La pedagogía de D. Ángel Herrera Oria. Francisco J. Carrillo Montesinos - El Sol Digital
La pedagogía de D. Ángel Herrera Oria. Francisco J. Carrillo Montesinos

La pedagogía de D. Ángel Herrera Oria. Francisco J. Carrillo Montesinos

Nunca está de más rememorar, revivificando, la figura del que fuera Obispo-Cardenal de Málaga, el Siervo de Dios D. Ángel Herrera Oria (1886-1968). Máxime cuando el paso del tiempo suele ir cubriendo con un tupido velo -el más importante, el del olvido- a una personalidad tan destacada de la historia de España y de la historia de Málaga.

Voy a centrarme en lo que viví con cercanía. No recurriré a sus profusos escritos ni a los estudios publicados sobre su persona. El material es muy extenso y, a decir verdad, leído o consultado por un reducido número de lectores e investigadores. Sí me referiré a hechos concretos de la acción, siempre de inspiración pastoral evangélica que encontró instrumentos de aplicación en el Magisterio de la Iglesia, en particular en la Doctrina Social de la Iglesia, en Pro del Bien Común, divisa de toda su acción social y, naturalmente, pastoral. La espiritualidad fue su denominador común.

Ya en la época en que dirigió el periódico El Debate (antes de la Guerra de España), era partidario, y así lo hizo en su famosa Escuela de Periodismo (1926), de que los periodistas recibieran una formación más allá de las propias técnicas del periodismo tradicional, con contenidos formativos en economía y en ciencia política, y dosis de Doctrina Social de la Iglesia. (En la misma empresa de El Debate había introducido importantes elementos de la DSI como fueron la participación en beneficios y los préstamos sin interés).

TESTIMONIO DE HECHOS CONCRETOS

Su llegada como Obispo de Málaga (1947) viene cargada de proyectos de pedagogía, de acción social cristiana y de lo que hoy podríamos calificar de nueva evangelización. Tareas que continuará como Cardenal (1966) hasta su muerte (1968). Estos proyectos venían anidados desde el pasado, como fue su importante labor con los pescadores en Santander tras recibir la ordenación sacerdotal (1940) y como laico activo y cristiano antes de la Guerra de España, tema este que por razones de tiempo y espacio no voy a abordar.

Ángel Herrera Oria, en Málaga, diseña las grandes líneas de lo que sería la Escuela de Ciudadanía Cristiana para formar estudiantes católicos para la vida civil y pública. Para ello, era preciso disponer de una infraestructura adecuada, que la creó en Madrid: una residencia universitaria, el Colegio Mayor Pío XII, la prestigiosa Escuela de Periodismo de la Iglesia y un centro muy potente de formación para la acción social, el Instituto Social León XIII. Ya existía también el Colegio Mayor San Pablo y el Centro de Estudios Universitario (CEU). Podríamos decir que todo ello estaba bajo el paraguas de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNdeP), hoy ACdeP, pero con órganos de dirección bien identificados.

Es preciso subrayar que el estudiante que se albergada en el Colegio Mayor Pío XII (fue el caso del que os habla) debía estudiar dos carreras: una en la universidad pública y la otra ya sea en la Escuela de Periodismo de la Iglesia, ya sea en el Instituto Social León XIII (que después fue reconocido como Facultad de Ciencias Política y Sociología). Otra de las aspiraciones era que todo colegial aprendiese dos idiomas. Dado que el objetivo era la formación de ciudadanos cristianos, libres y responsables, lógicamente el Colegio Mayor Pío XII estaba regido por la libertad y la responsabilidad, con intensas actividades extra universitarias que generalmente eran propuestas y organizadas por los propios alumnos y que solían servir de puente con la realidad del entorno. Otras actividades de apostolado social se desarrollaban durante los fines de semana en zonas de barrios muy deprimidos, “descartados” como diría el Papa Francisco, de la periferia de Madrid.

El mecanismo para la acción, muy inspirado en el “ver-juzgar-actuar”, funcionaba. El acto inaugural de la Escuela de Ciudadanía Cristiana (1961) tuvo lugar en el salón de actos del Colegio Mayor Pío XII, presidido por el Cardenal Ottaviani, enviado del Papa, por el Cardenal Pla y Deniel y por el entonces Obispo de (1961) Málaga, Herrera Oria, con presencia de numerosos Propagandistas, otros invitados y colegiales.

Gran proyecto de formación, que se puso en marcha, para formar, con inspiración evangélica, “sal de la tierra”, ciudadanos cristianos conscientes y responsables, insertos en la sociedad civil y con una aspiración a desarrollar un efecto multiplicador de inspiración cristiana en sus lugares de destino.

En el diseño de la Escuela de Ciudadanía Cristiana también figuraba la creación de un Instituto Social Obrero. Cierto es que en la época ya eran muy activas la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica) y la JOC (Juventud Obrera Católica).

MÁLAGA

Manteniéndome en el terrero de la formación, D. Ángel, como Obispo de Málaga, puso en marcha la enseñanza de nociones de Doctrina Social de la Iglesia, que se identificaban como “Sociología”. Estos cursos se nutrían de un alumnado voluntario de algunos colegios católicos. Recuerdo esos cursos en el Preuniversitario del Colegio de los Hermanos Maristas. Los temas a considerar durante el curso escolar eran los siguientes: 1) Seis pasos hacia los escombros (problemas de la vivienda, la pobreza, el trabajo, el materialismo, etc,);  2) Surgiendo de entre las ruinas (el destino de los bienes, el derecho de propiedad, la retribución asegurada, salarios y seguros laborales, conflictos laborales, etc,);  3) Constructores de un mundo mejor (relaciones humanas, reforma estructural de la empresa, cooperativismo, el gerente del bien común, etc.).

Se decía entonces que las cuestiones sociales de mayor trascendencia están en manos de personas mayores, pero que era preciso “imbuir una adecuada formación social a la juventud, pues de ella saldrán los hombres del mañana”. Toda esta formación debía ser “instrucción traducida en acción, en hechos, con ideas claras”. Las clases de Estudios Sociales no pretendían formar sabios y elocuentes hombres de meras fórmulas, sino de “formar el espíritu, de encauzar el juicio enseñando a observar, a reflexionar, a crear caracteres, exigiendo de cada uno un esfuerzo personal y perseverante; y, concretamente, a esculpir y desempolvar personalidades cristianas dispuestas a enfrentarse con la dura realidad de muchos seres humanos.

Eran como un semillero en donde el seglar, en colaboración con el clero, será un arma poderosísima de acción y de pastoral social. Se constataba que el seglar, aunque educado en círculos religiosos, generalmente vive “en una gran ignorancia de las exigencias de la Fe, poseyendo una carencia total de entrega social”. Se afirmaba que todo esto. Para todo católico, es una cuestión de conciencia, de obligación y no de perfección. Para ello, hay que impulsarle a la “búsqueda de la verdad” y “a la incorporación activa de esta verdad”.

La influencia de este caldo de cultivo llegaba, incluso, a la entonces llamada Escuela de Asistentas Sociales de Málaga, y se traducía en acción sobre el terreno en zonas de pobreza extrema (Playas de San Andrés) o en eficaces Campañas de Desarrollo Comunitario en la provincia de Málaga.

Se subrayaban las obligaciones, como cristianos, que nos impone la justicia social. Y nos preguntábamos: ¿qué es la justicia social?  Don Ángel trató extensamente este tema. En su ponencia de clausura de la I Asamblea de la Escuela de Ciudadanía Cristiana, dijo: (cito): “La justicia social exige de las partes lo que es necesario para el bien de todos. Mas, para que las partes o miembros de la sociedad, esto es, los ciudadanos puedan cumplir sus deberes sociales, es necesario que el Estado los provea de todo lo que necesitan para vivir y desarrollarse. En otros términos, que se guarden los preceptos de la justicia distributiva”. (Fin de cita).

Así pues, la gran tarea de formación en estas materias era de obligado cumplimiento en el ámbito cristiano y eclesial. Era necesario que en algún sitio, centros de estudio, escuelas, parroquias, seminarios religiosos, púlpitos, encuentros… se enseñen estas disciplinas de tan trascendental importancia. Ya el Papa Juan XXIII, en su Encíclica “Mater et Magistra”, nos aclara y orienta: “Aconsejamos, en primer lugar, que se incluya la Doctrina Social de la Iglesia como materia obligada en las escuelas católicas de toda índole…, que se divulgue por todos los medios actuales de difusión: diarios, revistas, radio, televisión, libros científicos o de divulgación”.

HECHO RELEVANTE

Pasar a la acción con estos mimbres era una norma de conducta, rebosante de profunda espiritualidad, de D. Ángel Herrera Oria como obispo y cardenal. Así lo fue a través de toda su vida consagrada o no consagrada. La creación en la provincia de Málaga de una red de más de 250 escuelas-capilla en zonas muy deprimidas, rurales, con población dispersa, logró varios objetivos: cohesión social, contribución importante a la erradicación del analfabetismo, valiosos resultados (a veces no visible ni cuantificables) en la educación de adultos, incitación al trabajo cooperativo de aquella población dispersa… Y, sobre todo, respeto a la dignidad de cada persona humana. Sin por ello silenciar esa nueva modalidad de evangelización en zonas rurales marginadas.

Esta aplicación de la DSI traducida en hechos tuvo su repercusión en zona urbana con la promoción de viviendas llamadas sociales para los sin techo y zonas muy deprimidas de pescadores de bajura que vivían en condiciones infrahumanas.

Hasta aquí algunas pinceladas sobre el hombre bueno, un hombre santo. He querido voluntariamente dejar de lado mis vivencias personales y familiares de proximidad con el obispo y cardenal Herrera Oria.

Podría decirse que lo hasta aquí dicho se refiere a “otros tiempos”. Aunque así es, no es por ello menos cierto que en las condiciones actuales, los problemas de la globalización (abordados magistralmente por el Papa Francisco) no pueden ni deben ocultar los problemas, viejos y nuevos, a los que la Doctrina Social de la Iglesia, tan enraizada en el pensamiento y en la acción de Ángel Herrera Oria puede, si se quiere, dar respuestas contundentes. ¿Acaso la justicia distributiva que tanto esgrimió D. Ángel es algo del pasado? En este último verano, volví a leer la “Pacem in Terris” que sigue siendo de una implacable actualidad.

Hemos de volver a esas fuentes desde León XIII a Francisco. Son fuentes vivas de inspiración, como en cierta ocasión me decía un parlamentario británico. Tenemos materiales más que de sobra. Hay que desempolvarlo con el foco puesto en las nuevas realidades de nuestro tiempo.  Y, sobre todo, saber actuar con nuevas modalidades, y con apertura de espíritu, en las ágoras de la ciudadanía con esos inagotables instrumentos que esperan ser utilizados con efecto multiplicador. Con la caridad para construir humanidad desde la familia y el barrio, hasta los foros internacionales más relevantes.

Estoy convencido que Ángel Herrera Oria, en nuestros días, seguiría buscando soluciones y dando respuestas sin temor (“No tengáis miedo”, como dijo san Juan Pablo II) a los más desfavorecidos y a los muchos que esperan para aprender y hacer camino con empatía.

 

 

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