España: el invierno demográfico nos acecha - El Sol Digital

España: el invierno demográfico nos acecha

Alejandro González Herrera

El barómetro del C.I.S (Centro de Investigaciones Sociológicas) tiene como objetivo medir el estado de la opinión pública española del momento. A veces, el estudio de turno va enfocado a saber cuáles son las preocupaciones de los españoles en un momento determinado. Según la coyuntura del país, unas veces la principal preocupación ha sido el terrorismo, otras la corrupción política e incluso el medio ambiente. Lo que parece realmente increíble es que el ya sempiterno (desde el advenimiento de la democracia) bajo índice de natalidad que tiene España jamás ocupe uno de los primeros puestos. Cual avestruz escondiendo la cabeza ante un problema, tanto la sociedad civil como la clase política se afanan en esconder un cadáver en el armario que cada lustro que pasa huele mucho peor y que a mi juicio es una carcoma que deteriora la sociedad. Siempre hay algo más importante de lo que debatir, ahora Grecia y Europa, antes el terrorismo de ETA y siempre los nacionalismos y el fútbol (alguien lo definió como la más importante de las cosas que no tiene importancia).

A partir de 1975 se produjo un cambio fundamental en nuestra demografía. Las mujeres españolas en edad de procrear, dejaron de superar los 2,1 hijos por cada una, que se considera la cifra que asegura el relevo generacional, para acercarse peligrosamente a poco más del hijo único. Así pues, llevamos 40 años en caída libre, lo que se transforma en un envejecimiento, que a su vez es crecientemente costoso, desde lo que suponen las pensiones a las prestaciones sanitarias. Lo más lamentable de todo este asunto, es que los políticos y los partidos que han gobernado España en los últimos 40 años son plenamente conscientes del invierno demográfico que tiene España en las puertas (de hecho cada modificación legislativa referente a la jubilación es una encubierta y sutil bajada de las pensiones a medio y largo plazo), pero en lugar de acometer políticas sociales de verdadero calado (cosa que han realizado otros países de nuestro entorno, como Francia desde el 2005) se dedican a parchear con normativas insuficientes por miedo a un posible castigo electoral.

Algunos intelectuales españoles, por ejemplos Juan Velarde Fuertes o Alejandro Macarrón, llevan estudiando exhaustivamente éste fenómeno algún tiempo. Éste último realizó unas declaraciones en el diario El Comercio el 30 de octubre de 2014, afirmando sobre la crisis de la natalidad que “debería ser una prioridad de primero, segundo y tercer orden en los políticos. Es impresionante el poco caso que se le hace dada la gravedad del tema”. Considera Macarrón que debería orientarse el gasto público para fomentar la natalidad, “las administraciones españolas deberán actuar para compensar económicamente, en la mayor parte el esfuerzo y el dinero que supone criar hijos como un factor de solidaridad, por contribuir al bien de la sociedad”

Parece indiscutible, y así se ha estudiado (“The Declive of Fertility in Europe” Princeton University) que independientemente de los aspectos económicos, la acusada caída de la natalidad también se debe a una alteración de los valores éticos y morales. Disposiciones favorables al aborto y un concepto cada vez mas laxo de familia, son entre otras, claves antropológicas a tener en cuenta. Sólo el 58 % de las parejas están casadas, diluyendo el factor compromiso como un azucarillo en un vaso de agua y por consiguiente postergando decisiones claves como por ejemplo la de ser madre. La edad de maternidad en España ha alcanzado el máximo histórico de los 31 años y la tasa media de natalidad es de 1,34 hijos por mujer, muy por debajo de la media europea (algo más de 1,50). En los últimos años del franquismo la tasa de natalidad se situaba en 2,8 hijos por mujer pero la pirámide poblacional se ha invertido de una manera abrupta y en poco tiempo, pasando de ser un país joven a una nación vieja en una sola generación. Un pueblo sin niños es un pueblo sin futuro, en un país que se supone vive mejor ahora que hace 40 años.

Si a estos parámetros, les añadimos el espectacular aumento de esperanza de vida y que la generación del baby boom están ya entre los 40 y más de 50 años, nos quedan poco más de 20 años para reaccionar ante esta gravísima situación demográfica, pues 20 años son aproximadamente lo que quedan para que un tsunami de jubilaciones con sus correspondientes pensiones dejen raquíticas las ya paupérrimas arcas del Estado.

Voy a terminar en clave identitaria, pues este problema nunca debe resolverse permitiendo una inmigración masiva, descontrolada y a veces teledirigida por instancias superiores para convertir Europa en Eurabia, a través de “los vientres de nuestras mujeres”, como ya avisó un clérigo del Islam y que tan bien lo explica Oriana Fallaci en su obra “La fuerza de la razón”. En este escenario de identidad tiene toda la razón Aquilino Polaino que al analizar la obra Rubio de Urquía y Pérez-Soba, “La doctrina social de la Iglesia. Estudios a la luz de la encíclica Cáritas in veritates”, señala que esa caída de la natalidad y la demografía no supone sólo que “una generación transmite a la siguiente un patrimonio empobrecido…o una especial situación económica, sino un problema de identidad, es decir, la imposibilidad de identificarse con sus propias raíces culturales”

Deja un comentario

El email no será público.