La Sonrisa de Gioconda - ESD153 - El Sol Digital
La Sonrisa de Gioconda – ESD153

La Sonrisa de Gioconda – ESD153

Terminamos la columna anterior con el reinado de Isabel II y las guerras carlistas. (sigue). Inglaterra fue la cuna de la mayor parte de los deportes. Matarnos unos a otros ha sido el nuestro; tal vez la antesala del fútbol actual. No es que nosotros inventáramos las guerras civiles, pero nuestra piel de toro ha sido uno de los estadios donde más veces se ha jugado la cainita actividad de rajarse el gaznate entre españoles. Y el resto del mundo se ha sentado en las gradas, aplaudiendo a unos u otros jugadores según sus preferencias. Llegaron, en el 36, a bajar al terreno de juego, aportando su granito de arena y participando en el partido de alguna manera. Y es que, como se ha dicho muchas veces, del 36 al 39 fue el entrenamiento para el encuentro mundial que comenzó de inmediato: cinco meses después del ensayo español se representó la tragedia europea, luego mundial. Sin embargo, no todo es tan sencillo. Sería preciso matizar algunos puntos. Nuestra contienda civil se desarrolló en el intermedio de las dos guerras mundiales, más cerca, como hemos visto, de la segunda, de la que fue preludio. Nosotros interpretamos la obertura y el resto del mundo la ópera completa. España se había agotado y carecía de fuerzas para continuar. No obstante, el nuestro fue un enfrentamiento diferente. Vamos a ver por qué. Los dos conflictos que vivió el mundo en el siglo XX tuvieron distintas causas y diferente fue su gestación. El primero consistió en un enfrentamiento entre imperios en defensa de la supremacía y en ocasiones de la pervivencia. El otomano, que ya vivía su ocaso y no quería perecer; el ruso, con sus inmensos territorios, en que el omnímodo poder de los zares se tambaleaba, desde 1905, ante la toma de conciencia colectiva y las sacudidas sociales de los soviets; el barroco y frívolo austrohúngaro, que deseaba recrear el esplendor y el poder de la belle époque de comienzos de siglo; el potente alemán, en que brillaba el militarismo prusiano y las glorias de la unificación bismarckiana; el decadente francés, olvidadas las glorias napoleónicas; el poderoso británico, orgulloso, prepotente y dueño de los mares; y el naciente norteamericano, alejado de la cultura europea y ansioso de lograr la hegemonía, a la cual se creía acreedor por sus riquezas naturales, su extensión territorial y su cosmopolitismo, al ser una variopinta amalgama y sedimento de la continua emigración de gentes del resto de los imperios; y otros países no tan importantes, de los que muchos eran colonias de esos imperios, y que participaron en aquella cruenta guerra con la que nada tenían que ver y en la que murieron por cientos de miles sin saber nunca el motivo. (seguirá). Richerdios.

CABRA DE LUNA ABOGADOS

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