Los tratados comerciales no son lo mismo que el libre comercio. Samuel Gregg. - El Sol Digital

Los tratados comerciales no son lo mismo que el libre comercio. Samuel Gregg.

Samuel Gregg, Director de Investigaciones del “Acton Institute”. “Master of Arts” en Filosofía Política por la Universidad de Melbourne y Doctor en Filosofía especializado en filosofía moral y economía política por la Universidad de Oxford. Traducido del artículo original publicado en The Stream y El Club de los Viernes.

Tal vez la revuelta política más significante de la campaña electoral del 2016 en los Estados Unidos afectó al libre comercio. No solo el ganador final, Donald Trump, sino el competidor de las primarias de los Demócratas, Bernie Sanders, demonizó tratados comerciales como el NAFTA y el TPP. Mientras que distan millas en muchos asuntos, Trump y Sanders -y millones de americanos- acordaron que el compromiso de los Estados Unidos con el libre comercio no estaba funcionando en favor de los americanos.

Lo que pocos pudieron apreciar, sin embargo, es que los acuerdos comerciales no son lo mismo que el libre comercio. Sí, podemos argumentar sobre si acuerdos comerciales particulares promueven, en balance, una gran liberalización económica. Pero si vamos a tener un debate nacional sobre libre comercio, hemos de reconocer que los acuerdos comerciales distan de lo que verdaderamente es libre comercio.

No hay ninguna forma de acuerdo comercial que se ajuste a todo. Algunos son acuerdos bilaterales entre dos naciones. Otros son multilaterales y abarcan muchas naciones. En este marco, hay muchos tratados posibles.

Tú puedes tener, por ejemplo, mercados únicos como la Unión Europea. Estos involucran la libre circulación de bienes, servicios, capital y trabajadores entre todos los Estados-miembro del mercado único. Pero las barreras se mantienen contra todos los que no son miembros del mercado único. Otro modelo es un área comercial preferente. Las naciones participantes dan acceso preferente a ciertos productos de todos los miembros del área. Los aranceles son completamente reducidos, pero no completamente abolidos.

Tomemos nota, sin embargo, de que todos los tratados comerciales implican que dos o más gobiernos negocien sobre cómo sus ciudadanos interactúan económicamente con el otro. Esto también significa que están decidiendo indirectamente interactuarán económicamente con gente de países que no forman parte del acuerdo comercial.

Estas negociaciones intergubernamentales cubren asuntos partiendo de qué niveles arancelarios serán aplicados a varios bienes a cuál será el salario mínimo de cada país participante. Estos típicamente implican naciones acordando adoptar leyes afectando a materias tan específicas como las patentes, los estándares de seguridad alimentaria, la inmigración, la regulación ambiental y las horas de trabajo. Se mantienen acuerdos regulares entre todos los gobiernos que firmaron el acuerdo para mantenerse retocándolo.

Podría decirse más sobre qué lleva hacia la elaboración y mantenimiento de acuerdos comerciales. El argumento, sin embargo, es que el proceso es controlado por los gobiernos. Y durante el proceso, los gobiernos están intensamente presionados. Ya se trate de sus negocios particulares, ecologistas o sindicatos, todos ellos quieren provisiones escritas en los acuerdos comerciales: provisiones que protejan y promuevan sus intereses.

Los acuerdos comerciales están por tanto repletos de condiciones y restricciones acordadas por los gobiernos. Estos tienen poco en común con la visión del libre comercio resaltada por Adam Smith en La riqueza de las naciones.

En su esencia, el libre comercio afecta a individuos y grupos intercambiando libremente bienes y servicios con otros individuos y grupos más allá de las fronteras nacionales. Estos intercambios no tienen el estorbo de los aranceles, atribuciones y cuotas, desasistidos por los subsidios y no sujetos a condiciones que deben ser satisfechas antes de que el intercambio tenga lugar. Un tratado de libre comercio real equivaldría a una simple frase como: “Debe haber libre comercio entre las partes”. En vistas a esto, no es una exageración describir los acuerdos comerciales como ejercicios en un falso libre comercio.

Muchos tratados comerciales buscan eliminar restricciones e impedimentos al libre intercambio con el fin de hacer realidad progresivamente los beneficios del libre comercio. Estas ventajas incluyen grandes eficiencias en la producción para los negocios, y rebajas de precios para más y mejores bienes de calidad para consumidores. Sobre todo, el libre comercio facilita la libre y abierta competición. Esto significa que los negocios pueden solamente dar beneficio encontrando la demanda del consumidor en vías más eficientes e innovadoras en vez de asegurar privilegios desde los gobiernos.

Los países, sin embargo, son más que las economías. Ni puede reducirse el interés nacional al crecimiento del PIB. Las relaciones económicas entre naciones tienen implicaciones para sus relaciones políticas y viceversa. Por ende, los gobiernos no pueden ni deben pensar solo en la economía a la hora de hacer decisiones sobre sus relaciones con otros Estados soberanos. Sin embargo, a pesar de lo que muchos burócratas de entidades supranacionales e internacionales desean, los Estados-nación no están desapareciendo. Justo al contrario.

¿Entonces a qué deben comprometerse los defensores del libre comercio en unos tiempos donde está creciendo el nacionalismo económico así como un escepticismo a veces justificado hacia los acuerdos comerciales? ¿Deben criticar los acuerdos comerciales para añadir capas de complicación al libre intercambio y crear nuevas oportunidades para el capitalismo de amiguetes? ¿O deben promover esas secciones de un acuerdo comercial que liberalizan el comercio mientras que simultáneamente limitan sus implicaciones proteccionistas?

Sugeriría yo que la respuesta es “todo lo de arriba”.

Esperar que los gobiernos negocien un “periodo de libre comercio” es utópico. Por una cosa, las cuestiones legítimas de ciudadanía y soberanía son parte de la ecuación. Esto es especialmente cierto en relación al libre movimiento de trabajadores entre países, esto es, inmigración.

En segundo lugar, los defensores del libre comercio no pueden esperar que los gobiernos les inmunicen de presiones de las sociedades que gobiernan. El Brexit y el ascenso de Trump ilustran qué ocurre cuando las clases políticas se aíslan de la gente para la que gobiernan. Hasta cierto punto, cualquiera con un mínimo de respeto para sí mismo se revolverá. Y, al menos, en el caso de América, esto ha resultado en un retorno del nacionalismo económico. Adam Smith favoreció la reducción gradual, más que la inmediata abolición, de las barreras comerciales, porque reconoció que la transición desde economías controladas hacia un comercio más libre podría, si se descontrolara, producir un efecto indeseado fácilmente.

Dadas estas restricciones, tal vez el camino más productivo para los defensores del libre comercio a día de hoy son luchar por esas liberalizaciones contenidas en los acuerdos comerciales y criticar implacablemente las maneras en las que cualquier acuerdo comercial estimulara el capitalismo de amiguetes. Dada la creciente hostilidad de los americanos a “arreglar el sistema”, mostrar cómo el proteccionismo alimenta el capitalismo de amiguetes es una manera de rehabilitar el argumento para el libre comercio.

Una vez asumido, esto no acabará con la presente hostilidad de algunos americanos hacia el libre comercio. Pero puede ayudar a ilustrar que las críticas hacia el libre comercio se dirigen mejor hacia el comercio dirigido -y más particularmente a aquellos sobre quienes se confieren privilegios a costa de todos los demás-.

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