El inestable futuro de la economía española

Ricardo Hernández Diosdado
Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales
Ex profesor de la UMA

 

Sea cual sea el resultado de las próximas elecciones generales en España, la política económica de los grandes números será sustancialmente la misma. El corsé con el que nos ciñe la Unión Monetaria Europea no dejará apenas margen para un cambio de las líneas generales de actuación. Además, y aunque cueste reconocerlo, seguimos sujetos a un parcial rescate financiero que nos impone todavía, si bien soterradas y con frecuencia negadas, algunas restricciones y condiciones añadidas a las que son la norma de los demás países de la Unión, libres de tal constreñimiento.

 

Pero, ¿qué consecuencias se pueden deducir de esta aseveración predictiva? ¿Mejorará nuestra economía con un posible cambio de signo del color gubernamental español?

 

Internamente pueden variar o cambiar algunas medidas, de tipo más social que económico, si quien dirige la nación es un gobierno progresista, pero, en lo que se refiere a las actuaciones económicas de gran calado, no habrá sorpresas. Cierto es que puede haber cambios en la ley de reforma laboral, que la haga menos onerosa para las clases trabajadoras; en la fiscalidad, adquiriendo un carácter más progresivo, combatiendo el fraude con más decisión y medios y haciendo pagar más a los que más tienen, al tiempo que se haga recaer el peso fiscal en los impuestos directos en detrimento de los indirectos; que se ataque resolutivamente la corrupción y su innegable desvío de los recursos públicos; que haya una eliminación de muchos gastos superfluos en el ámbito de la administración central y las autonómicas y locales, suprimiendo algunas instituciones no esenciales y muchos dispendios suntuarios que todos podríamos reseñar; y algunas otras actuaciones más, nada desdeñables, pero lo cierto es que la política económica hacia el exterior, la de las medidas que afectan a la macroeconomía no variarán de manera nítida gobierne quien gobierne.

 

Y esto es así por desgracia para nosotros y para nuestra soberanía económica, maniatada por la adscripción al club europeo. Ello no significa que esté en contra del euro y desee que España se salga de la zona. Solo constato un hecho ineludible que tiene ventajas e inconvenientes. Mas, ¿cuál es el futuro que nos espera dentro de la Unión, cogidos de la mano con otras economías tan dispares en solidez y tamaño como la alemana y la griega, la francesa o la italiana y la chipriota o la portuguesa? Ningún economista, sea del signo que sea, tiene la respuesta ni siquiera aproximada. Todo se reduce a elucubraciones más o menos argumentadas y en las que con frecuencia pesa más el deseo que la realidad. Y desde luego influye de manera decisiva lo que desde Europa vayan a disponer las directrices del parlamento conservador y lo que los agentes económicos a su servicio transmitan. No olvidemos que son los políticos lo que marcan los fines y los economistas los que buscan los medios para cumplir –o intentarlo al menos- esos fines. Ninguna economía de ningún país, ni siquiera la alemana, aunque decida muchos más extremos compartidos, es libre por completo para hacer lo que desee.

 

Últimamente se está hablando con reiteración de que aún le espera a Europa otra recesión, tal vez a finales de este año 2015. Y acaso más de una, posteriormente. Si tal sucediera, podría resultar fatal para nuestra economía, que, aunque actualmente crece por encima de la media europea, sentiría sin duda los efectos de una nueva recesión en la eurozona y se vería seriamente afectada, haciendo temblar otra vez los cimientos de nuestra vigente situación, invirtiendo su signo. No hay que olvidar que uno de los mayores, si no el mayor, de los retos o debilidades de la macroeconomía española es la Deuda Externa, que está ya por encima del ciento por ciento del producto interior bruto, alcanzando una cifra bastante superior al billón de euros. Es un montante muy difícil de atender: hoy no se pasa de satisfacer los intereses con las sucesivas subastas, que al menos no son tan gravosas gracias a la reducida prima de riesgo; pero se calcula una media de quince a veinte años, creciendo con un ritmo semejante o superior al actual y manteniendo unos índices macroeconómicos estables, para alcanzar una cifra manejable, semejante a la que se tenía al comienzo de esta legislatura. Cualquier vaivén en la situación aceptable de la que ahora disfrutamos sería suficiente para hacer tambalear la estructura y convertir en un imposible reducir a límites asumibles el montante de la Deuda. Nuestra situación es pues de equilibrio inestable en este peligroso campo.

 

Otro asunto lo son las exportaciones, y, aunque las invisibles, léase el turismo, no dejen de crecer y equilibrar cada año la balanza comercial, lo cierto es que nuestras ventas al exterior, y teniendo en cuenta que nuestro principal cliente es Europa, dependen un tanto de la situación en que se mueva la economía de la eurozona. Si esta se resiente, y, como consecuencia de diversos factores, entre ellos y con prioridad la bajada del precio del crudo, la eurozona entrará otra vez en recesión, nuestras exportaciones se verían afectadas negativamente y se invertiría el signo, repercutiendo en el resto de la economía, pudiendo hacer que entrara también en recesión, sobre todo si la propensión marginal al consumo de las familias disminuye como consecuencia de una carga impositiva aún demasiado alta, unos salarios más bajos e inseguros y una desigualdad latente, que origina un índice de pobreza muy alarmante en amplios sectores sociales todavía muy castigados por la crisis reciente y de la que tienen pocas expectativas de salir a corto o medio plazo.

 

Así pues la situación de nuestra macroeconomía parece moverse en el filo de una navaja, a la espera de los acontecimientos que vayan sucediendo en Europa, principalmente, y en resto de los países desarrollados; e incluso en los demás por los vaivenes no ya económicos sino políticos o sociales. Cualquier seísmo de alguna intensidad puede producir un derrumbamiento tan grave o más que el padecido en estos últimos años. Sin querer ser en excesivo pesimista, tampoco se pueden lanzar las campanas al vuelo y considerar que ya estamos en el comienzo de una franca y sostenida recuperación sin vuelta atrás. Es un hecho que la bonanza, acaso ilusoria, de pasados años no va a retornar, pero nos conformaríamos con no caer de nuevo en las penurias que dieron comienzo en el 2008 y aún no se encuentran plenamente superadas y sí más bien en peligro de repetirse. Esperemos por el bien de todos que eso no suceda.

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