Fake news y 5G. Carlos Ramírez. Abogado - El Sol Digital
Fake news y 5G. Carlos Ramírez. Abogado

Fake news y 5G. Carlos Ramírez. Abogado

En marzo, expertos para la libertad de expresión de la ONU, OSCE, CIDH y la Comisión Africana de Derechos Humanos emitieron su Declaración Conjunta de 2017 en la que se abordaba el fenómeno de la desinformación, propaganda y las llamadas “fake news”.  El Relator Especial para la Libertad de Expresión de la CIDH, manifestó que la desinformación y la propaganda afectan intensamente a la democracia, interfieren con el derecho de las personas de buscar y recibir información de todo tipo. En este sentido, sin duda, lo urgente son las iniciativas de la sociedad civil y los medios de comunicación para identificar noticias deliberadamente falsas, desinformación y propaganda, y generar más y mejor conciencia sobre estas cuestiones.

Cada doce meses, los editores de los populares Diccionarios de Oxford destacan, de entre 4.500 millones de vocablos, el que más destaca para ser considerado “palabra del año”. El original galardón se lo ha llevado fake news, pues su uso, según los expertos, ha aumentado en un 365 por ciento. El año anterior la premiada fue posverdad, post-truth, definida por el libro de Oxford como la “actitud de resistencia emocional ante hechos y pruebas objetivas”. Fake news se traduce del inglés como ʽnoticias falsasʼ. Las fake news es el nombre que reciben las noticias que carecen de veracidad y que son transmitidas a través de diversos portales de noticias, medios de comunicación y redes sociales como si fuesen reales.

Los objetivos principales de las fake news son manipular la opinión del público y obtener una serie de beneficios, bien sean políticos o económicos, a partir de las calumnias o encantos que se generan y publican entorno a una persona o entidad. Este método de divulgar información falsa y altarera se viene haciendo desde hace varios siglos atrás cuando se publicaban propagandas falsas. Sin embargo, en la actualidad, son más fáciles de publicar y dar a conocer constantemente a través del Internet y los diversos canales de información que existen.

Hace días se pudo ver el vídeo en el que la presidenta del Congreso de EE.UU, Nancy Pelosi, arrastra las palabras en una conferencia de prensa. El vídeo era real, pero había sido ralentizado a un 75 por ciento de su velocidad normal para que pareciera borracha, confusa o medicada. Los vídeos manipulados sin esfuerzo con herramientas digitales que se distribuyen rápidamente a través de las redes sociales para destruir una reputación.

Facebook puede no saber quién fabrica la desinformación que florece en sus infraestructuras, pero si sabe quién la planta por primera vez en su sistema y cuáles son sus canales de distribución. Sabe quién distribuye las noticias falsas, cuándo, para quién y por qué, pero no tiene ningún incentivo para desmontar esas redes. Sobre todo, porque su opacidad le permite ejercer un poder sin precedentes y sin responsabilidades. Es como un paraíso fiscal.

Con la libertad de expresión como tapadera, Facebook trabaja duro para retratar, a veces, la desinformación como un problema técnico irresoluble. Es muy inteligente y útil convertir la lucha contra la desinformación en un asunto de libre expresión, porque desvía la atención del verdadero problema: la plataforma se ha convertido en la tapadera de múltiples delitos que están afectando severamente a nuestras instituciones. ¿Qué pasaría si pudiéramos visitar la fábrica de las mentiras?  Se han convertido en un problema muy grave para todos los ámbitos de la vida cotidiana. Su influencia en la opinión pública. La mayor herramienta que tenemos a nuestro alcance para construir sociedades críticas y bien informadas es la educación de los más pequeños.

La difusión es sobre todo por WhatsApp y facilita que las ‘fake news’ se distribuyan de modo más rápido y que se viralicen por la forma en que funciona WhatsApp, donde no hay manera de verificar la fuente, la certeza o la veracidad de lo que se esté compartiendo.

El programa GPT-2 es capaz de escribir textos a un nivel casi humano. El usuario sólo tiene que insertar en el programa un texto que sirva de modelo. Por ejemplo, la página de una novela o las primeras líneas de un reportaje. La inteligencia artificial se encarga luego de asimilar el estilo y el contenido, y de crear su propio universo ficticio, pero coherente y bien escrito. Los programadores le han dado una memoria de 8 millones de páginas web de las que extraer la información.

Este contenido espúreo de alta calidad se ha ganado la etiqueta de texto ‘deepfake’, o “profundamente falso”, un término que ya se aplicaba a los vídeos cuya autenticidad resulta casi imposible de verificar. El problema no solo es la calidad del montaje, sino que resulta cada vez más barato y sencillo de hacer. La tecnología “deepfake” podría cambiar el juego. El Gobierno estadounidense está tomando medidas contra este potencial riesgo. El brazo del Pentágono encargado de calibrar amenazas de alta tecnología, DARPA, está desarrollando programas de verificación de vídeos con ayuda de la Universidad de Colorado.

Hay una enorme hambre informativa que es mayor incluso que el hambre física y real de la gente. Hay censura contra los medios y un Estado que no rinde cuentas, no hay acceso a data pública.

El papel que juega el ‘wishful thinking’, lo que uno quiere que pase, el pensamiento mágico, el refuerzo de lo que uno cree, hace que se difunda como la pólvora. No hay trazabilidad y no se sabe el origen.

La Unión Europea también está buscando formas de combatir las noticias falsas, principalmente atacando a las compañías de medios sociales. La UE quiere un “plan de juego claro” que establezca las reglas sobre cómo los medios de comunicación social pueden operar durante periodos electorales sensibles. Para atacar las fake news el problema radica en lo rápido que pueden expandirse. Tratar de regularlas ha contravenido el principio de la libertad de expresión, entendido como el derecho de todo individuo a expresar ideas libremente, y por tanto sin censura. Es un derecho fundamental defendido bajo el artículo 19º de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y la mayoría de los sistemas democráticos también lo señalan.

Hackear” hoy en día el micro o la cámara de un ‘smartphone’ es cosa de niños. Facebook, Google o Amazon tienen un negocio a costa de nuestros datos, y proteger la privacidad es lo último que nos queda. Con el 5G, será más difícil. Los gobiernos nacionales son clientes de esas compañías y usan sus infraestructuras para controlar a la población, producir ‘fake news’ o perseguir a veces a sus disidentes.

No existe una pandemia o enfermedad piscológica como adicción a internet sino a sus aplicaciones, a WhatsApp, Instagram o Twitter. Están diseñadas para que sientas que están pasando cosas ahí y que tú necesitas estar pendiente porque si te quedas fuera te quedas fuera para siempre. La realidad es que somos adictos a la aplicación de estos instrumentos informáticos. Somos vulnerables a determinado tipo de estímulos e impulsos emocionales inconscientes y hay una industria que contrata a genios para explotar esa vulnerabilidad.

El 5G es una necesidad creada para la explotación de datos. Su objetivo es tener un control absoluto de todo lo que ocurre. Twitter, WhatsApp o Facebook, como máquinas de propaganda infinita, son lugares donde más y más gente se forma su opinión en lugar de acudir a los medios. Creo que ahora mismo estamos divididos entre la gente que lee los medios, la prensa, y los que leen cosas que le llegan por redes. No es una línea divisoria clara porque mucha de la gente que lee medios en realidad llega a ellos a través de redes sociales. La solución es legislar. Ahora tenemos una regulación europea de protección de datos, que es la más estricta del mundo, y sin embargo no la podemos ejecutar. Huawei está vendiendo sus redes 5G muy baratas. La UE tiene contratos firmados con Huawei pero si eso se deshiciera sería una victoria para EEUU. Europa necesita su infraestructura 5G. La infraestructura 5G es una necesidad creada para la explotación de datos. Su objetivo es el control absoluto, y mucho más granular, de todo lo que pasa en el espacio en el que opera. Es una red de vigilancia mucho más densa y rápida. Lo que de verdad implica es que todas nuestras infraestructuras críticas van a estar gestionadas por un gigante de EE. UU. o China sin que tan siquiera pague impuestos o cumple la legislación en el sitio en el que opera.

Quizás cualquier infraestructura crítica que usemos en Europa debería ser desarrollada en Europa, aunque solo sea por cumplir la normativa europea. Google se la salta por completo. No puedes regular una infraestructura cuando no es tuya. El Sumo Pontífice también afirmó que, en este contexto, los medios de comunicación públicos tienen la responsabilidad de adoptar una postura firme en favor del precioso bien de la libertad humana.

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