La Dama del Alba

La Dama del Alba

Esta semana hemos acudido a la biblioteca para leer la obra teatral de Alejando Casona “La Dama del Alba”.

Richerdios

En un caserío asturiano viven el abuelo, la madre, tres hijos de ésta, la sirvienta y Martín, el marido de otra hija, Angélica, que murió al parecer ahogada en el río cercano a los pocos días de casarse y cuyo cuerpo no se ha encontrado. Una noche de invierno, en que la madre sigue sin poder olvidar a la hija muerta hace cuatro años y cuyo recuerdo tiene siempre presente e impone a los demás, les visita y pide alojamiento por un rato una Peregrina, que resulta ser la muerte y a la que el abuelo acaba por reconocer. Viene a llevarse al yerno, Martín, pero, jugando con los niños, se cansa, se queda dormida y se le pasa la hora, con lo que Martín se salva. Y además él salva a su vez a una joven, Adela, quien se quería suicidar en el río a causa de su soledad y desesperanza. La muerte ha fracasado y se marcha, pero le cuenta al abuelo que a esa joven la tiene apuntada para dentro de siete lunas y vendrá a por ella. Pasa el tiempo marcado y es la noche de San Juan. Adela ha sido acogida en la casa como hija y la pena ha desaparecido. Martín se ha enamorado de ella y es correspondido, pero ambos creen que no deben compartir ese amor para no hacer daño a la memoria de Angélica. Llega la muerte y saluda al abuelo, el cual le ruega que deje su misión pero ella le responde que no puede. Sin embargo, duda acerca de lo que ha de hacer, pues algo no le coincide y averigua entonces, cuando Martín se lo confiesa a Adela, que Angélica no ha muerto ahogada, sino que se fugó con otro hombre y él dijo que se había ahogado en un último y supremo acto de amor, para guardar su memoria. La esposa regresa abandonada por el hombre con el que se fue e intenta reclamar su sitio, pero la Peregrina es la primera que habla con ella y la convence para que se meta en el río y muera allí, porque así su memoria será mantenida y, permaneciendo en la casa, acabaría usurpando un sitio que ya no le pertenece y habría de arrastrar la vergüenza de su acto. Así lo hace la muchacha y es encontrada por las gentes muerta y conservada tras cuatro años, dejando a los demás con su recuerdo y su felicidad ya recobrada.
Estrenada en el teatro Avenida de Buenos Aires el 3 de noviembre de 1944 por Margarita Xirgú, María Gámez, Amelia de la Torre, Teresa León, Isabel Pradas, Susana Canales, Alberto Closas y Francisco López Silva, entre otras grandes figuras de la escena, es tal vez su mejor obra y la que apreciaba por encima de cualquiera otra. La más poética en todos los instantes y la más rica en léxico, todo él transido de una belleza y un lirismo que sólo se encuentra en las delicadas y perfectas obras del asturiano. La recrea en su tierra natal y se goza mencionando las cosas, que tal vez añoraba en su destierro. Prende al lector en la trama y lo subyuga. Casona traza a sus personajes en unas pocas pinceladas de una manera clara y nítida. El abuelo es un prototipo del estoico o del senequista. No teme a la muerte y discute con ella, le lleva la contraria o le ruega, no por él sino por sus allegados. Telva es también una estoica, que ha aceptado la muerte en un mismo instante de sus siete hijos con gran resignación, pero sin dejar por ello de luchar y de vivir, y en su lugar ha plantado, ya que no podía tener más hijos, siete árboles. A la madre aún no le ha llegado la resignación por la pérdida de la suya; mantiene viva la memoria de la que cree ahogada y obliga, casi, a los demás a seguirla en su veneración fanática, pero cuando Adela se mete en su casa y en su corazón cede su pena y permite que la advenediza vaya sustituyendo a la ausente y ocupe su lugar en la casa y en el amor de Martín. Éste es uno de los personajes menos definidos, aunque ha hecho gala por una parte, de valentía al digerir solo la traición de Angélica y ocultar su huida y su deshonra bajo la capa de una muerte, pero por otra, su actuación tiene el componente del temor a la humillación pública por el deshonor y a que su orgullo sufra por tal hecho. Luego encuentra el amor en Adela y a él se aferra, superando así el engaño de Angélica. Sin embargo, por respeto a su memoria se halla dispuesto a renunciar a ese amor, al igual que lo hace Adela. Ésta es el paradigma de la desesperación a causa de la soledad, el abandono, la desesperanza y tal vez el engaño. Es salvada del suicidio por Martín y es aceptada como una hija en la casa, pero ella corresponde con el mismo amor y gana el de Martín, al que quiere renunciar por respeto a la madre y a la memoria de Angélica. Al final lo logrará por la reacción de la madre y el suicido encubierto de Angélica que la libra de su propia muerte, como antes se libró Martín por la distracción y el sueño de la peregrina. Angélica es el ejemplo de la mujer malvada, infiel y desleal, a la que Martín ha tapado para salvar su dignidad —y tal vez la propia—, y que ahora regresa arrepentida, intentando recuperar su sitio, que encuentra ocupado. No hay tregua para ella —no es el hijo pródigo— y se le pide un suicidio, que encubra su aparente muerte —algo reprobable—, para reparar su error y conservar la dignidad a través de él, lo que ella acepta con resignación. Es un final muy discutible en su moralidad y muy cómodo para todos los demás, salvando así las situaciones particulares de cada uno. Se niega a una persona la posibilidad de regenerarse y de encontrar la felicidad. No hay tregua para el que delinquió, sino que debe pagar con su vida para que otros sean felices.

La censura

Es duro, pero así lo presenta Casona y además ofrece como recurso el suicidio para mantener una buena imagen, cosa desde luego no plausible. Finales como éste no eran tolerados por la censura de la primera época en España, por lo que, aparte otras consideraciones, esa obra nunca habría sido autorizada antes de los años sesenta. Podemos recordar otros finales también acomodaticios —La Barca sin Pescador, del propio Casona, o La Muralla de Calvo Sotelo—. Y por fin está la Peregrina, la muerte. La protagonista indiscutible de todo el drama, la que desde el principio ha impuesto su ley, si bien, al final, será vencida por el amor y también por sus distracciones, voluntarias o no. Es una figura humana —humanizada—, así la quiere retratar Casona, que dialoga con los vivos —con el abuelo— y negocia con ellos o se queja de su soledad, de su infertilidad femenina y de su falta de amor, el cual va a ser precisamente quien la venza —o se deje vencer por él en una especie de concesión.

Burlar a la muerte

La acción de burlar a la muerte siempre tiene buena prensa y Casona la aprovecha, pues le encanta esa burla, al igual que hace con el Diablo en alguna otra de sus obras. Hay una creencia generalizada a que la muerte es inclemente y que su guadaña corta a fecha fija y sin posible variación en sus determinaciones. Visto así el asunto, entraríamos en la predestinación y eso no se sostiene. La muerte actúa no por designios ni por predeterminaciones, sino por circunstancias aleatorias de la vida y que dependen más veces del libre albedrío, de la suerte o de muchas otras variables, que la hacen llegar antes o después, sin que nada esté escrito de antemano. Pero Casona se sirve de la figura poética de esa especie de cuaderno de trabajo, que ella utiliza para llevarse a los mortales. Dice Federico Carlos Sainz de Robles en el prólogo a la edición de las Obras Completas de nuestro autor —Aguilar 1967—: “Casona sospecha y nos hace sospechar, que el gran triunfo, sin un fallo, de la Muerte se debe a su no convivencia con los hombres, a su desconocimiento absoluto de todos los amores que compensan a los hombres de la fragilidad y lo efímero de sus vidas. Compartir más momentos con la Humanidad equivale a contaminarse de sus debilidades y fracasos”. Pero la muerte no actúa de motu propio; detrás está Dios, al que Casona muchas veces no menciona en sus obras porque no hace falta, lo sentimos detrás, vivo y palpitante, como álter ego del amor, humano o divino, determinando quién se va y quién se queda en el mundo, quién debe hacer mutis por el foro y quién debe continuar en este valle de lágrimas o de alegrías —que tanto da—. Dios, el amor y la muerte: las tres constantes de la obra casoniana, presentes en esta obra como en casi todas las demás, pero aquí más evidentes; y, como siempre, la tercera inclinándose ante la fuerza imparable e invencible del segundo, insuflada en último término por Dios: el supremo amor y la suprema voluntad.

El bien y el mal

Toda la fuerza reside en la oposición del bien y el mal, aunque la muerte —ya lo hemos dicho— no aparece aquí como un ser maligno, sino que viene a cumplir una misión que le está encomendada y que es imprescindible, sólo que a veces la cambia un poco para que las cosas salgan mejor y sean más acordes a lo que pide el buen sentido. La obra rezuma poesía y delicadeza en cada frase y cada expresión y pinta una vida que puede ser apacible o muy dura, pero siempre con un halo poético y sublime muy propio del autor, que aquí borda una de la obras teatrales más perfectas de la literatura de este siglo.

La Deriva

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