Los endemoniados. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Doctor en derecho y sociedad. Abogado. - El Sol Digital
Los endemoniados. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Doctor en derecho y sociedad. Abogado.

Los endemoniados. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Doctor en derecho y sociedad. Abogado.

El historiador británico Eric Hobsbawm definió el XX como “el siglo breve”, pues se habría iniciado tardíamente (1914) y culminado apresuradamente (1989), junto con el fin del comunismo soviético.

En su influyente ensayo Las consecuencias económicas de la paz (1919), John Maynard Keynes, representante del Tesoro británico, calificó la paz como “un acto de “codicia estúpida”. Sin embargo, el Estado germano debía destinar a lo sumo el 8 por ciento de sus ingresos anuales, una cifra menor que la que tuvo que emplear Francia –entre el 9 y el 16 por ciento– tras la derrota en la guerra contra Prusia (1871).  La forma de pago era bastante ventajosa una cantidad a pagar en treinta y seis años, y el resto, cuando las circunstancias económicas lo permitiesen. El 3 de octubre de 2010, la canciller Ángela Merkel abonó el último plazo que restaba de las indemnizaciones acordadas por las potencias aliadas en el Tratado de Versalles (1919).

En 1918 estalló en Finlandia una guerra civil que enfrentó a conservadores contra marxistas. En marzo de ese año se proclamó la República Soviética Húngara, y en mayo culminó en Rumanía la rebelión comunista, mientras en agosto comenzó en Italia una serie de revueltas del Biennio Rosso, inspiradas en la Revolución bolchevique.

Desde noviembre de 1918 había surgido una gran agitación revolucionaria en Alemania, tras la proclamación de la República de Weimar. Los primeros años se había vivido una revolución comunista, dos repúblicas soviéticas locales, tres golpes de Estado extremistas, cuatro huelgas generales y cinco cambios de gobiernos. En enero de 1919 estalló el Levantamiento Espartaquista en Alemania, protagonizado por los comunistas. Para el atardecer del 15 de enero había quedado aplastado, y sus principales líderes, fueron capturados y fusilados de inmediato.

Marx predijo una revolución en la Alemania industrial y en EEUU, nunca en la Rusia autárquica, semifeudal y agrícola de los zares.

En octubre de 1916, Rusia había perdido cinco millones de ciudadanos en la Gran Guerra de 1914. El rumbo desastroso agravó la situación, unido a las pésimas cosechas y a inicios de 1917 se extendió un clima revolucionario: Más de quince millones de campesinos y obreros estaban en el ejército, y las fábricas y las granjas sin mano de obra que trabajase, el desabastecimiento era total y la producción agrícola se paralizó.

El fracaso de la ofensiva militar, la crisis de Gobierno y las protestas bolcheviques en la capital conocidas como las Jornadas de Julio volvieron a sumir al país en la inestabilidad. ​El problema central del presidente Kerenski fue que el Imperio ruso estaba agotado tras tres años de guerra, con el pueblo deseando sólo la paz y pan para comer.  Quienes consiguieron abdicar al zar fueron políticos burgueses y liberales, y muchos de ellos de obediencia masónica. El primer gobierno provisional, de marzo de 1917, estaba presidido por el príncipe Lvov, del Partido Constitucional Democrático, que pertenecía a una logia, y otro masón Miliukov, ministro de Exteriores. El socialista Kerenski, había entrado en una logia en 1912, y todos los ministros del Gabinete que organizó, menos uno, eran masones.

El 6 de abril de 1917 Lenin llegó a Petrogrado desde Suiza en un tren alemán. La intención de “pactar con el diablo” era que éste levantase a los soldados y campesinos en el frente ruso y no luchasen contra Alemania.

En el verano de 1917. Lenin escribió un libro, “El Estado y la Revolución”, trazando cómo sería su dictadura, en el que se abogaba “por la destrucción del parlamentarismo burgués” y “por una República de los Soviets de diputados obreros y soldados, por la dictadura revolucionaria del proletariado “.

En julio, los bolcheviques intentaron por la fuerza, sin éxito, tomar el poder. Kerenski, se negó a liquidarlos, obsesionado en defender a la nueva democracia. El gran drama fue que Kerenski podría haber fusilado a Lenin, Stalin y Trosky. Se negó a creer los objetivos que perseguían los bolcheviques. Se limitó a ver a los bolcheviques como los herederos de Los demonios, de Dostoyevski. Un mes más tarde, Kornílov, comandante en jefe del ejército, se sublevó y Kerenski ni lo desarmó ni lo desalentó, en su afán por impedir la guerra civil, ofreciendo una imagen de complicidad que aumentó su debilidad frente a los bolcheviques.  Los monárquicos, aliados franco-ingleses y los liberales kadetes sostenían que solo una dictadura militar podía mantener al antiguo imperio de los Romanov dentro de la guerra.

La Revolución de octubre de 1917 derrocó a un Gobierno «popular» democrático que había convocado elecciones libres para noviembre. Cuando los revolucionarios asaltaron el Palacio de Invierno, solo estaba el gobierno provisional amenazado desde el puerto por las salvas de buques de guerra.

Kerenski y Lenin nacieron en la misma ciudad, y sus familias eran amigas. Pudo haber realizado imprescindibles reformas agrarias, pero la derecha zarista y los bolcheviques le impidieron gobernar. Su intransigencia en continuar la guerra para evitar el deshonor en ceder territorio ruso y compensaciones, quebró su poder.

El 30 de agosto de 1918 Lenin sufre un atentado, por orden de Sverdlovsk que concentraba todo el poder de forma fáctica pero no oficial. En el archivo central del FSB se conservan los materiales de la investigación que hoy revelan la verdadera conspiración. A Lenin lo dispararon dos personas y hubo otro implicado. No fue Fanni Kaplan, la declarada culpable y ajusticiada.

A finales de 1919 los bolcheviques actuaron bajo la convicción de que los procesos históricos pronto conducirían a la dictadura del proletariado en todas las naciones. Comenzaban a ganar la Guerra Civil rusa y avanzaban hacia el oeste con el objetivo de conquistar Varsovia y Polonia para facilitar la revolución en Alemania.

A mediados de agosto las fuerzas polacas alcanzaron una decisiva victoria. Desde entonces el 15 de agosto se celebra el día de la Asunción de la Virgen, por lo que en Polonia conocen esa victoria como “el Milagro del Vístula”. Esta derrota obligó a cambiar a Lenin y aprobar la política hacía el “socialismo en un solo país”.

El X Congreso del PCUS de 1921 aprobó una resolución para la lucha por diseminar el ateísmo, ‘la causa de nuestro estado’. El objetivo era conseguir pasar de una sociedad de religión ortodoxa a una sociedad atea que olvidase la práctica de caridad, piedad o misericordia entre los ciudadanos. En 1929, la nueva legislación creó las bases de la implacable persecución antirreligiosa con los «planes quinquenales de ateísmo de Stalin«. A ello se sumaba una sociedad sin propiedad privada. El expolio.

A finales del mes de diciembre de 1922 Lenin redactó una carta dirigida a los delegados del próximo congreso de mayo de 1924, denunciando el carácter brutal del secretario general y recomienda su relevo por Trotsky. Con el ataque cerebral de marzo de 1923 pierde el habla y su vida política. Cuando se haga pública esa carta, el congreso ratificará en su cargo de secretario general a Stalin.

Años antes, el 1 de septiembre del convulso año de 1919, año de la mayor huelga del metal en la historia de EEUU, se fundaba el CPUSA, el partido comunista. El gobierno de Roosevelt puso en marcha el New Deal en 1934, que establecía así la prestación por desempleo, la adopción de la negociación colectiva, pensiones para los mayores y seguridad social, un salario mínimo y la semana de 40 horas de trabajo. Fue un gran impulso social al modelo de capitalismo liberal imperante, y debilitó nítidamente el movimiento obrero hacia el socialismo radical.

En Italia hubo otro pacto con el diablo.  El 29 de octubre de 1922, el rey Víctor Manuel, con la intención de atraer el movimiento fascista al orden constitucional parlamentario, confió a Benito Mussolini la tarea de formar un nuevo gobierno. Mussolini comenzó la transformación a un Estado totalitario. ​El rey no se opuso a él.

En el Parlamento, en el que solo había 7 de 535 escaños para el Partido Nacional Fascista, la oposición, no proporcionó ningún pretexto legal para pedir la dimisión de Mussolini, ni la moción de censura, ni se estableció un gobierno alternativo. Tampoco los partidos políticos democráticos fueron capaces de movilizar a las masas ante la deriva autoritaria. Ese temible error permitió un gobierno dictatorial durante veinte y tres años.

 

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