La Sonrisa de Gioconda - ESD152 - El Sol Digital
La Sonrisa de Gioconda – ESD152

La Sonrisa de Gioconda – ESD152

Habíamos dejado a Fernando VII en Valençay, felicitando a Napoleón por sus victorias contra aquellos españoles que daban su vida en defensa de su propio trono. (Continúa)… Y cuando los españoles –ignorantes y envidiosos sí, pero valientes y arrojados hasta la temeridad y el sacrificio de sus vidas también- le sacaron, con ayuda de Inglaterra, las castañas del fuego al Deseado -no se sabe bien, aunque se supone, por qué tal error nacional en la denominación- el mezquino monarca terminó de un plumazo con el fugaz atisbo de salir de las tinieblas importando un poco de la revolución de nuestros invasores en la isla gaditana de León. Y de nuevo lo volvió a estrangular tras el Trienio, en que otra vez la liberal luz del progreso intentó, bien que con no pocos errores, sacarnos de la oscuridad, el integrismo, el fanatismo, el absolutismo y la ignorancia. Y, con su ominoso reinado, se perdió lo que en gran parte permitía subsistir al país: el imperio colonial americano. Otros de nuestros vicios: el orgullo estúpido y la soberbia ancestral, impidieron reconocer la independencia de esos nuevos países, perdiendo así el comercio colonial en beneficio de los que esperaban, como buitres, el deceso de nuestro imperio para lanzarse sobre la carroña de los restos territoriales y, más aún, sobre la carne fresca de un comercio enriquecedor. No supimos perder el Imperio con la elegancia y el pragmatismo con que lo hicieron los británicos, y su Commonwealth, en los siglos posteriores. España ya no contaba para el mundo. África comenzaba en los Pirineos. El Congreso de Viena vino dar fe de nuestro aislamiento cuando los vencedores de Napoleón dejaron a esta nación, que había sido la primera en expulsarlo, del reparto de la tarta. Y además, a su muerte, aquel rey tonto de capirote, malvado y trapacero nos dejó en herencia una hija tan inepta como él, aunque acaso no de tanta bajeza moral. Sus devaneos con militares y amantes de todo tipo sirvieron para desahogar su furor uterino entre las sábanas de la inestabilidad política y los pronunciamientos de tantos generales, bonitos o feos, desde Espartero a Prim pasando por Narváez, Serrano u O´Donnell. Pero es que la herencia de Fernando, con sus titubeos finales, dejó otro problema acaso aún mayor: el sucesorio, y con él las guerras carlistas. Aún quedaban otras contiendas interiores hasta llegar a la locura del 36. (seguirá). Richerdios.

 

CABRA DE LUNA ABOGADOS

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