La Alvaroteca, que la locura te acompañe - El Sol Digital
La Alvaroteca, que la locura te acompañeÁlvaro estableció su propio restaurante en 2013

La Alvaroteca, que la locura te acompañe

Brenda Saavedra.- Álvaro Ávila tiene 36 años y un amor incalculable por la cocina. A los siete comenzó a preparar sus primeras recetas con sus abuelas y, desde entonces, la creación culinaria ha sido su día a día. Después de pasar por un largo recorrido de fogones, decidió, en septiembre de 2013, crear su propio restaurante en Málaga, La Alvaroteca, un espacio en el que los sabores se mezclan y lo radical brilla tanto como la locura que lo caracteriza. Así, innovar y sorprender, tanto con sus platos como con el ambiente que los acompaña, son su fuerte y razón de ser.

“Si hace cuatro años llego a hacer lo que estoy haciendo ahora, me meten en la cárcel”, asegura Álvaro Ávila cuando habla de sus platos. Fusionar sabores, innovar y jugar con mezclas diferentes es prácticamente el credo que sigue en su restaurante La Alvaroteca. Aunque cada una de sus creaciones se sustenta en una base tradicional, este chef no tiene miedo a unir dulce con salado, ácido, picante o amargo, dando como resultado una oferta gastronómica diferente que vuelve a los clientes tan locos como Ávila afirma estar. Para él, la cocina es locura y diversión, y son sus ganas de transmitir este sentimiento las que lo han llevado a seguir adelante, incluso cuando las pérdidas del principio le hicieron comprobar que llevar un negocio no es comer y cantar.

Cuando entras por la puerta de La Alvaroteca -situada cerca de Los Tilos- parece que te estés adentrando en otro mundo diferente al que dejas atrás. Su propietario recuerda cuando acudía a este mismo espacio de niño -puesto que creció en la zona- o esas cañas que tomó ahí ya de mayor. Después de acabar sus estudios, el antiguo dueño le propuso hacerse con él, y tras pensarlo mucho y decir que no alguna que otra vez, tomó la decisión de quedárselo y, en un principio, mantenerlo como la tasca tradicional que era. Al ver que no funcionaba del todo y que los beneficios no llegaban, optó por las raciones y por modernizar el restaurante, transformándolo poco a poco en lo que hoy es.

Pero Álvaro no aterrizó detrás de un fogón por casualidad y antes dar vida a su negocio tuvo que recorrer un gran camino hasta donde está. Fue a los siete años cuando comenzó a cocinar. Hace memoria y se ve junto a sus abuelas, a las que les gustaba mucho la cocina, haciendo migas, pasta, buñuelos o croquetas, “porque las de mi abuela son una pasada”, señala con cariño. Este primer impulso se vio reforzado por una etapa un poco más agria en su vida, ya que en el año 1999 padeció un cáncer en el fémur que lo obligó a perder el curso escolar. “Tenía que quedarme en casa, así que empecé a cocinar para mis padres y para mí, lo que hizo que me gustara todavía más”, cuenta con la pasión que lo caracteriza.

De padre farmacéutico y madre abogada, garantiza que no lo tuvo fácil cuando le dijo a su progenitor que, en lugar de ir a la universidad, quería estudiar cocina. “¿Ah, sí? ¡Pues fuera de casa!”, asegura que fue la respuesta de éste. Y lejos de rendirse, “cada día busco la evolución en lo que hago para darle -en el buen sentido- en la cara a mi padre”, explica, confiado en que, gracias a cómo sucedieron las cosas, ha conseguido lo que tiene.

Nada más y nada menos que un restaurante en el que las colas de la entrada para degustar sus platos casi se han convertido en una decoración más del local. Así, como hace hincapié en que además de por la originalidad que los acompaña a él y a su equipo se caracterizan por escuchar a sus clientes. Hace menos de un mes decidió ampliar el establecimiento y dar vida a una nueva sala que marcará un antes y un después en su historia gastronómica. “El que venga, entrará en un psiquiátrico de los años 30”, explica con toda la naturalidad del mundo y con una ilusión que no puede disimular en su expresión. El blanco desaparecerá para dar la bienvenida a los grafitis reflejo de locura, a jaulas y espejos en el techo, a una pared acolchada “como la de la habitación del pánico”, afirma, o a rayones en cualquier espacio que muestren la cuenta de los días que quedan para salir de la clínica. Además, aquellos que formen parte del entramado deberán estar dispuestos a dejarse sorprender con psicofonías durante la comida, el ingreso y posterior alta en el local o el recibimiento con pastillas -de remolacha- debajo de la lengua para calmar la patología que todos sufren ahí dentro.

Está todo pensado. El que quiera tranquilidad y tradición puede quedarse en la sala principal de colores cálidos con un toque moderno; el que prefiera experiencias difíciles de olvidar, deberá cruzar la puerta del psiquiátrico; y aquellos que deseen un espacio privado para compartir de manera íntima con un grupo, tienen la alternativa de pedir una sala reservada sólo para ellos, ambientada en la temática de Star Wars y con una mesa electrificada donde cocinar en vivo.

Álvaro Ávila es más consciente que nadie de lo duro que fue el comienzo y de lo sacrificado que sigue siendo mantener este proyecto que le da la vida, pero más claro tiene aún aquello que lo compensa en todos los sentidos, “porque si no, no estaría aquí”. Tiene un equipo de 11 trabajadores que constantemente le dan ideas y lo apoyan en su locura, “auténticos lobos”, asevera, que hacen posible que el restaurante marche como lo hace. Un logro que, además, se lo dan sus platos, tan diferentes como reflejo de su personalidad. “Mi cocina es radical y cuando me pongo a crear me doy cuenta de que puede parecer que dos productos no conjugan y después cuando los mezclo, lo elaboro y lo pruebo, flipo”, cuenta el chef.

Así, afirma que fue el primero en traer a Málaga los famosos bocadillos de calamares de la capital española, “para hacerle un guiño a Madrid”, resalta. Una elección que puede parecer simple pero que, en su caso, se convierte en todo un descubrimiento de sabores y texturas: “A medida que le das bocados vienen sabores diferentes como picante, amargo y dulce, o experimentas que está crujiente o meloso, porque siempre que hacemos un plato buscamos contrastes”. Y así cada uno de los que forman su carta, pensada para todos los públicos.

Este joven emprendedor sigue la filosofía de sembrar para después recoger y ha experimentado tanto la dureza de los comienzos como la sensación de felicidad cuando “empieza a ser rentable y esta rentabilidad se convierte en diversión”. Porque pasarlo bien con lo que hace es su primer y último objetivo, el mismo que quiere transmitir a todo aquel que entra por la puerta de su restaurante. Así, acrecentar este fin que persigue, gracias a los fogones, es su única expectativa, e invita a todo aquel que se atreva a dejarse salpicar por esta forma alternativa de cocina que, sin duda, dejará un buen sabor de boca. ¡Qué la locura de La Alvaroteca te acompañe!

Alvaroteca
Álvaro Ávila en una de las salas de su restaurante

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