Málaga 1931: el caos anticlerical. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Doctor en Derecho y Sociedad. Abogado - El Sol Digital
Málaga 1931: el caos anticlerical. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Doctor en Derecho y Sociedad. Abogado

Málaga 1931: el caos anticlerical. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Doctor en Derecho y Sociedad. Abogado

Los verdaderos resultados de las elecciones municipales celebradas el 12 de abril de 1931, que desencadenaron la salida del Rey y la proclamación de la Segunda República, siguen siendo una incógnita. Hay unanimidad en que el número de concejales monárquicos superaba al de los republicanos en toda España y en que los republicanos triunfaron en la mayoría de las capitales de provincia.

A pesar de los nítidos datos electorales, los políticos monárquicos, los miembros del gobierno, los consejeros de palacio y los mandos militares consideraron que el resultado era un plebiscito y que implicaba un apoyo para la república.  De esta manera, el sistema constitucional desaparecía y se proclamaba la Segunda república en abril de 1931.

La decisión de “empaquetar” al rey hacia Marsella fue tomada el lunes 13 de abril. El gobierno había explicado al rey que en caso de querer batallar no podrían contar con gran parte del Ejército y de la Guardia Civil. La adscripción masónica de buena parte de los mandos del ejército tuvo su influencia en que al rey se le retirasen apoyos militares.

Cuando el gobierno estaba reunido a primeras horas de la mañana del lunes 11 de mayo le llegó la noticia de que la Casa de Profesa de los jesuitas estaba ardiendo. ​ La inacción del gobierno permitió que los sublevados quemaran más de una decena de edificios religiosos.

Al día siguiente, martes 12 de mayo, la quema de conventos y de otros edificios religiosos se extendía a otras poblaciones del este y el sur peninsular, con especial gravedad en Málaga. Por el contrario, allí donde los gobernadores civiles y los alcaldes actuaron con contundencia no hubo incendios. ​

El tránsito a la República estuvo dominado en Málaga por un clima de radicalismo debido a la fuerte conflictividad social y a la crisis económica, cuyos primeros síntomas aparecieron antes de la llegada del nuevo régimen. De hecho, ya en 1930 hubo un intento de incendio del Palacio del Obispo. El mismo día 14 de abril se asaltó “La Unión Mercantil” y se arrojó al agua la estatua de Larios; al día siguiente se intentó sin éxito asaltar la Residencia de los Jesuitas y el Seminario.

Sobre las 23.00 horas, la locura se desató. Siguiendo el fiel reflejo de lo ocurrido en Madrid, la residencia de los jesuitas fue el primer objetivo de las iras del pueblo. Una gran pira frente a la iglesia del Sagrado Corazón consumía muebles, objetos litúrgicos, imágenes. Después, el edificio era pasto de las llamas.

El siguiente objetivo fue el Palacio Episcopal, «el símbolo del poder espacial del clero», como lo define el historiador José Jiménez Guerrero en su obra “La quema de conventos en Málaga. Mayo de 1931” . Le siguieron el periódico monárquico y conservador “La Unión Mercantil” y la parroquia de Santo Domingo, en el barrio del Perchel.

Luego la turba cruzó el puente y se fueron a Santo Domingo, porque allí tenían su sede las dos cofradías más emblemáticas de Málaga: la de la Esperanza, vinculada a personas de relevancia política y social, y Mena, que tenía la imagen del Cristo que era el símbolo de la Semana Santa.

La declaración del estado de guerra el día 12 por la mañana fue el primer paso para la normalización, aunque se siguieron produciendo episodios violentos. Imágenes de escultores como Pedro de Mena o la escuela malagueña del siglo XVIII, cuadros de Alonso Cano, fueron pasto de las llamas.

El día 13 la ciudad recobraba la paz. El patrimonio artístico y documental de la Iglesia sufrió pérdidas irreparables.  Así, en Málaga ardieron 41 edificios religiosos, hubo 150 heridos en los enfrentamientos con la fuerza pública y más de 100 detenciones, fueron asesinados seis religiosos, otros 27 resultaron heridos y más de 50 edificios próximos a los incendiados se vieron afectados por el fuego.

El Ayuntamiento, dominado por el grupo Radical-Socialista, señaló como causantes a los “exaltados” y hasta el 9 de junio no se levantó el estado de guerra en la ciudad, sin embargo, la provincia se había mantenido completamente ajena a los sucesos

Las reacciones desde los medios de la izquierda fueron más que llamativas. Todas ellas exculpaban a los pirómanos y asesinos, pero es especialmente significativo el editorial del diario “El Socialista” en el que se decía: “La reacción ha visto ya que el pueblo está dispuesto a no tolerar. Han ardido los conventos: esa es la respuesta de la demagogia popular a la demagogia derechista”.

Tras estos incidentes se prohibió su actividad docente, lo que llevó a cerrarse miles de colegios en toda España, se expulsó a los jesuitas y se incautaron sus bienes y se limitó la capacidad de practicar ritos de culto en público.

Los años veinte fueron una época de esplendor para las logias masónicas que fueron tejiendo sus redes en los intelectuales: Pérez de Ayala, Gregorio Marañón, Américo Castro y Antonio Machado o Manuel Azaña. La Orden se distribuyó entre los partidos más propicios. Así, Álvaro de Albornoz y Marcelino Domingo fueron al Partido Radical Socialista, Giral a Acción Republicana y Jiménez de Asúa al PSOE, que ya contaba con el masón Fernando de los Ríos.

Surgieron las primeras manifestaciones de violencia anticlerical —en 1822-1823, 1834 y 1835. En 1835 ya se había efectuado una violenta quema de conventos que conllevó varias víctimas mortales. Los liberales españoles veían el país en situación de ignominioso ‘retraso’ respecto de Francia y tienden a obsesionarse con el factor clerical como causa de nuestros males”, una visión que se acentúa tras el desastre del 98.

En cuanto se consiguieron los objetivos programados por los liberales en materia religiosa —exclaustración de los regulares y desamortización de sus bienes— se cerró el «ciclo anticlerical» iniciado con la matanza de frailes en Madrid de 1834.

En el año 1851, España suscribió un Concordato con la Santa Sede, vigente ochenta años, por el cual el Gobierno, en compensación por los daños causados a causa de la desamortización, adquiría el firme compromiso de devolver a la Iglesia las fincas no vendidas, sostener el culto, y dotar al clero y a los seminarios.

En la Constitución de 1869 se recogía la libertad religiosa plena, y se recogieron 2,8 millones de firmas por todo el país llevadas a cabo por la Asociación de Católicos, presidida en favor de la unidad religiosa de España, alejada de las estrategias liberales y anti- carlistas.

Se propagaba de forma continuada por los partidos liberales que el país se encontraba en situación de ignominioso ‘retraso’, debido al “factor clerical como causa de nuestros males”. Al finalizar el siglo XIX en las capas populares de las ciudades del área mediterránea prendió el anticlericalismo que fue utilizado por populistas y radicales.

La Iglesia católica era uno de los pilares en los que se cimentó la Restauración, puesto que la monarquía buscó la explícita adhesión del Vaticano. La principal causa del auge del anticlericalismo, entre la población urbana y las clases obreras, era la escasa sensibilidad social de la Iglesia ante el problema de la lucha de clases. La creación de múltiples círculos católicos obreros tampoco sirvió para acercar al proletariado al catolicismo

La presencia de la Iglesia era más débil en las tierras de grandes latifundios como Extremadura y Andalucía, y la presión anticlerical de los liberales desde 1898 fue creciendo, sumándose los anarquistas y socialistas. El padre jesuita Francisco Tarín describe una situación desoladora en Andalucía en torno a 1886.

El obispo de Cartagena T. denunciaba el liberalismo en una Pastoral de 1889 por su “malicia intrínseca” y junto con la masonería “llevan a la sociedad a la descristianización, indiferencia religiosa y ateísmo práctico, y finalmente al socialismo.”

Una parte cada vez mayor de la sociedad, casi un 80 por ciento analfabeta, irá asumiendo que el peso político de la Iglesia es uno de los más graves problemas del país, obviando la carencia de interés de los distintos gobiernos de 1870 a 1931 hacía la educación pública y a la modernización agraria.

En el año 1909 la representación de “Electra por Benito Pérez Galdós en el Teatro Español de Madrid, se convirtió en el estandarte de los anticlericales, quienes llegaron a pasear a Galdós a hombros, como “si de un antipapa se tratara”.

El anticlericalismo tuvo su gran estallido violento en la “Semana Trágica de Barcelona” de julio de 1909. Fue convocada para impedir el embarque de los soldados reservistas a Marruecos desde el puerto, y la protesta derivó en la quema de la mayoría de escuelas y edificios religiosos de la ciudad. Durante la “noche trágica” del martes al miércoles ardieron veintitrés edificios en la ciudad y ocho conventos en la periferia. ​ En los incendios y en los disturbios tuvieron una participación muy destacada obreros. El líder socialista Pablo Iglesias lo explicó así en 1902:

Para un verdadero socialista el enemigo principal no es el clericalismo sino el capitalismo… Esto no obsta para que los socialistas hagan todo lo que puedan contra la preponderancia del clericalismo, que ha venido a ser, más o menos voluntariamente, según los países, un poderoso auxiliar de las clases explotadoras. (….)”.

La conjunción Republicano-Socialista en 1909, de la que fue presidente Benito Pérez Galdós, tres veces diputado, se sintió muy cerca del fundador del PSOE: «Voy a irme con Pablo Iglesias. Él y su partido son lo único serio, disciplinado y admirable que hay en la España política«. Que lejos estaba este magnífico escritor de su ideario político.

 

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