La señal - Divino tesoro. Vicente Almenara - El Sol Digital
La señal – Divino tesoro. Vicente Almenara

La señal – Divino tesoro. Vicente Almenara

Qué fea bestia es el simio y cuánto se parece a nosotros, escribió Marco Tulio Cicerón. El senador y emperador romano podría ser un intelectual de hoy y el catedrático de Salamanca, José Guillén Cabañero, lo atestigua con una magnífica edición de las Filípicas que publicó hace unos años. Cicerón denuncia el intento de Marco Antonio de instaurar una dictadura en Roma. Con 63 años sabía que se jugaba la vida al defender la libertad y los valores de la República contra aquel que actuaba como un dictador tras suceder al asesinado Julio César. Entonces, su hijo le entregó un folio con un texto absurdo:

Este es un gran pueblo, sí señor, su comportamiento durante la crisis ha sido ejemplar, resulta admirable más allá de nuestras fronteras, las imágenes de sus gentes guardando las distancias de rigor son un modelo, todos con mascarillas, ¿y los agentes?, sin sanciones que imponer, ¿y el Gobierno?, rápido en sus decisiones, eficiente, asesorado por los mejores, siempre al frente.

Aquellas líneas de su hijo le divertían más que chirriarle y no pudo evitar una amplia sonrisa que le delató. Bueno, papá, me voy, escuchó a sus espaldas antes de cerrarse la puerta.

En la playa no entraba un alma más, pero antes tenía que llegar, porque no había donde dejar el coche, y tuvo que ser en la quinta puñeta, en Tabacalera; le habría convenido más salir de casa andando… El Paseo Marítimo Antonio Machado estaba atestado, como corresponde, y los deportistas habituales disparaban a ráfagas su sudor en todas las direcciones posibles mientras el vaho de cada uno subía en volutas invisibles que se perdían en el mediodía de este ferragosto pandémico pero de azul postal.

Se paró en seco al llegar al chiringuito, movió su cuello como un giroscopio en busca de los colegas y se fijó a la barra. No se quitó la mascarilla porque se le había olvidado, daba igual, nadie la llevaba. Al lado, una pareja comentaba el suceso de hacía solo unas fechas, el del menor de 16 años que empujó y tiró al suelo a un anciano que le recriminó no llevar mascarilla y que acabó en la fiscalía de menores, a saber tú qué le habría dicho el viejo al niño y, además, a él qué coño le importa. En eso sonó el móvil, qué pasa, tío, que estoy aquí solana, les dijo, es que estamos terminando unas birras en Pedregalejo, vente para acá, escuchó, yo no me muevo, venid si queréis, dijo por último y cortó. Volvieron a llamar pero él pasó, con la natural molestia de los demás clientes. El camarero, con un puñal dibujado en el antebrazo, le comentaba a su compañero lo del dj de Torremolinos que espurreó alcohol a los fans que le rodeaban locos de contento por la genialidad, pues yo no lo veo tan mal, tío, qué quieres que te diga, si los demás consienten y les gusta, pues eso. En la puerta de acceso al local se habían apostado dos chonis que esperaban a alguien que tampoco llegaba, una interrogaba a la otra, oye, tía, ¿tu crees que yo soy inteligente?, sí, pero asintomática, le contestó la amiga, más interesada en un musculito salido de un taxi parado en doble fila. Él le dio otro sorbo a morro a su cerveza y escuchó ahora atentamente a quienes estaban sentados a la mesa detrás suya, una pareja mayor, vecinos de la urbanización y amigos de sus padres. Él le silabeaba a su esposa aquellas líneas de Proverbios y cantares del poeta sevillano, de diez cabezas, nueve embisten y una piensa. Se quedó noqueado, a qué vendría eso ahora. Pegó la oreja y la señora dijo pues qué esperabas, esto es lo que hemos sembrado, mucho jiji jaja y ahí tienes a tu hija, de la generación más preparada de la historia. Pero todos no son así, le replicó su marido. Para nosotros, sus padres, siempre son demasiados. Hablaban de sus cosas, y eso a él no le importaba, se iba a tomar otra cervecita por si sus socios se arrimaban por allí, pero una llamada entrante…, era de su padre, vente para acá, Julio, tu madre no puede respirar, estamos esperando una ambulancia. Ramón María del Valle-Inclán dejó en el papel escrito:

¡Todo hacia la muerte avanza
de concierto,
toda la vida es mudanza
hasta ser muerto!

¡Quién vio por tierra rodado
el almenar,
y tan alto levantado
el muladar!

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