La caída épica del Estado de partidos. Adrián Peña Botello. Demócratas por la Libertad Constituyente - El Sol Digital
La caída épica del Estado de partidos. Adrián Peña Botello. Demócratas por la Libertad Constituyente

La caída épica del Estado de partidos. Adrián Peña Botello. Demócratas por la Libertad Constituyente

El Señor de los Anillos es la tercera obra literaria más vendida de todos los tiempos, tan sólo por detrás de El Quijote y de Historia de dos ciudades.

Aquellos que, como yo, hayan releído año tras año la obra maestra del profesor Tolkien, habrán percibido que entre sus páginas flota auténtico amor a la naturaleza original del mundo. Tolkien amaba la espontánea sencillez que hay en la vida tradicional ligada a la tierra, la nobleza de un corazón bondadoso sin deseos de Poder, y la conmovedora belleza del orden natural en los bosques, las estrellas y los mares.

Toda belleza necesita del drama para brillar. En la lírica tolkieniana, la devoción a la Naturaleza cobra magnitudes épicas cuando se contrapone a los poderes de la Oscuridad. La historia cobra sentido con las sombras fantasmales y tenebrosas de un Mal derrotado hace mucho tiempo que iban cerniéndose sobre la Tierra Media… unas sombras transformadoras, basadas en el Dominio a la naturaleza: el progreso técnico y el orden férreo bajo el Poder ilimitado del Anillo Único. Estas fuerzas oscuras son representadas por las superpotencias industriales de las dos torres: Barad-dûr en Mordor, y Orthanc en Isengard.

Se ha escrito mucho sobre el simbolismo geopolítico que Tolkien —consciente o inconscientemente—, plasmó en su obra. Bajo esta perspectiva, los mencionados poderes oscuros que se yerguen en el este de la Tierra Media son un claro reflejo de los totalitarismos de derechas (nazi) y de izquierdas (soviético) que se alzaban en el este de Europa cuando Tolkien escribió el libro. Los dos bloques antagónicos de la Guerra Fría, este y oeste (oriental-totalitario y occidental-capitalista), guardan nítido paralelismo en la épica tolkieniana con el Señor Oscuro de Mordor (el enemigo del este), que pretende esclavizar a los Pueblos Libres del oeste (los elfos, los enanos, los humanos que no están bajo el yugo de Sauron, y por supuesto, los hobbits, la raza favorita de este autor).

Llegados a este punto, no es difícil imaginar que el Anillo Único es una metáfora de Tolkien para representar el poder desmedido y sin límites del Estado. Un poder seductor que corrompe a todo aquel que lo manipula.

En la novela, los sabios se niegan a usar el Anillo Único. Son conscientes de que si derrocan a Sauron usando sus mismas artes, en su lugar se instalaría otro Señor Oscuro. El mago Gandalf, guiado por la sabiduría de milenios, se niega siquiera a tocar el Anillo:

—¡No, no! —exclamó Gandalf, incorporándose—. Mi poder sería entonces demasiado grande y terrible. Conmigo el Anillo adquiriría un poder todavía mayor y más mortal. —Los ojos de Gandalf relampaguearon y la cara se le iluminó como con un fuego interior. —¡No me tientes! Pues no quiero convertirme en algo semejante al Señor Oscuro.

En el Concilio de Elrond, el heroico Boromir sugiere utilizar el Anillo en la guerra a favor de Gondor, pero el Señor de Rivendel se lo prohíbe y también se niega a tocarlo siquiera:

—Ay, no —dijo Elrond—. No podemos utilizar el Anillo Soberano. Esto lo sabemos ahora demasiado bien. Le pertenece a Sauron, pues él lo hizo solo y es completamente maléfico. La fuerza del Anillo, Boromir, es demasiado grande para que alguien lo maneje a voluntad (…) Si cualquiera de los Sabios derrocara con la ayuda del Anillo al Señor de Mordor, empleando las mismas artes que él, terminaría instalándose en el trono de Sauron y un nuevo Señor Oscuro aparecería en la tierra. Y esta es otra razón por la que el Anillo tiene que ser destruido; en tanto esté en el mundo será un peligro aun para los Sabios. Pues nada es malo en un principio. Ni siquiera Sauron lo era. Temo tocar el Anillo para esconderlo. No tomaré el Anillo para utilizarlo.

 

La Dama Galadriel, la hechicera elfa más antigua de la Tierra Media, es tentada también por tal desmedido Poder:

—¡Me darás libremente el Anillo! En el sitio del Señor Oscuro instalarás una Reina. ¡Y yo no seré oscura sino hermosa y terrible como la Mañana y la Noche! ¡Hermosa como el Mar y el Sol y la Nieve en la Montaña! ¡Terrible como la Tempestad y el Relámpago! Más fuerte que los cimientos de la tierra. ¡Todos me amarán y desesperarán!

Estos pasajes reflejan que no se puede derrocar el poder del Anillo utilizando el Anillo, pues todo aquel que haga uso de él acaba corrompido. De modo semejante, todo aquel que pretenda un verdadero cambio en España, instalándose en el actual Estado de partidos, acabará corrompido por su irresistible poder seductor.

El poder del Estado de partidos es demasiado grande, carece de equilibrio: las cúpulas de los partidos (que al final son unas cuantas personas) obtienen excesivas prerrogativas al no estar legalmente vinculados a sus votantes y al no existir la separación de los poderes.

El poder sin medida del actual Estado de partidos —carente de separación de poderes y de control por el votante mediante diputados de distrito— hace que todo partido que se instale en él, por muy buenas intenciones de cambio que tenga, al final acabe aferrado a su desmedida posición de dominio y termine haciendo lo que todos los partidos hacen. Si recordáis, todos los nuevos partidos que entran con aspiraciones de cambio acaban convertidos en aquello que juraron destruir: ¡en organizaciones de poder que viven del régimen y se aferran a él como lapas!

Hasta el bondadoso protagonista de la novela, Frodo Bolsón, sucumbe finalmente ante el poder corruptor del Anillo, y es salvado por su amigo Sam en el último momento. ¡Así de irresistible es el Estado de partidos incluso para la más noble y bienintencionada de las personas! Todo el que pretenda cambiar el Estado de partidos desde dentro del Estado de partidos acabará inexorablemente absorbido por él, como una pieza más del régimen.

A pesar de ello, la opinión generalizada hoy sigue siendo que es posible cambiar las cosas desde dentro, creando un nuevo partido que lo cambie todo. ¡Insensatos! ¡Es inútil entrar en el Estado de partidos para derrocar su maléfico poder! ¿No veis que no ha cambiado nada en estos últimos cuarenta años y que vamos a peor? ¡Las tinieblas del Enemigo se extienden cada vez más! ¿Es que estáis ciegos? La ceguera ideológica hace que hoy todos en España sigan ambicionando el Anillo como lo más precioso; todos se hallan embaucados con su vil centelleo.

La experiencia nos dice que quien emplee el Anillo Único (el Estado de partidos sin separación de poderes ni mandato jurídico de representación con la sociedad civil) al final se transforma en alguien semejante al Señor Oscuro, o en un repugnante engendro infrahumano como Gollum. El PP y el PSOE —con una prolongada exposición al influjo del Anillo—, son ya organizaciones con muchísima corrupción, con el corazón tan negro como el del Señor de Mordor. Y por su lado, Podemos y Ciudadanos son ya partidos-gollum: organizaciones reptantes, consumidas, con doble personalidad y sin principios, que ya no persiguen otra cosa que el Anillo a cualquier precio, mientras engañan al votante con promesas, continuas contradicciones y discursos falsos.

La misma decrepitud veremos pronto en Vox, otro partido-gollum que dice querer acabar con «la casta» y con las CC.AA, ¡y ya se ha instalado en el Estado cobrando de ellas! ¿Qué ingenuo caído de un guindo se cree que morderán la mano que les da de comer? Al final todo se quedará en interminables cantinelas mientras se llevan nuestro dinero, como hacen todos, y como ha venido pasando desde hace cuarenta años.

Así pues, si todo aquel que se apropia del desorbitante poder del Estado de partidos acaba corrompido, sólo existe una solución: el Estado de partidos debe ser destruido. Debe ser arrojado, con sosiego y honestidad, a las inextinguibles llamas de la Libertad Constituyente del pueblo.

Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Dónde hallaremos el coraje para una gesta de tal grandor? ¿Dónde está, pues, la esperanza de nuestro pueblo? ¿Cómo podremos librarnos de los Señores Oscuros y los Gollums que nos destruyen como nación libre, y que nos están precipitando a la quiebra económica y moral? La respuesta se halla allí donde nadie lo espera.

 —¿Dónde encontraré coraje? —preguntó Frodo—. Es lo que más necesito.

 —El coraje se encuentra en sitios insólitos —dijo Gildor—.

La narración de Tolkien adquiere proporciones épicas porque en la Guerra del Anillo nadie se esperaba que unos insignificantes y sencillos hobbits, como Frodo y Sam, pudiesen cambiar radicalmente el curso de los acontecimientos. Los arrogantes hombres de la Tierra Media lo veían como algo imposible. De manera semejante, nadie espera hoy que la sociedad civil pueda derrocar al gargantuesco Estado de partidos sin meterse en el Estado de partidos. Es para todos una cosa que parece imposible.

Pero así como Frodo y Sam hicieron caer el inconmensurable poder de Sauron con recta sencillez, sin ir nunca en contra de sus principios, y diciendo siempre la verdad, del mismo modo la sociedad civil podrá hacer caer al Estado de partidos si, con firme determinación, le da la espalda de una vez por todas a este régimen y deja de ser partícipe en la mentira mediante la abstención consciente.

Las torres oscuras del régimen se tambalearán cuando la mayoría de la sociedad civil, organizada en pequeñas asociaciones y plataformas, no vote a ningún partido más y comience a perseguir, al unísono, una sencilla causa sin ideología alguna: un periodo de Libertad Constituyente. Al igual que Frodo y Sam, un pueblo movido por un sencillo y honesto fin se convierte en una ola imparable de potencia épica, cuya victoria final nadie se esperaba.

Y así como el todopoderoso Anillo Único pereció en la cárcava ardiente del Monte del Destino, arrojado por unas manos honestas sin ambiciones, el todopoderoso Estado de partidos será incinerado con el resplandor fulgurante de una verdadera Constitución, que garantice la separación de los poderes y la representación real del elector.

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