La inconsciencia, un peligro poco conocido

La inconsciencia, un peligro poco conocido

Pablo Romeo. Director ejecutivo de Smile Consultores

Tengo la enorme fortuna de entrevistarme con muchos profesionales y empresarios, casi a diario, y es la parte más dura de mi oficio, pero también la más estimulante y retadora. Me explicaré: me dedico a ayudar a gerentes de todo tipo de empresas y despachos a tomar consciencia sobre su rol y su misión dentro de la organización para definir retos personales y de equipo y, a continuación, entrenarlos para alcanzar sistemáticamente esos objetivos.
Me fascina observar a las personas cuando hablan, escuchar en el más amplio sentido de la palabra, sin interpretar, sin intentar responder, tan solo con la intención de comprender. Escuchar lo que dicen, cómo lo dicen, y observar el lenguaje corporal, la cara y los ojos. Eso me permite comprender, o al menos acercarme, al modo de funcionamiento de esa persona en ese preciso instante. Y cómo lo está verbalizando.

Aunque pueda sorprenderte, el cerebro funciona como una máquina y en consecuencia nosotros también funcionamos así en determinados aspectos. ¿Somos autómatas?, por supuesto que no, tenemos capacidad de elección, somos seres racionales, pero también hemos aprendido a sistematizar la mayoría de nuestros procesos, de nuestras rutinas del día a día. Aún desconocemos muchos aspectos sobre el cerebro, sin embargo muchos otros son conocidos y muy específicamente. En realidad, la principal función del cerebro consiste en procesar rutinas y comportamientos aprendidos. Compara situaciones, hechos, información, la contrasta con la información que ya posee, y devuelve respuestas generalmente preestablecidas que modelan nuestro comportamiento. Somos bastante predecibles: ante un estímulo determinado, solemos ofrecer la misma respuesta, aunque no seamos conscientes de eso y creamos que las situaciones siempre son diferentes.
Hábitos, rutinas, creencias, actitudes, comportamientos…, cada uno tenemos nuestra propia manera de funcionar y de responder a cada situación. Lo que ocurre es que son tantos los procesos “programados” y tantos los estímulos diferentes que recibimos, que no somos conscientes de tal programación.

Creemos que elegimos la respuesta en cada ocasión de manera creativa, pero no suele ser así, con frecuencia es una ilusión. Son muy pocas las veces en las que realmente “respondemos” y muchas las que “reaccionamos”. Está estudiado y comprobado que funcionamos con programas aprendidos e integrados: nuestros propios programas. La pregunta entonces es: ¿quiénes y cómo nos han programado? aunque la adecuada y mucho más interesante sería: ¿quién soy yo?

Intentaré de un modo muy esquemático explicar los 6 pasos mediante los cuales nuestra mente consciente e inconsciente ha ido aprendiendo y programándose.

Primer paso: Recogiendo información.
Si obviamos la información genética, el sistema operativo con el que ya nacemos y que nos permite sobrevivir, el cerebro de un bebé, está en blanco. No es que no pueda ver, es que no sabe que está viendo. Tiene ojos, retina y nervio óptico pero la información que llega al cerebro no puede ser interpretada. La interpretación se produce al comparar algo nuevo con algo que ya existe, y al no existir nada, no puede ser interpretado. Ni siquiera es consciente de que ve o de que oye.

Segundo paso: Almacenando.
Poco a poco y mediante la repetición (el sistema más habitual y eficaz de aprendizaje) la información se va acumulando, se va grabando, ya hay cosas que pueden ser comparadas.
Debes saber que el cerebro almacena imágenes, es decir, fotografías o películas. También guarda sonidos, olores y sensaciones, pero suelen ser dinámicas y asociadas a situaciones, es decir, suelen formar parte de la película, pertenecen a un contexto o situación.
El bebé comienza a asociar y relacionar lo que ve, lo que huele… por ejemplo: madre-biberón-olor-comida. Así en cuanto ve o huele el biberón (cosas que ya ha almacenado y que empieza a entender) puede suponer lo que ocurrirá a continuación, porque ya existe en el almacén de experiencias.

Tercer paso: Creando patrones primarios.
Comienzan a establecerse patrones de funcionamiento básico: “si lloro me atienden, si quiero algo puedo cogerlo”. Empieza a conocer cosas, palabras, imágenes, olores… y a relacionarlos entre sí. Madre = protección, seguridad, comida…, y a usar la palabra-comodín mamá para todo.

Entiende que ciertas causas, generan ciertos efectos. Y lo usa de manera consciente porque ha comprobado que funcionan. Así se generan patrones de motricidad, de lenguaje, de reconocimiento de imágenes y de sonidos, y también de la relación entre ellos.

Cuarto paso: Creando patrones complejos.
El uso combinado de patrones genera otros nuevos aún más complejos. Por supuesto, además de los patrones morfológicos o de funcionamiento corporal, también se van desarrollando nuevos patrones de pensamiento, es decir, “si me riñen, entonces…”.

Comienzan capacidades como la abstracción, la visualización de futuro, que se combinan entre ellas y con otras hasta formar estructuras de pensamiento complejas, nuevas sinapsis neuronales, nuevos programas… Ya hay capacidad para la simulación o la mentira, entre otros.
Quinto paso: Elaborando creencias, prejuicios y respuestas automatizadas.
La información recibida (entre la que se encuentran las creencias y valores paternos, tanto si son positivos como negativos) se va “instalando”, suave pero paulatinamente en la mente de la persona. Las creencias de la etapa pre-cognitiva (antes de los 7 años) suelen ser incuestionables y muy difíciles de cambiar ya que son los cimientos en los que nos apoyamos las personas y son muy pocos los que quieren levantar los pies del suelo.
Luego las experiencias de la vida, las respuestas obtenidas por el uso de patrones ya establecidos, van configurando, mientras la persona se desarrolla, un sistema único de programas, de respuestas, o de funcionamiento, que por su complejidad resulta único y personal.
Es en esta etapa cuando se establece lo que está bien y lo que está mal, los valores, las creencias profundas, los prejuicios acerca de las cosas o de las personas… es decir, todo un sistema automatizado de funcionamiento. Aquí se establece la filosofía base de la persona, su posicionamiento personal frente a la vida o a las circunstancias, “su verdad”.

Vamos a detenernos un momento, para explicar algunas creencias recogidas en la interacción con mis clientes y que, en determinados casos, han complicado (por usar un término muy suave) bastante sus vidas. Creencias que han sido fijadas habitualmente, por repetición paterna y materna: “tienes que dar ejemplo”, “tienes que llegar el primero y salir el último”, “tú no puedes fallar”, “tienes que revisarlo todo”, “no te fíes de nadie”, “tú tienes que ser…” “debes prepararte para tener un puesto de trabajo digno”, ¿te suena alguna?
Por esta razón, porque son creencias (fe ciega en que las cosas son así) es absurdo intentar cambiarlas mediante el razonamiento ya que son irracionales o inconscientes y están grabadas a fuego desde siempre. Estamos hablando del posicionamiento personal, de tus creencias en política, en religión, o en cualquier otro asunto de la vida que se haya podido adquirir por transmisión consciente o inconsciente.

Ocurre que todo ese sistema, el mega-programa, funciona solo y de forma automática. El 90 por ciento de nuestra vida, de nuestro día a día, de nuestras decisiones, funcionamos en piloto automático. Es decir, funcionamos de forma inconsciente. Aunque creamos que nuestras decisiones son racionales y conscientes, la verdad es que la mayoría no lo son, solo son programas. Somos menos libres y menos racionales de lo que creemos.

Sexto paso: Generando actitudes.
Por cierto, no tenemos “una” actitud, tenemos una para cada persona y para cada situación. Paciencia y comprensión con unos, impaciencia o agresividad con otros… Nadie tiene actitud positiva o negativa para todo, aunque puedan prevalecer más las de un tipo que las de otro.
Una cosa es lo que yo sé que debo o que no debo hacer y otra muy distinta es lo que siento respecto a lo que sé que debo o no debo hacer, “lo que me pide el cuerpo”. Debería hacer tal cosa “pero”… No dejan de ser patrones o programas pero aquí aún se complican más, entran en juego cosas como el miedo (a quedar mal con un cliente, a lo que pensarán los colegas de profesión, a ser rechazado, a que me dejen…), no hay límite en este sentido. Evidentemente, no es real, excepto para la persona, para el “titular” de la actitud, es muy real, tanto que va a definir su comportamiento.
Y dado que la actitud es un hábito del pensamiento, en una situación concreta responderemos con la actitud prevista, siempre la misma respuesta, el mismo patrón, pero no somos conscientes de nuestros comportamientos inconscientes. Esa es la gran cuestión, ¿cómo voy a cambiar o mejorar algo que no sé que existe? Por tanto estamos condenados a repetirlo una y otra vez…. “estoy muy liado, ahora tengo mucho jaleo, me pongo mañana a primera hora, discúlpame pero tengo un imprevisto”.
Algunas actitudes son muy beneficiosas pero existen muchas altamente perjudiciales. Una de ellas es el auto-sabotaje. Son conocidos muchos casos de personas que tras años en la empresa, al recibir un nuevo proyecto, lo dejan por miedo a quedar mal, a no estar a la altura, a no cumplir las expectativas, o de personas que evitan la delegación porque las cosas van demasiado bien y da miedo que dejen de estarlo “si no estoy en todo”, es como suicidarse para que no te maten. ¿Ridículo, no?, pues así funcionamos los humanos. Eso sí, hay grados, no todo el mundo es igual, somos seres complejos.
Si te fijas, hasta aquí solo hemos hablado de cómo funcionamos “por dentro”, de lo que ocurre en el interior. Pero ¿qué pasa en el exterior? Pues es muy fácil imaginar que lo que hagamos o no hagamos en la vida es fruto de nuestra actitud, que a su vez viene determinada por nuestra filosofía o creencias, que está determinada por nuestros patrones que se han generado por la información recibida. Por eso decía al comienzo que me fascina observar el comportamiento, es muy esclarecedor cuando eres consciente de cómo funcionamos.

Henry Ford lo definió en una simple y breve (pero contundente) frase:
“Tanto si crees que puedes, como si crees que no puedes, estás en lo cierto”.
Por tanto, y como conclusión, si quieres mejorar algo a nivel personal o a nivel profesional, deberás empezar por el principio, deberás suministrar nueva información, deberás literalmente “re-programarte”.
Lo más recomendable es disponer de un método que proporcione las herramientas necesarias para desarrollar nuevos hábitos y una planificación estratégica e inteligente de acciones bien enfocadas. Pero si debo recomendar algo es, usando otra frase (esta vez de Walt Disney): “la forma de hacerlo es empezar ya y dejar de hablar de ello”

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