El Mediterráneo y la pedagogía de ida y vuelta - El Sol Digital

El Mediterráneo y la pedagogía de ida y vuelta

Por Francisco J. Carrilllo, diplomático y académico de San Telmo

Las antiguas rutas de las caravanas, y las rutas marítimas, produjeron encuentros de culturas desconocidas pero preexistentes. La Ruta de la Seda conectó al Oriente con el Occidente. Aquellos transhumantes fueron los pioneros de la internacionalización de la economía. Entre ellos, los fenicios que convirtieron al Mediterráneo en un gran supermercado de intercambio de bienes y de símbolos culturales. En el Medievo, el arte de la cetrería, concretamente la halconería, fue uno de los elementos comunes al Mediterráneo,- como apunta el profesor y académico pontificio Guglielmo de Giovanni-Centelles-, que llegó a ser puente de encuentros lúdicos y pacíficos entre príncipes de la Cristiandad y sultanes del Islam. Fue el caso del emperador Federico II, que conocía la lengua árabe, y El Kamel, sultán de Egipto. Pero el Mediterráneo siempre se mantuvo en la dialéctica de la exclusión y de la inclusión a medida que se iban descubriendo las ignotas tierras de la orilla sur habitadas por “los otros”. Una cosa es el encuentro entre príncipes y otra es el mutuo reconocimiento entre los pueblos que se formatean a través de la historia de las tierras lejanas o de las tierras próximas. Según las crónicas de la Quinta Cruzada, iniciado el siglo XIII, tras la batalla de Damieta, se firmó una tregua provisional.

Los ejércitos musulmanes los dirigía precisamente el sultán El Kamel. Durante la tregua, tuvo lugar lo que podría considerarse como el primer diálogo intercultural e interreligioso entre el cristianismo y el islam: San Francisco de Asís que, al parecer, no era partidario de las Cruzadas, fue recibido por el sultán durante varios días. ¿Deseaba Francisco ver en el islam a un amigo cuando todos lo consideraban un enemigo? En el imaginario colectivo de los musulmanes se conocen a los franciscanos como “los frailes de la cuerda”, pues cuerda era el cinturón que ceñía el hábito de lana. Los cruzados consideraron loco a Francisco de Asís. Pero la historia muestra que los franciscanos fueron los únicos que permanecieron en Palestina y en los Santos Lugares hasta nuestros días inmersos en entorno musulmán.
¿Puede el caminar a través de un itinerario inesperado conducir al descubrimiento de “ese otro” para considerarlo como espejo de uno mismo, como semejante, como adversario o como enemigo? Ir al encuentro del Islam (como podría ser el caso de culturas aborígenes o amerindias y precolombinas, por no insistir en las del Oriente o la cultura Dogón en Africa negra) requiere dotarse de un mínimo bagaje instrumental en donde el método comparativo, teniendo como referente la unidad de la especie humana, es la principal herramienta, fuentes de la creencia, ciencias, artes, hechos religiosos, literatura, filosofía, música y realismo de la tradición: en suma, historia comparada. Sobre todo si ese encuentro tiene como objetivo la cooperación y la diplomacia preventiva con una visión global de la humanidad en paz.

Los habitantes más pobres del mundo, unos 1.200 millones de personas, tienen que conformarse con repartir el 1,3 por ciento del consumo mundial, el 4 por cierto del gasto en energía, el 5 por ciento del consumo de pescado y carne, y el 1,5 por ciento de las líneas telefónicas. La renta de los 2.300 millones de personas más pobres, es decir, el 45 por ciento de la población del mundo equivale a la de 358 millonarios globales.

Forzar el ritmo del tiempo de los pueblos, en tierras de Islam, conduce a todo fracaso democratizador según los criterios de Montesquieu, que trazó “principios” pero no impuso “un único modelo” de funcionamiento democrático. La nueva Carta Magna de Túnez, la primera democrática en la región de los Estados árabes, supo asumir el reto de la modernidad y de la laicidad sin por ello romper con las mejores tradiciones de una cultura-ambiente impregnada de hechos religiosos. A veces se olvida que en los procesos de descolonización de las ex-colonias arabes-musulmanas, las mezquitas y las escuelas coránicas fueron el refugio “progresista” de los actores de dicha descolonización, de la que salieron líderes “láicos”, como lo fue el primer presidente de la República de Túnez, Habib Burguiba. Las últimas elecciones generales en Turquía, con Ataturk cual Ave Fenix, confirman esta hipótesis de trabajo.

La comprensión de los procesos inmanentes de transformación de las sociedades y el reconocimiento de la diversidad de los hechos culturales y religiosos como expresión de la unidad de la especia humana, requiere altas dosis de educación comparada que, a mi entender, es la gran ausente en todos los países del mundo, así como de las políticas diplomáticas. Contener, aislada en torres de marfil, la diversidad cultural significaría alimentar un conjunto de “placas tectónicas” culturales cuyos simbolismos se traducirían en proyectos de incomprensión, enfrentamientos, radicalización de la violencia, guerras, exclusión, tentación terrorista, incluido el minoritario yihadismo terrorista que se presenta como una amenaza global. La pedagogía comparada es una herramienta ineludible; la inteligencia, la diplomacia preventiva y el desarrollo humano también lo son para hacer prevalecer los derechos humanos universales, sin excluir el uso de la fuerza cuando sea necesario, a tenor de la Carta de las Naciones Unidas. Pasaron los tiempos de la jerarquización de culturas. Romper las rígidas fronteras de la enseñanza disciplinar y de la educación nacional es una tarea de primordial importancia. Han existido itinerantes, como Ibn Batuta y Francisco de Asís, que demostraron con sus escritos y con sus hechos que no sólo es posible sino necesario el entendimiento entre los pueblos del mundo. Sobran razones para corregir, por estos senderos, no solamente los efectos perversos de la globalización sino para ir construyendo los baluartes de la paz en la mente de cada persona humana, según se dice en el preámbulo de la Constitución de la UNESCO. Las buenas artes son imprescindibles para llevar a cabo esta noble tarea que he pretendido esbozar.
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(*) Extracto del Discurso de Ingreso en la Real Academia de Nobles Artes de Antequera.

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