La ciudad y las grandes marejadas mediterráneas

Francisco J. Carrillo, Diplomático y Académico de San Telmo

Málaga se adentra en época de canículas. La “paz social” se mantiene en un entorno preparado para recibir las secuencias de las olas de un turismo que muy probablemente se verá, una vez más, incrementado por aquellos que desistieron de la elección de su primer destino: Egipto y Túnez; sin duda, también Turquía y el residual de Grecia. Se podría evocar aquel dicho popular: “Mal de muchos, consuelo de tontos”, porque la sostenibilidad de los sectores económicos y sociales que animan a la Ciudad del Paraíso –según el poeta Nobel– dependen, no ya de un “Plan Estratéfico” (que sí), sino de una estrategia a medio y largo plazo con la atenta mirada a la cuenca mediterránea, de la que formamos parte integrante como una pieza de un gran mecano. El presente, con su inmediatez, puede ser relativamente favorable. Pero hay que mirar más allá.
La Ciudad, como productora de bienes y servicios, –no sólo a nivel municipal–, optó por el “sector cultural” al dotarse poco a poco de importantes museos que hay que rentabilizar y con cuyos beneficios, aparte de la elevación del nivel cultural de ciudadanos y forasteros, repercuta en la economía real y haga que la cesta de la compra sea más soportable. Pero la Ciudad requiere inversiones productivas que, aquí enraizadas, generen bienes y servicios cuya oferta entre a formar parte de los mercados nacionales e internacionales. El subsector de las nuevas tecnologías, de la agroindustria y del medioambiente podrían generar riqueza, reducción del paro y aumento del nivel de vida, es decir, del poder adquisitivo. No todo es poesía en una Ciudad de tradición poética, dotada por lo demás de destacados artistas plásticos cuyas obras no escapan a las implacables normas y valoración de los mercados literarios y del arte en general.

La gran dificultad es la de superar para siempre la “mentalidad de autarquía” (que prevaleció en los años de posguerra civil) y entrar en una competición sin fronteras. (Francia, consciente de tales riesgos, fue la primera en adoptar “la excepción cultural”, para proteger arte y cultura, incluyendo naturalmente al cine). La Ciudad se transforma. A veces cuesta a los que toman las decisiones asumir plenamente el “policentrismo urbano”. La Ciudad no se reduce al calificado como “centro urbano” (Distrito 1), sino todo el hábitat en donde vive la ciudadanía. Es hora de borrar del diccionario local la expresión “barrios periféricos” –adonde van a parar los ciudadanos de menos renta y la inmigración–, y manifestar la voluntad pública de una fuerte política de integración. En este punto concreto, el bien común de la ciudadanía debería imponerse al del interés general. Es preciso recurrir a un término muy discutido y ambiguo, pero que nos sirve para entendernos: el de la “felicidad” de los ciudadanos. Y a ello contribuye en mucho, ante todo, una ejemplar limpieza de la Ciudad en su sentido integrado; arboledas, jardines públicos y esculturas en las calles de todas las barriadas; centros de animación cultural para jóvenes y mayores; remozamiento de las fachadas. El policentrismo urbano debería ser una referencia de “justicia distributiva”, lo que sin la menor duda ayudaría a aumentar la “cohesión e integración social” y a mejor neutralizar actitudes delictivas o asociales, con la variante de las acciones violentas o de la tentación marginal de hipótesis terroristas.
Hay una dimensión a la que una ciudad como Málaga no puede dejar de tener en cuenta, sobre todo, en los momentos actuales: tomar muy en serio la laicidad (no el laicismo) y la libertad religiosa como componente de la libertad de expresión. (La historia del último tercio del XIX y primero del XX debería servir de referencia para sacar conclusiones, hoy más complejas con la pluralidad cultural y sus derivados religiosos). Integrar es la única vía para no excluir. La revivificación de las barriadas, incluído el “centro histórico” visitado por multitud de turistas y con la calle Larios plagada de “franquicias” que encontramos, las mismas, en todas las grandes ciudades de España y del extranjero (baste como ejemplo la calle más comercial de la ciudad de Sofia en Bulgaria), debería responder a esa “política de integración y acogida” con disposicion al diálogo entre unos y otros. No todo puede reducirse a la contabilidad de entradas en el CAC, el Museo Picasso, Thysen, Pompidou o el Ruso. Hace falta algo más que dé consistencia permanente, innovadora y renovadora al policentrismo de la Ciudad y a la buena entente -.-y conocimiento mútuo– entre paisanos (contabilizada la inmigración), forasteros de paso y turistas. Algo más que refuerce el tejido social.
Para trazar las líneas de todo plan estratégico, hay que comenzar por inventariar “los problemas” e intentar resolverlos. Y no proceder a la inversa. Hoy Europa está en máxima alerta contra el terrorismo yihadista y contra la violencia potencial, real o simbólica. He tenido la oportunidad de visitar periferias urbanas que son, por su propia estructura y marginación, semilleros de aislados indivíduos (pueden llegar a ser más numerosos si no se cambian las condiciones del hábitat) en paro, desesperados, en hipótesis permenente de violencia, incluso de adhesión al yihadismo terrorista, al tráfico de drogas, al delito de menor o mayor gravedad o a la violencia por la violencia.
La seguridad, estabilidad y paz en el tejido social de una ciudad no depende únicamente de una eficaz política policial, necesaria y con visibilidad. Hay otras problemáticas en donde anidan los grandes desafíos de una ciudad que cada vez es más urgente resolverlos con alta prioridad, reconociendo, de una vez por todas, que la ciudadanía es la que marca y define el policentrismo urbano, que en casi todas las ciudades es el gran olvidado.
En 1971 se me presentó la oportunidad de asistir en París a un seminario sobre “sociología urbana” dirigido por uno de los grandes intelectuales de la época, Henri Lefebvre, al tiempo que vi nacer la “revista crítica internacional de la ordenación de la arquitectura y de la urbanización” que era el subtítulo de Espaces et Sociétés. En el número 2 de esta revista, Lefebvre afirmaba: “Todo centro se destruye a sí mismo. Se destruye por saturación; se destruye porque reenvía a otra centralidad; se destruye al tiempo que suscita la acción de los que excluye hacia las periferias”. El mismo autor se posiciona: “Como forma, lo urbano tiene un nombre: es simultaneidad”. Reflexiones estas de total actualidad. La “planificacón”, la “ordenación”, ha de prever, sugerir, encauzar, proteger, asimilar, integrar los cambios que llegan y que reclaman imperativamente las llamadas “periferias”, pero nunca llegará a imponer la robotización ciudadana comprimiendo los habitats e impidiendo la redistribución de los equilibrios equitativos. ¿Hacia dónde se encamina la ciudad con el conjunto de la ciudadania? Esa es la eterna pregunta.
Mientras no se dée una respuesta adecuada a este problema, no se conseguirá atajar en su raíz las diversas amenazas, a diversos niveles, que acechan a la ciudad. En particular, a una ciudad mediterránea en un Mediterráneo muy turbulento y agitado por la proliferación del terrorismo yihadista y casi podríamos afirmar por la “guerra fría” que parece renacer (el caso de Grecia podría ser un ejemplo con telón de fondo ruso y chino, que a Estados Unidos parace haberle quitado el sueño, como lo es también el de Ucrania).

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