Málaga en su tiempo: 1918. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Doctor en Derecho y Sociedad - El Sol Digital
Málaga en su tiempo: 1918. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Doctor en Derecho y Sociedad

Málaga en su tiempo: 1918. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Doctor en Derecho y Sociedad

“¡Tenemos hambre!”, “¡Que baje el precio del pan!”, gritaban unas 800 mujeres por las calles de Málaga. Era la Málaga de enero de 1918, una ciudad donde la pobreza se centraba en las clases obreras que sufría jornadas de 14 horas. La Ley del descanso dominical entró en vigor el domingo 11 de septiembre de 1904.

La crisis de la industria malagueña, tan floreciente en el siglo XIX, que a tanta burguesía atrajo e hizo de Málaga la segunda ciudad del país, tuvo su puntilla en la plaga de filoxera. La sociedad malagueña vivía un tiempo de gran convulsión. La gran mayoría de la población era, además analfabeta. La burguesía ponía y quitaba a los alcaldes según sus intereses.

En España, mientras, había estallado una huelga general en diciembre del año anterior y el 27 de febrero de 1917 la amenaza de una huelga que, unida al descontento de una parte importante del ejército y la movilización obrera, cada vez más organizada, avecinaban una crisis.

España sufría dos conflictos bélicos, desiguales: el que libraba en Marruecos y el que abastecía, como país neutral, a los contendientes de la I Guerra Mundial.

El primero castigaba con las levas a las clases humildes que no podían eludir su reclutamiento. La segunda desabasteció, en cambio, al país. Se elevaron los precios de los productos cotidianos como las patatas o el azúcar que aumentaron más de un 150 por ciento su precio desde 1914 a 1917, mientras que los salarios sólo lo hicieron un 20 y un 40 por ciento.

Alfonso XIII suspendió los artículos de la Constitución 4º, 5º, 6º, 9º y los tres primeros párrafos del 13º (Gazeta de Madrid). Consistían en la potestad absoluta y arbitraria del gobierno para detener y encarcelar sin necesidad de cumplir las leyes a cualquier ciudadano, además de prohibir la huelga.

Durante la semana del 13 de agosto al 17, se paralizó gran parte del país, pero precisamente el transporte, un sector clave y el que había precipitado la huelga se desmarcó en gran parte después. Hubo enfrentamientos en Asturias y Bilbao y en Sabadell las tropas dispararon contra las barricadas.

Málaga era la segunda ciudad más analfabeta de España, donde la mayor parte de la ciudadanía, vivía en casas hacinadas, sin apenas ventilación. Caminar por las calles de algunos barrios era recibir el hedor de aguas estancadas y suciedad, que provocaban picos de enfermedades como la viruela o el paludismo.

La suciedad era uno de los principales desafíos a los que no se enfrentaba el Ayuntamiento de Málaga. El mal, los desechos de animales y orgánicos provenientes de las basuras constituían problemas ambientales que parecían no ser prioritarios, con los que vecinos de barrios de Málaga convivían a diario.

El 9 de enero de 1918 las mujeres se lanzaron espontáneamente a las calles de Málaga en protesta por la carestía de alimentos básicos, con la subida del precio del pan como detonante.

Cuando se repitió la manifestación el 14 de enero, la represión fue muy fuerte, con cuatro fallecidos, y se organizó una huelga general que se alargó cinco días.

El precio del pan, el alimento básico, había alcanzado las 0.55 pesetas/kilo. Otros productos de primera necesidad también tenían un precio desorbitado, como el pescado o la patata.

Era un coste inasumible para una población donde las costureras y modistas ganaban tan solo 1,50 pesetas, y los hombres, en trabajos como la herrería o albañilería, apenas alcanzaban las 4 pesetas.

En enero y con el comienzo de una epidemia de gripe que azotaría a la ciudad, y una situación insostenible. Así llegaron 800 mujeres delante del gobernador, Rodríguez de Rivas. Encabezaban esa manifestación un grupo de ocho obreras, según describía el diario El Regional: Dolores Guerrero, Bernarda Martín, María Núñez, María Rodríguez, Antonia Jaime, Concepción Mesa, María Pareja y Dolores Fernández.

Concepción Mesa, obrera de la industria de la almendra en la Alameda Principal, subida en una silla, anunciaba dar un plazo de 48 horas para la bajada del pan o se reunirían para nuevas movilizaciones a partir del día 11. La oligarquía se unió hasta expulsar de la alcaldía al regidor, e incorporar al conservador Mauricio Barranco.

El 13 de enero, el diario El Popular, anunciaba que el día siguiente se realizaría una asamblea en la sede de la Juventud República, en calle Beatas. Antes de la asamblea, el diario ABC, recoge que las mujeres “sacaron en el muelle el pescado destinado a la exportación y lo subastaron a bajo precio”, mientras otro grupo “requisó los sacos de patatas”.

Al día siguiente, el diario El Popular escribía un editorial titulado, “La opinión del pueblo: ¡que se vaya el Gobernador!” El caso saltó a la prensa de todo el país.

Las autoridades civiles cerraron los locales obreros, pero el resto del pueblo se sumó en señal de duelo y protesta. Unas 12.000 personas se manifestaron por la tarde hasta el Hospital Militar, donde estaban los fallecidos de la jornada anterior, a los que se enterraron de madrugada.

El día 18, el diario ABC difundía que continuaba la “total paralización del comercio y de la industria en Málaga entera”. La solidaridad del pueblo fue total, y la huelga se extendió hasta el día 21, a la que se sumaron profesores, costureras u oficinistas.

Para colmo de problemas llegó la gripe. Casi siete millones de españoles de una población total de veinte millones se contagiaron, falleciendo entre 200.000 y 260.000 personas. A finales de noviembre, esta segunda oleada comenzó a decrecer.

En Málaga, el vector de entrada fueron dos buques de guerra anclados en el puerto, los cañoneros María de Molina y Álvaro de Bazán. La Iglesia malagueña no convocó procesiones o rogativas multitudinarias.

En Málaga una de cada diez personas había muerto. En la India, fallecieron entre 12 y 13 millones de personas. En Rusia devastada por la guerra civil, la gran pandemia de gripe arrasó Bielorrusia y Ucrania, y luego Moscú y Petrogrado, donde uno de cada dos residentes cayó enfermo.

El colapso de los transportes y la falta de abastecimiento de víveres, en un estado arcaico, acabó en siete días de hambre con la paciencia del pueblo ruso y la abdicación del zar Nicolás II en marzo de 1917, tras abandonarle toda la cúpula de ejército y la iglesia ortodoxa, era el pasado.

Finalizada la Primera Guerra Mundial, con los soviet en el poder se inició la guerra civil entre 1918 y 1922. La necesidad de hacer frente a la guerra civil llevó a Lenin a decidirse a firmar las duras condiciones exigidas por las potencias centrales.

Los bolcheviques controlaban las principales regiones industriales. Los mejores sistemas de comunicación, en particular los trenes, estaban bajo su control, permitiendo que tanto los soldados como los suministros necesarios sean velozmente transportados al campo de batalla.

Los cosacos, formaron el embrión del Ejército Blanco. Más tarde logran vencer repetidamente al Ejército Rojo y conquistar la Rusia meridional donde, en agosto de 1918, forman el gobierno de la Rusia Libre. Un ejército a pie y con espadas frente a otro con armas de fuego y que se movilizaba en tren, de los bolcheviques.

En Siberia, mientras tanto, tras la estela de la acción de la Legión Checoslovaca, constituida por prisioneros del ejército austro-húngaro que se habían apoderado de la vía férrea transiberiana, se formaban gobiernos anti-bolcheviques que, el 8 de septiembre de 1918, se reunieron en un único Directorio por el almirante Vasilevic Kolcak.

Tropas francesas e inglesas desembarcaron en la Rusia meridional y en la septentrional, mientras que en Siberia intervinieron contingentes japoneses, americanos, ingleses, franceses e italianos. Estas tropas extranjeras no combatieron en ningún momento contra los bolcheviques y abandonarán a los “ejércitos blancos” a su destino, en el momento en que se vislumbre su derrota por falta de suministros, de organización y de armas.

A finales de 1919 el Ejército Rojo empieza la reconquista de Siberia. En el frente septentrional el general Miller, fue abandonado por los ingleses a su destino, y tuvo que huir con miles de soldados a Noruega en enero de 1920. En el frente norte, el general Judenic, en octubre de 1919, es abandonado por la flota inglesa y, después de duros combates, se refugia en Estonia, donde fue desarmado.

En el frente meridional, en enero de 1920 desalentado por las traiciones de los Aliados y las discordias internas, se desmorona. Tras reorganizarse con las tropas aún fieles se  desencadena una última y desesperada ofensiva, que derrotan a los bolcheviques persiguiéndolos hasta el Dnieper en octubre de 1920.

Moscú firmó la paz con Polonia y atacó con todas sus fuerzas, cinco millones de soldados, derrotando definitivamente a los blancos en noviembre de 1920. Los combates duraron hasta el año 1922, si bien a un nivel muy inferior.

Mas de un millón de personas abandonaron Rusia escapando de los estragos de la guerra civil, del hambre, y la nueva dictadura marxista -atea, en un país con 90 por ciento de creyentes.

Los soviets no impondrían su ideología de terror en Alaska, pues en 1867 Rusia vendió el territorio a Estados Unidos por 7,2 millones de dólares. Sólo en los primeros cincuenta años de propiedad, los norteamericanos obtuvieron ganancias cien veces superiores al valor de la compra.

Años antes, el 10 de septiembre de 1812 los rusos fundaron Krépost Ross​, cerca de la misión franciscana y presidio español de Sonoma, actual San Francisco.

En 1841 tanto Inglaterra como Estados Unidos se repartieron el Oregón  americano, y un ventajoso acuerdo con la inglesa Compañía de Hudson para abastecer a los establecimientos de Alaska hizo que los rusos vendieran el fuerte ruso en California en el año 1842.

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