Extremo Oriente español. Carlos Ramírez. Abogado - El Sol Digital
Extremo Oriente español. Carlos Ramírez. Abogado

Extremo Oriente español. Carlos Ramírez. Abogado

A menudo, cuando se habla de Oriente todo parece muy lejano.  Esta historia tiene su comienzo con la figura de Miguel López de Legazpi, almirante español del siglo XVI, que colonizó las islas en 1565. El nombre del país insular proviene del nombre del rey de España Felipe II. Filipinas perteneció al imperio español desde 1565 hasta 1898.

Las primeras ciudades del archipiélago deben su origen a la mano española. Ciudades como Cebú y Vigan conservan aún en la actualidad restos de la ocupación española. Desde Manila se gestionaba el tráfico comercial que vinculaba los puertos de Acapulco y Cavite. La ruta del Galeón de Manila trajo consigo la introducción de monedas españolas, que fluyeron por toda Asia y diversos puntos del Pacífico Oriental.

El español no fue idioma del pueblo filipino, que era y es el tagalo. Sin embargo, lo hispánico no se agota con el idioma. El ordenamiento es fundamentalmente hispánico. Durante el régimen español se trasvasaron a Filipinas los Códigos Civil, Penal y Mercantil de España, si bien con las adiciones y reformas exigidas por las circunstancias histórico-políticas del país. Por otro lado, cuando Filipinas establece su primera República en 1898, la dota de una Constitución Política que se inspira en la española de 1876. En 1935 su Constitución escrita en español adoptó varios artículos de la Constitución Española de 1931.

Rizal, el héroe nacional, escribió su poesía en español. En español se compuso la letra del Himno Nacional. Por un decreto del que fuera gobernador y capitán general de Filipinas, los filipinos adoptan apellidos españoles. Los filipinos leen horizontalmente de izquierda a derecha, justamente lo contrario a como lo hacen los orientales. Emplean el negro para el luto y no el blanco o el amarillo preferido en otras latitudes de Extremo Oriente. En las danzas y canciones abundan los fandangos, las habaneras y las jotas. El plato nacional es el cochinillo asado. La indumentaria típica es, para las mujeres, la falda larga y la camisa de diseño originariamente valenciano.

Filipinas es el “único país cristiano en el Extremo Oriente”. Las festividades locales de la inmensa mayoría de las ciudades y pueblos giran alrededor de su Santo Patrón. Los ritos cuaresmales, sermón de las siete palabras, lavatorio de los pies, recorrido de los monumentos, que allá se conoce con el nombre español de “Visita Iglesias”, oficio de tinieblas, los “Nazarenos” y demás penitentes públicos con sus correspondientes flagelaciones, las procesiones del Santo Entierro y la Soledad en Viernes Santo y la del Encuentro en Domingo de Resurrección son muy seguidos. Al igual que esas otras procesiones de impacto nacional como son la de la Virgen del Santísimo Rosario que, con el nombre de “La Naval”, conmemora con apoyo oficial del Estado, la milagrosa victoria alcanzada por los marinos filipinos y españoles en 1646, la de Jesús Nazareno de Quiapo, en Manila, exclusivamente para varones, y la fluvial de la Virgen de Peña de Francia, una procesión cívico-religiosa, que desfila diariamente durante todo el mes de mayo, y en cuyo recorrido los alumbrantes cantan, a dos voces, en español el Santo Rosario.

La batalla de la Naval de 1646, una serie de cinco combates navales son conocidos como las “batallas navales de Manila o la Naval de Manila”. Reunidos en su base de Yakarta, los holandeses planearon dominar las Filipinas, e intentaron convencer a los nativos para que se rebelaran contra los españoles, sin éxito.  Desde abril de 1662 se celebra en Manila, cada segundo domingo de octubre, la festividad de La Naval de Manila en homenaje a los soldados que vencieron a los enemigos con la intercesión de la Virgen Nuestra Señora del Rosario.

Con anterioridad, apenas conocido, hubo unos enfrentamientos de leyenda. En 1582, alrededor de 40 soldados españoles de los Tercios del Mar al mando de Juan Pablo de Carrión se enfrentaron a mil piratas, formados en su mayoría por ronin (samuráis sin señor) yashigaru (soldados rasos japoneses de infantería, armados con mosquetes), además de soldados chinos y coreanos. Fueron “los combates de Cagayán”, con victoria española. Estos acontecimientos suponen la única evidencia histórica de un enfrentamiento armado entre españoles y samuráis.

El 29 de noviembre de 1571 el pirata chino Li Ma Hong, al mando de 3.000 hombres, atacó la ciudad de Manila, fundada ese mismo año. Tras cuatro meses de combates, los piratas fueron derrotados. El problema continuó con los piratas japoneses. Estos piratas, wako, provenían en su mayoría de la isla de Okinawa y nutrían sus filas de ronin.

El gobernador de las Filipinas Gonzalo Ronquillo, en 1582 escribió una carta a Felipe II alertándole de la situación: “Los japoneses son la gente más belicosa que hay por aquí. Traen artillería y mucha arcabucería y piquería. Usan armas defensivas de hierro para el cuerpo. Todo lo cual lo tienen por industria de portugueses, que se lo han mostrado para daño de sus ánimas.”

En 1590, el “kampaku” o regente Hideyoshi. intentó que Filipinas rindiera tributo a Japón, sin éxito.  En los siguientes trescientos años nunca se pagaría tributo a Japón.

La Compañía de Jesús desembarcó en Japón en 1549, donde hacía seis años que los primeros portugueses habían llegado al país inmerso al final del llamado periodo Sengoku, “periodo del país en guerra” que duró cien años. Un señor de la guerra, Oda Nobunaga, era favorable al catolicismo al ver en los sacerdotes católicos la mejor oportunidad para desplazar a los budistas, hasta el extremo de que un grupo de cuatro jóvenes japoneses fue invitado a viajar a Roma a entrevistarse con el Papa Gregorio XIII.

Se elevó también la desconfianza de los señores feudales y la élite budista hacia lo que identificaban como una previa a una invasión militar. Con la llegada al poder del kampaku  Hideyoshi en 1585, esa idea se vio reforzada por la llegada de los franciscanos en 1587. Su sucesor Tokugawa, desde 1605, contó con William Adams, inglés, como consejero personal en temas relacionados con España, Portugal y la Iglesia Católica.

En 1587, el shogunato  o gobierno militar central,  ordenó la salida de todos los religiosos extranjeros en un plazo de 20 días. Ante la amenaza de ser ejecutados, los jesuitas decidieron “ofrecer sus vidas a nuestro Señor antes que desamparar aquella cristiandad ni salir de Japón”.

En 1606 el shōgunato declaró ilegal el cristianismo y en 1614 se promulgó oficialmente la expulsión de todos los cristianos y la prohibición de esta religión, lo que provocó la muerte de varias decenas de miles de creyentes. Se estima que en el momento de la prohibición existían unos quinientos mil conversos, en una población total de veinte millones de habitantes. Unos 10.000 documentos de papel de arroz, conocidos como “Rollos de Marega”, y que narran la persecución contra los cristianos en el Japón del siglo XVII, fueron hallados recientemente.

A partir de 1603 y durante más de dos siglos, Japón, por miedo a ser colonizado, se cerró al mundo exterior. Los japoneses no podían salir del país bajo pena de muerte y los extranjeros sólo estaban autorizados a entrar en unos cuantos lugares del archipiélago, sobre todo los holandeses, en el puerto de Nagasaki, ciudad que alberga un monumento en memoria de los 26 cristianos crucificados en 1597.

Miles de fieles cristianos y centenares de misioneros fueron enviados a la hoguera, mientras que sus iglesias fueron destruidas y sus símbolos profanados. Se estableció la práctica del “Fumiye”, que consistía en poner la imagen de la Virgen en el suelo y obligar a la población a pisarla. El número de asesinados alcanzó cifras aterradoras, en 1624 se elevaba a 30.000 y al final de la persecución pasaron de doscientos mil.

El Sakoku o política del aislamiento arrojó, desde 1639, un telón de acero en el país que no se levantaría hasta 1853. En 1865 a la Iglesia católica le fue permitida abrir una iglesia en Nagasaki. Los misioneros supieron que había cerca de 30.000 cristianos en esa región.

El catolicismo en el siglo XVI y XVII, dio muestra de ser capaz de adoptar en Asia una estrategia de evangelización distinta a la realizada en parte de Europa o en el continente americano, al encontrarse con otros tipos de culturas y en contextos sociales y políticos muy distintos.

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