La Sonrisa de Gioconda - ESD154 - El Sol Digital
La Sonrisa de Gioconda – ESD154

La Sonrisa de Gioconda – ESD154

Terminamos la columna anterior con la primera guerra mundial. (sigue). La segunda conflagración fue diferente, aunque sus causas inmediatas estuvieran en la errónea y equívoca cauterización de las heridas de la anterior. Fue una guerra de ideologías, sedimento de los aportes intelectuales y filosóficos pasados de uno y otro signo, no siempre bien entendidos o acomodados en su interpretación a las conveniencias ocasionales de los que las utilizaron para justificar sus actuaciones. Lucharon, entonces, los totalitarismos nazi, fascista e imperialista japonés contra las democracias de Occidente, pero con una importante y decisiva excepción. Al lado de éstas había, por imperativos de la situación, por estrategia y necesidad de ayudar a la victoria en el este, otro de los totalitarismos: el comunismo ruso estalinista. Y si Francia y Gran Bretaña perdieron posiciones al final, en detrimento del avance decisivo de la economía norteamericana, no fue menor el progreso imperial y militar, más que nada, de la Unión Soviética, incorporando, además de los países bálticos, varias repúblicas periféricas, asiáticas sobre todo, para formar la inmensa URSS; y la Europa al este de Berlín, a la que impusieron su credo ideológico y a la que colonizaron militar y económicamente, lo mismo que pretendían los nazis. Fue el tributo de las democracias durante casi cincuenta años, y su castigo en forma de guerra fría – a veces no tan fría en escenarios alejados-, y el temor y el temblor permanentes a una tercera conflagración mundial, esta vez atómica y aniquiladora. Ya parecía a Occidente que era peor este postizo aliado de la guerra que sus enemigos de entonces. De no haber sido por el holocausto, no hubieran encontrado a Hitler tan pernicioso como el sagaz y cruel Stalin y sus continuadores. De los ghettos, los campos de exterminio y la espantosa matanza de judíos el mundo no se olvidó nunca y aún sigue recordándolo; de los gulags, que los hubo y muchos, apenas nadie habla y allí los muertos también se contaron por millones. Si pavoroso fue uno, no menos horripilante fue el otro. Las víctimas del holocausto al final pudieron contarse y tienen el recuerdo de los suyos y del mundo, y muchos de los carniceros pagaron sus delitos. La mayoría de los segundos, entre las cuales había innumerables judíos -exterminados esta vez a causa de la religión como antes lo fueron a causa de la raza- siguen ignorados individual y colectivamente, y los responsables han quedado impunes casi en su totalidad. Ironías de la Historia y sus inflexiones, sujetas a las conveniencias coyunturales. (seguirá). Richerdios.

CABRA DE LUNA ABOGADOS

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