« I-span-ya» . Carlos Ramírez. Abogado - El Sol Digital
« I-span-ya» . Carlos Ramírez. Abogado

« I-span-ya» . Carlos Ramírez. Abogado

La palabra «Hispania», de la romanización de España, tiene su origen en la denominación que servía a la civilización romana para el conjunto de la Península Ibérica. La raíz no latina de «Hispania» es la denominación fenicia «I-span-ya» y la teoría más aceptada en la actualidad sugiere que se traduce como “tierra donde se forjan metales”, ya que «spy» en fenicio (raíz de la palabra «span») significaba batir metales. El nombre tiene su origen en la enorme fama de las minas de oro de la Península Ibérica.

La Península Ibérica fue objeto de investigación y aprovechamiento de los yacimientos minerales y demás recursos geológicos desde hace más de dos mil años por distintos pueblos, si bien fue en los periodos de dominio en las épocas cartaginesa, y, sobre todo, del Imperio Romano, cuando se llegó a su máximo esplendor, con la implantación de un sistema de explotación generalizado y con algunos rasgos, si bien escasos, de salubridad en las minas. Las tablas romanas de Vispasca, en Lusitania, y las tablas de Alburnus Maior, son los documentos más relevantes encontrados e investigados, de los muy pocos que existen sobre las minas en este periodo, y que reflejan el sistema de administración.

En derecho romano, las referencias a los bienes ambientales como bienes comunes fueron de dos tipos: res communis ómnium, bienes comunes a disposición sin límite de todos, o res nullius, que pueden ser poseídos por aquel que primero los obtenía. Y aquello relacionado con la protección ambiental se refería a la salubridad, si bien canalizada exclusivamente en el derecho privado a través de las relaciones de vecindad.

Existe un elemento esencial en la naturaleza que fue objeto de un específico tratamiento en el mundo romano, las aguas. No podemos olvidar que la preocupación por la higiene en el uso del agua era importante en Roma. A partir del siglo I a C. se fue generalizando el uso de las termas romanas que fueron difundidas por toda la extensión del Imperio del Imperio Romano. Las investigaciones realizadas han puesto de manifiesto tanto el origen milenario de las explotaciones mineras en la Península como que el sistema de explotación romano tuvo un origen ptolemaico de Egipto. El sistema de explotación era uniforme para entender el sistema de explotación minera y la introducción de elementos de salubridad, así como el origen de los sistemas de organización en las minas aplicados con carácter general en el imperio romano. Las minas de oro y plata dependían del fisco romano, y eran controladas por el representante del fisco imperial, por lo que se puede afirmar que el sistema de salubridad fue gestionado por el fisco romano.

En el imperio romano se clasificaron los recursos de la minería entre rocas y minerales, debido a sus distintos usos y valores económicos. La prueba de la importancia que ha tenido la regulación romana en esa clasificación es que este sistema siguió vigente en nuestro país hasta la Ley de Minas de 1973.  Era un sistema jurídico en el que “las minas que en el subsuelo se hallaren se consideran portio agri, pars fundi o como portio indiscreta”, y corresponden, por consecuencia, al dominus soli. Es decir, que las minas se consideran como una acción agrícola y corresponden al dueño de la superficie. El sistema de la accesión romano atribuía la propiedad de las minas al dueño del terreno superficial en que éstas se encuentren, lo que se expresa en el aforismo romano “qui dominus soli, dominus est coeli et inferorum”. La “accesión” debe su nombre al hecho de considerar a las minas como accesorios del suelo superficial. El derecho romano estableció una clasificación de sustancias que perduró hasta la segunda mitad del siglo XX.

Las múltiples necesidades que debía atender el Imperio Romano ocasionaron grandes efectos en el medio natural, que en algunos casos aún hoy son visibles. Sin embargo, son muy escasos los registros de los que disponemos sobre el régimen jurídico aplicable. Las investigaciones históricas de esta época se han centrado en las riquezas minerales del Imperio Romano y apenas se ha prestado atención a las formas de trabajar en las minas y en las canteras. Así, un reconocido autor romano, Plinio El Viejo, en el tomo III de su Historia Natural, en el apartado 3,30, comenta: “En casi toda su extensión abunda Hispania en yacimientos de plomo, hierro, cobre, plata y oro“. La Historia Natural de Plinio es un magnífico ejemplo y los libros 33 y 34, contienen largos párrafos sobre las minas y minerales.

En una sociedad básicamente agrícola la información sobre la minería era muy reducida, a pesar del gran impacto ambiental ocasionado durante centenares de años de explotación.

Del impacto en la naturaleza, habiendo pasado más de dos mil años, existen abundantes muestras, como se acreditan en Riotinto, Huelva, el complejo mineralúrgico de época tardo- republicana del Cabezo del Pino (Sierra de Cartagena, Murcia) en los filones del grupo norte y grupo o sur en el Centenillo, en Jaén, y en el Noreste de Lusitania, en el área de  los ríos Erjas y Bazá y en Asturias meridional en la zona minera del Pino del Oro” , y  como ejemplos excepcionales, de lo que fueron las labores de minería a cielo abierto, las Médulas, en León .

Las Médulas, una mina aurífera en la que se utilizó la fuerza hidráulica, es desde hace años Patrimonio de la Humanidad, y ello por varias razones, “en primer lugar lo es por su significado histórico: como testimonio del cambio en la explotación de los recursos y en las formas de vida de las comunidades locales durante la Antigüedad. Por un lado, fue la mayor mina a cielo abierto de todo el Imperio Romano, puesto que los desmontes mineros producidos alcanzaron tres kilómetros de extensión máxima y más de 100 metros de profundidad. Por otro, las Médulas es, sobre todo, un ejemplo excepcional de un proceso histórico. Es la mejor muestra, aunque no la única, del profundo cambio que produjo la minería de oro romana en las comunidades que habitaban el Noroeste peninsular”.

Los niveles de trabajos en las minas fueron muy intensos, generando contaminación por humos, que los responsables romanos solucionaron de forma racional, y así insignes romanos como el mismo Estrabón proporcionaba una descripción sin igual de las practicas romanas, y afirmaba que “los romanos construyeron altas chimeneas para mitigar los efectos de los humos de fundición en la Península Ibérica”. Estrabón añadía un elemento significativo referente a la contaminación, como era la existencia de altos hornos de plata que ocasionan vapores y son gases densos: “(…) En los ríos se extrae y se lava allí cerca en pilas o en pozos abiertos al efecto y a los que se lleva la arena para ser lavada; los hornos de plata se hacen altos con el objeto de que los vapores pesados que desprende la masa mineral se volatilicen, ya que son gases densos y deletéreos; a algunas de las minas de cobre se les suele llamar áureas, pues se supone que de ellas se obtenía con anterioridad oro”  .

Se extendió la minería en una escala que no volvería a verse hasta la a revolución industrial. Las mediciones de la concentración de plomo en el hielo de los glaciares de Groenlandia indican un asombroso incremento durante ese periodo y nos demuestran el enorme volumen de gases tóxicos emitidos a la atmósfera.

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