Fortunata y Jacinta - El Sol Digital
Fortunata y Jacinta

Fortunata y Jacinta

Esta semana hemos acudido a la biblioteca para leer dos novelas magistrales: “Fortunata y Jacinta”, de Pérez Galdós, y “La Regenta”, de Clarín. Vamos a centrarnos en esta entrega en hacer la crítica de la primera, y en la siguiente haremos la de la segunda y nos ocuparemos de sus semejanzas y divergencias. Richerdios.

“Fortunata y Jacinta” ha sido calificada por algunos autores como una de las mejores novelas del siglo pasado, criterio que comparto, y pienso que “La Regenta” de Clarín es del mismo calibre y está a una altura paralela. El genio de Galdós para el relato se encuentra ya en todo su esplendor, pues la novela fue escrita en 1886 y 1887. La subtitula Galdós como “Dos Historias de Casadas”. En primer lugar hay que destacar que la morfología de esta novela es perfecta, y nada hay que falte o sobre en el relato, que tiene una sola trama, ya que, por muchos episodios que sucedan, todos van encaminados a la única acción, que es el triángulo de los tres personajes centrales, y, más adelante, al introducir el personaje de Maxi, está el doble triángulo, con el marido engañado y, además, la esposa traicionada.
La galería de personajes que desfilan por la obra, algunos de los cuales pertenecen también a otras del autor, es impresionante, y el censo de esas figuras galdosianas es inacabable y rico en matices. Además, el autor canario afincado en Madrid, sabe retratarlos como nadie y darles vida y hacerlos aparecer como si estuvieran a nuestro lado. Ésa es su mayor maestría, así como la descripción del paisaje urbano matritense y de sus calles y plazas, de sus puestos del mercado y su comercio, que nos narra con deleite, amor y paciencia. Tal vez es la descripción de paisajes campestres lo más flojo de Galdós, pero no los hay en esta novela en casi ningún momento. De sus personajes, independientemente de los principales, de los cuales son los de Fortunata y Maxi los mejor dibujados y más nítidos, y el de Juan el menos definido tal vez por lo ambiguo de su conducta; están los personajes más o menos episódicos, y que tienen tal vez más fuerza que algunos de los principales. Así está Plácido Estupiñá, que Galdós perfila de manera nítida y perfecta, y es un personaje galdosiano en toda la línea: hablador, servicial de sus amos y un poco despreciativo de la plebe, beato y callejero, que conoce el comercio de Madrid al dedillo, pues se ha dedicado a él y sabe buscar cualquier cosa, tanto alimenticia como de otro orden, y servir a cualquiera que se lo solicite, pero especialmente a la familia Santa Cruz.

Después está la figura de Guillermina Pacheco, la santa fundadora, o la rata eclesiástica, una persona sólo dedicada a hacer el bien a los demás y a ejercer la caridad con los menesterosos, sin preocuparle las miserias y las situaciones más desagradables, y sacándoles dinero a todos sus amigos para los edificios que construye, con objeto de albergar a los menesterosos. Esta mujer tiene una gran predicamento social, pues pertenece a una familia burguesa y se mete en las vidas de los demás alegremente, y maneja, o quiere manejar, las voluntades, siendo un poco déspota y dictatorial en el desempeño de esta actividad. Cercano a ella está su primo Moreno Isla, un rico anglófilo que despotrica de los males de la patria, pero muere en ella enamorado de Jacinta.
Luego está Ido del Sagrario, un hombre algo desquiciado y que cree que su mujer le engaña y es una belleza, cuando es fea de verdad y jamás le ha engañado. Es objeto de la burla de Juan, cuando le da a comer carne, sabiendo que, por el hambre que pasa y por su metabolismo, eso le produce un mayor desquiciamiento mental. Aparece la figura de doña Lupe, la de los Pavos, viuda y adinerada gracias a los préstamos que hace con sus dineros, y que maneja Torquemada, un personaje que aquí no aparece definido, pero que es objeto de otras varias novelas completas de Galdós. Doña Lupe es buena y también le gusta manejar a la gente y dominar sus vidas, y se deja manejar, a su vez, por aquellas personas que le confían sus dineros, para que se los coloque en préstamos, siendo en esto honrada a carta cabal y muy respetuosa con los caudales de los demás. Hay otros personajes también bien definidos, como el de Ballester, otro farmacéutico compañero de Maxi, que luego se enamora perdidamente de Fortunata, pero con un amor casi platónico.
La ayuda, pero no le pide nada a cambio y, al final, llora su muerte. Está también Feijóo, el protector intermedio de Fortunata, con el que mantiene relaciones carnales y que, cuando se encuentra ya decrépito, le busca acomodo con Maxi y le da bastante dinero para que sea bien recibida. Muere al tiempo que Fortunata, o unos días después. Impresionante es el personaje de Mauricia la Dura, una mujer del pueblo, prostituta y mal hablada, con un genio de mil diablos, especialmente cuando bebe, y que está con Fortunata en las Micaelas. Aparecen los hermanos de Maxi Rubín: Nicolás, el sacerdote feo y zafio, comilón insaciable y hablador y siempre en busca de un destino eclesiástico, y el otro hermano, Juan Pablo, también buscando destino y que, aunque carlista furibundo, lo mismo puede emprender, si le conviene, otro camino y otras ideas. Está la figura de doña Bárbara Arnaiz, la madre de Juanito, que se desvive por su hijo y lo mima y el padre, don Baldomero Santa Cruz, severo y bonachón, aunque ambas figuras están menos definidas en la novela, como si los Santa Cruz fueran los menos mimados por Galdós, si bien, y en el comienzo, el autor nos lleva hasta sus ascendientes.

La Deriva

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