La chica del cable - ESD136 - El Sol Digital
La chica del cable – ESD136

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Carmen, ‘Pitito’, Juan e Isabel

Brenda Saavedra Casiano

Su olor. Ese aroma reconfortante capaz de luchar contra monstruos invencibles que sólo ellos pueden derrotar. Su tacto. Esas caricias mágicas que calman a la vez que curan y relajan. Sus juegos. Esas tardes de dragones y castillos en las que el salón de casa se convierte en un entramado perfecto de princesas y ogros donde al final todos son buenos y comen perdices. Sus palabras. Esas frases coordinadas, a lo largo de una vida, que te enseñan cómo caminar en ella, de qué manera alcanzar lo que te propongas y cómo ser una gran persona. Ellos. Nacidos para malcriar, mimar, consolar, abrazar, convertirse en payaso, darte caramelos a escondidas y ser los principales protagonistas de tu historia, aunque falten, pese a que ya no estén. Carmen y su amor incalculable. Manuel, llamado ‘Pitito’ entre los suyos, y su disposición para dejarse maquillar, pintar las rayas de las manos y hasta enterrarse de cuello para abajo en un hoyo cavado en la playa. Juan y sus animales con los recuerdos que me han contado, porque no lo conocí. Isabel y sus llamadas casi a diario en las que me reta a abrir mi corazón a ver quién quiere más a quién, si ella a mí o yo a ella. Así se llaman los míos, pero lo cierto es que las descripciones sirven para cualquier abuelo del planeta. Esos seres perfectos que ya estaban en el mundo antes de que nacieras para hacerte la aventura más fácil y bonita.

“Yo no pude disfrutar de ellos, por eso, cada vez que veo a un abuelo con sus nietos por la calle me gusta retratarlos”, me dijo una conocida después de que publicara la fotografía de una escena relacionada con los protagonistas de espaldas a la cámara. El septuagenario empujaba el carrito del más pequeño mientras el mayor daba un brinco al aire sin soltarlo de la mano. ¡Cuántos recuerdos y que cantidad de nostalgia! Me puse a pensar y añoré con toda mi alma a los que me faltan. También valoré a la única que me queda.

Aquellos que hemos sido bendecidos con la suerte de unos buenos abuelos, sabemos que se trata de seres cargados de luz que pueden convertirse en lo que necesites en cada momento. Un hechicero con la mejor poción para curar una herida. El mimo perfecto para sacarte el motivo de tus lágrimas. El hipnotizador más maravilloso del universo capaz de convencer a tus padres de que merendar chocolate y media hora más de juego es lo correcto. Y así una lista infinita de las personalidades que pueden llegar a adoptar sólo por verte feliz, por ver brillar tus ojos, por ser el responsable de tus risas y sonrisas.

Recuerdo como mi abuela Carmen me enseñaba las lecciones de Conocimiento del Medio con una ternura inexplicable, como subió y bajó cinco pisos sin ascensor hasta seis veces hasta que dio con el zumo de moda que había visto por la televisión y quería probar, o como me dormía con sus canciones y me daba los buenos días con el batido de frutas más sublime de la historia, porque su comida siempre ha sido y será la mejor del mundo mundial. De ‘Pitito’ aún conservo el collar de caracolas y tornillos que me hizo un verano en la casa familiar de Fuerteventura, esa que empezó y levantó con sus propias manos mientras su radio jamás cesaba, la misma con la que nos enteramos de que el primer nieto del Rey, Froilán, había nacido. Con él -el único abuelo que conocí- las acampadas en la playa eran una aventura de arena y diversión y, cuando menos lo esperábamos mis primos y yo, un puñado de caramelos de eucalipto caía sobre nosotros mientras miraba al cielo y nos intentaba convencer de que él no había sido.

¿Qué historias recuerdas con más anhelo de estos ángeles que son capaces de quererte incluso antes de haberte visto y a los que querrás aunque ya no los veas? Cierra los ojos, piensa en ellos, recuerda su olor, su tacto, sus juegos, sus palabras. Da marcha atrás en el tiempo y disfruta de ese instante ya inmortal que te regalaron sólo por amor.

Homenajear a los buenos abuelos debería hacerse más frecuente. Habría que agradecerles mucho más, decirles lo que los queremos más a menudo, valorarlos en vida y exprimir cada milésima de segundo a su lado. Porque, por cosas de la vida, el tiempo junto a ellos es mucho más escaso de lo que necesitaríamos para disfrutarlos lo que nos gustaría. Porque ni cien vidas bastarían para conocer todo lo que nos tienen que contar, todo lo que nos pueden enseñar y todo lo que nos quieren querer. Historia en estado puro y conocimiento transmitido con el mayor de los cariños.

“A los hijos se les quiere, pero los nietitos de uno, son los nietitos”, me dijo mi abuela Isabel, no hace mucho, mientras me confesó que lo único que pide es “vivir unos años más sólo para verlos a todos ya grandes, con sus trabajos y bien puestos en la vida”. Con 83 primaveras a su espalda y un corazón de niña de 15 años, asegura que el amor por sus nietos es algo inexplicable que nadie podrá nunca entender, y lo que ella no sabe es que dicho amor es tan bidireccional que todos los que hemos tenido abuelos nos podemos hacer una idea. La idea más maravillosa que jamás existirá. Y los tuyos, ¿cómo se llaman?

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