y servicios especiales a la Corona, no siempre o casi nunca dignos de encomio. La figura de Pipaón se retrata estupendamente en sus mismas palabras, pues justifica los actos deleznables como si fueran algo natural y lógico, y es que los males de la época tal vez así lo hacían parecer. Son multitud los personajes históricos que aquí se dan cita, como Alagón, el duque del Infantado, Antonio Ugarte y otros de la camarilla, incluido el infante don Antonio, tío del rey, que son un prodigio de ignorancia y zafiedad y que han llegado a manejar una nación gracias a que el pueblo había aupado al rey al trono tras una sangrienta guerra y le había dado el poder, que creían divino, a un hombre de bajas pasiones, cobarde, ladino, ignorante y caprichoso. El país lo había de pagar muy caro y el mal se dejaría sentir por décadas, después de su muerte, aunque ya tendremos ocasión de hablar de todo esto en posteriores episodios. Este es uno de los más distraídos de la serie y de todo el conjunto, y no tiene desperdicio por lo que aporta para el conocimiento de una época deprimente, pero de gran y decisiva influencia en nuestra Historia.

Deja un comentario

El email no será público.