La sanidad y las fábricas de lavadoras de la Unión Soviética. Miguel Such, cirujano cardiovascular - El Sol Digital
La sanidad y las fábricas de lavadoras de la Unión Soviética. Miguel Such, cirujano cardiovascular

La sanidad y las fábricas de lavadoras de la Unión Soviética. Miguel Such, cirujano cardiovascular

Conocí como paciente a José Antonio Girón de Velasco en la última época de su vida, en 1995. Para la mayoría de los españoles de hoy puede que este nombre sea absolutamente desconocido, así que aclaro que combatió para derrocar al gobierno legítimo de su época en una guerra que hubo en España en la primera mitad del siglo pasado, y por ello ocupó importantes puestos políticos antes de nuestra democracia. Lo destacable es que impulsó el embrión del sistema de Seguridad Social que desde entonces tenemos en nuestro país (desempleo, pensiones, vacaciones pagadas, etc.) y creó un sistema sanitario público para trabajadores, que luego evolucionaría hasta nuestro Sistema Nacional de Salud. Y en alguna de las conversaciones que mantuve con él me explicó que la idea inicial consistía en pagar “un sueldo fijo” a los mejores médicos para que dedicaran algunas horas de su trabajo (privado) a los pacientes de la recién creada sanidad pública, con la condición de que su salario fuera el mismo con independencia de cuantos enfermos trataran u operaran, para así evitar que los médicos quisieran trabajar mucho para aumentar sus ingresos, ya que España no tendría dinero para pagarles.

El sistema evolucionó hacia nuestro estatus sanitario, que con el tiempo se convirtió en uno de los mejores del mundo, pero conservó la idea inicial de un “sueldo fijo”, igual para todos, e independiente del número de pacientes o de operaciones que realice cada médico, que pasaron a ser funcionarios con plazas vitalicias.

Poco después de mis conversaciones con Girón de Velasco, apareció un artículo en prensa que me llamó la atención por su titular: “Cierran todas las fábricas de lavadoras de Rusia”. La Unión Soviética se había desintegrado pocos años antes, y el diario argumentaba que este cierre de fábricas era previsible a causa de las condiciones laborales, que resumía en:

  1. Sueldo fijo para todos los trabajadores, con independencia de la calidad o cantidad de su trabajo.
  2. Plaza fija, sin posibilidad de despedir por baja productividad o eficiencia.
  3. Ausencia de control de calidad de las lavadoras fabricadas.
  4. Clientela asegurada, ya que no existían alternativas para los ciudadanos.

Con estas condiciones, opuestas a la eficiencia más elemental, era imposible competir en un mercado libre, lo que llevó al cierre de las fábricas.

Al terminar de leerlo, vi con claridad que las condiciones laborales eran las mismas por las que se regía nuestro Sistema Nacional de Salud. Y la pregunta era obvia: ¿Podrá sobrevivir nuestra sanidad con estas reglas? O más bien, ¿cuánto tiempo podrá mantenerse el sistema con esas condiciones? Han pasado 20 años y nuestra sanidad ha seguido creciendo y aumentando su prestigio, aunque quizás a costa de unos gastos que año tras año superaban las predicciones generando déficit. La crisis nos trajo recortes, retraso en el pago a proveedores, cierre de empresas (sobre todo las españolas que no tenían capacidad financiera para resistir años sin cobrar) y finalmente aumento  de listas de espera. Lo que parece que ha mantenido aún en pie este sistema ineficiente es la cuarta condición: “clientela asegurada”, ya que la mayoría de la población no tiene capacidad económica para tener un seguro privado además del público que ya paga. Es llamativo el dato de que aquellos españoles que pueden elegir entre sanidad pública o privada (funcionarios, policía, guardia civil, enseñanza, etc.) elijan en casi el 80 por ciento de los casos y año tras año, a la sanidad privada que el estado paga para ellos y su familia; y que lo que paga el estado por esos seguros privados de sus empleados sea casi un 40 por ciento menos de lo que costamos los que solo tenemos sanidad pública. Así que todo es muy difícil de entender si aplicamos el sentido común.

Hace pocos años, hablando con otro paciente y en este caso amigo, que ha sido uno de los mejores ideólogos de nuestro Sistema Sanitario Público actual, me confesaba que las condiciones que impuso a los médicos Girón de Velasco seguían siendo las mismas: pagar (no mucho) a los médicos, con independencia de cuánto trabajen, ya que si cobraran por paciente visitado u operado, trabajarían tanto que España no podría pagarlo. Por eso, cuando un grupo de médicos intenta aplicar técnicas pioneras a pacientes de otras zonas (y que por tanto no tendrían que tratar), se disparan las alarmas del sistema con sospechas de intereses ocultos ante dicho interés. Además, si se hiciera público que un centro aplica tratamientos mejores que los demás, podría atraer a pacientes de otros lugares; como nuestros hospitales no tienen la capacidad de aumentar el horario de trabajo a pesar de estar inactivos gran parte del día, (tendrían que contratar más personal, y por tanto, pagar más), se generarían listas de espera progresivas, con su correspondiente “alarma social” (y política).

La consecuencia de todo esto es que los resultados en salud, (supervivencia de los pacientes tratados, complicaciones de tratamientos duración de la mejoría, etc.) son en general desconocidos, y cuando se conocen, se ocultan celosamente a la luz pública, incluso con instrucciones específicas para evitar que alguien osara publicarlos sin pasar por el visto bueno de la propia Administración, ya que podrían desestabilizar el sistema. Y no olvidemos que, a pesar de todo, sigue siendo uno de los mejores del mundo.

Así estamos en la gran paradoja de una “sanidad excelente” que regula mediante listas de espera y ausencia de controles de calidad una ineficiencia conceptual que ya definió hace más de 20 años el diario que nos contó el cierre de las fábricas de lavadoras de la antigua Unión Soviética, y que viene heredada de los inicios franquistas de nuestra Sanidad Pública.

Cuando en Málaga se abrió el Hospital Clínico, se convocó en Carlos Haya una “Junta Facultativa” (hoy desaparecida), en la que estaban los responsables médicos del hospital y que entonces asesoraba al gerente en las decisiones estratégicas. El único punto del día era “cómo evitar que pacientes del sector del Clínico” siguieran acudiendo a Carlos Haya. Después de muchas propuestas, se levantó un conocido jefe de servicio (ya jubilado) preguntando si los presentes pensaban en serio que el principal problema del hospital era cómo evitar que vinieran “pacientes”. Y añadió: ¿Cómo podría funcionar una empresa, si sus responsables pasaran horas discutiendo como evitar que sus clientes acudieran a ella?

La profesionalidad de una inmensa mayoría de los profesionales ha permitido el avance continuo de la medicina de nuestro país, apoyados en la presencia de una “carrera profesional” que ha hecho durante años que la mayoría de los mejores alcanzaran cargos de responsabilidad. El problema es que hoy, muchos de los grandes profesionales son apartados por criterios políticos o ideológicos, como tener actividad privada o presentar propuestas contrarias a los criterios “centralizados”. Las llamadas “bolsas de empleo”, auténticos atentados a la “cultura del esfuerzo”, obligan a contratar al primero de lista cerrando el paso a profesionales de otros territorios que podrían estar mucho más capacitados. Para colmo, es muy difícil que alguien con valía profesional, deje su puesto de trabajo para venir a Andalucía con un contrato de unos meses, y a veces a tiempo parcial y con dedicación exclusiva. El empobrecimiento que esto está produciendo en nuestra sanidad es evidente. Posiblemente, el 90 por ciento de los médicos de los grandes hospitales siga trabajando en el mismo servicio en que se formó, en una endogamia potencialmente destructiva.

Así pues, siguen las condiciones que se daban en “las fábricas de lavadoras de la Unión Soviética”. Y son tantos los “atentados al sentido común” de nuestro sistema sanitario público, que solo auténticos “grupos de expertos”, ajenos a la política, podrían darnos soluciones a largo plazo para que los españoles sigamos teniendo en el futuro una sanidad universal al alcance de todos. El tiempo no es ilimitado, y urge ese “Pacto de Estado” que haga que nuestra salud no siga siendo un arma política.

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