El Jinete Polaco de  Antonio Muñoz Molina

El Jinete Polaco de Antonio Muñoz Molina

Ed. Seix Barral, Barcelona, 2002

El autor, que en la obra recibe el nombre de Manuel, traductor simultáneo, viajero impenitente y desordenado y poco seguro en ciertas cosas, narra sus vivencias a una mujer que resulta ser su pareja al final de la obra. Sus experiencias en la ciudad donde la conoció y que es Mágina, nombre figurado y no otro que la tierra natal de autor, Úbeda. Es desde luego una obra autobiográfica en determinada parte, que no conocemos naturalmente bien y que sólo el autor, o personas muy allegadas al mismo, podrían descifrar, y en esas páginas llenas de vivencias, de impresiones y de relatos de sucesos y de personas, que son su entorno familiar y personal, se desarrolla esta novela, si con tal título podemos denominarla, toda vez que su contenido carece de planteamiento, nudo y desenlace, a no ser que el hecho de que al final se plantee la situación amorosa con su oyente, pueda considerarse como tal.

Y es que en los últimos capítulos, esa mujer a la que él le cuenta tales vivencias, que en muchas ocasiones son compartidas o pertenecen más a la esfera de ella, se convierte en su amante y tal vez en algo más en el futuro, toda vez que, tras un encuentro en Madrid y otro en Nueva York, deciden reencontrarse de nuevo en Mágina, y allí es donde parece ser que el narrador le cuenta todos los extremos reseñados. Esa mujer, Nadia Galaz, era la hija del comandante Galaz, de la plaza de Mágina, y que en julio del 36 permaneció fiel a la República, lo que le valió, al final de la contienda, el exilio, y años más tarde pudo regresar a su tierra en compañía de esa muchacha, que era medio norteamericana y que, habiendo tenido ya una aventura en Mágina, que el narrador recuerda, con un profesor llamado José Manuel, y por apodo el Práxis, luego se casó en los EE.UU. y se divorció, teniendo un hijo de ese matrimonio. Y el narrador le recuerda los sucesos que atañen a su padre y al entorno de éste y de la ciudad de Mágina, como el teniente Chamorro y otros, pero más, si cabe, el de su propia familia; y así habla de su bisabuelo Pedro, que era expósito y estuvo en Cuba y Filipinas; de su abuelo Manuel, guardia de asalto, que estuvo en 1939 en un campo de concentración; de su abuela Leonor, que muere en las páginas finales; de su tío Rafael y también de su padre y de su madre, campesinos de vida oscura y apegada al terruño, del que él supo salir para hacer una carrera y dedicarse a esos menesteres de la traducción.Pero también le habla de otras personas de la localidad, como Mónica, muchacha a la que él pretendía de jovencito; del médico don Mercurio que, enamorado de una joven casada, la poseía de manera regular, y al final resultó ser una mujer que apareció emparedada en la Casa de las Torres y a la que, como a todos los demás, hizo una foto Ramiro Retratista, el fotógrafo local.
Esa historia y la de la mujer, que se llamó Agueda, se la cuenta Julián, el taxista, ya en una residencia de ancianos. Y también aparecen Carnicerito de Mágina, figura real del toreo, que murió en accidente de automóvil y lloró toda la ciudad; Lorencito Quesada reportero y cronista local en las páginas de Singladura, periódico de Mágina; el inspector Florencio Pérez, apocado pero que supo proteger a sus amigos cuando llegó la ocasión, y entre ellos al comandante Galaz y a su hija Nadia; a Félix, el mejor amigo del narrador y a otros menos sobresalientes como Domingo González, el colombiano Donald Fernández y algún otro que tal vez olvidemos. Como hemos dicho, la narración termina en el momento del reencuentro, en Mágina (Úbeda), de los dos amantes, y queda la incógnita de si sus amores continuarán o tendrán final aquí, extremo que tampoco sabemos si es autobiográfico. Y por otra parte están en la narración, reflejados con exquisito mimo, diversos lugares especialmente de Mágina (Úbeda), sus calles, plazas, monumentos y otros sitios, así como los locales de esparcimiento y diversión y otros de todo género, e índole y que el autor quiere colocar aquí de forma entrañable, pues fueron el escenario de su niñez y juventud.

Esta obra, publicada en 1991, ganó el premio Planeta en ese año y el Nacional de Literatura en el siguiente. Ha sido considerada por gran parte de la crítica como la mejor obra del autor y una de las cimas de la narrativa actual. Sin disentir radicalmente de estas aseveraciones, debemos hacer algunas matizaciones. Está claro que nos encontramos ante una obra singular, en gran parte por lo que dijimos, de que es difícil catalogarla de forma indiscutible como novela, toda vez que no tiene los ingredientes de lo que se podría denominar como tal. Y no sólo porque carece de planteamiento, nudo y desenlace, sino además porque no hay un argumento definido, como no sea el de que el autor relata una serie de sucesos y vivencias que le han acontecido a él, a sus familiares y amigos y a los de su pareja. Pero todo ello sin una línea argumental, que pudiera hacer aparecer el relato como una novela en sí misma, y sí, más bien, como una especie de narración de sucesos aislados y apenas sin concatenación, exceptuado el hilo familiar y local, o el hecho final de que la pareja se reencuentre y decidan iniciar, tal vez, una vida en común. Pero la trabazón como novela es débil y por ese lado se resiente la calificación de tal. Ello, desde luego, no es óbice para admirar la maestría del narrador y su limpio y depurado estilo.

La Deriva

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