Mortalidad por errores médicos. ¿Inevitables? - El Sol Digital
Mortalidad por errores médicos. ¿Inevitables?

Mortalidad por errores médicos. ¿Inevitables?

Miguel Such. Cirujano cardiovascular

La cifra da escalofríos: 251.454 ciudadanos fallecieron en Estados Unidos por errores médicos en el año 2015, el último estudiado. Es, de hecho, la tercera causa de mortalidad en ese país (cardiovascular y cáncer son las dos primeras). Y eso ocurre en la medicina más auditada y controlada que existe. Ante estos datos, ¿estamos en “buenas manos” cuando enfermamos?

Ante todo, es importante distinguir entre “errores” y “negligencias”. La línea que los separa es finísima, ya que negligencia implica una falta de cuidado o dedicación, mientras que los errores se producen a pesar de dedicar todo nuestro esfuerzo a evitar los problemas. Todos sabemos que equivocarse, a cualquier nivel, es inevitable: el objetivo es que los errores no provoquen muertes innecesarias. La seguridad nunca puede ser absoluta, y acercarse a ella requiere sistemas duplicados o triplicados que actúen cuando algo falla. Eso ocurre en los aviones en los que un accidente podría provocar la muerte simultánea de cientos de personas, o en los programas espaciales cuando un error puede costar cientos o miles de millones de euros y detener programas de gran utilidad pública. Pero ¿es posible establecer sistemas redundantes para la incalculable cantidad de acciones médicas?  El número de vidas salvadas parece evidente que multiplicaría decenas de veces las de accidentes aéreos. Y la repercusión económica es desconocida, pero podemos pensar que la mayoría de las equivocaciones ocasiona problemas, que sin llegar a provocar la muerte, hay que corregir con un fuerte gasto adicional sin relación con la enfermedad de base. Por ello, se dan las condiciones para dedicar muchos mas esfuerzos a su prevención.

Es evidente que no es posible duplicar todas las actuaciones, que van desde tomar la temperatura, prescribir siempre la dosis adecuada de un medicamento o realizar con exactitud la intervención que necesita cada paciente. Así que tenemos que buscar otros caminos para hacer frente a la inexorable ley de Murphy y disminuir el número de actuaciones que podrían “salir mal” y que, por tanto, alguna vez “salen mal”.

Lo primero debería ser conocer la magnitud del problema. Y en ello otros países nos llevan ventaja: sabemos que en Reino Unido fallecen anualmente unas 20.000 personas y 19.000 en Alemania por este motivo. No hay noticias de que en España existan estudios serios sobre el tema, por lo que estamos lejos de conocer datos de nuestro país.

Lo que sabemos, por otros países, es que los fallos del sistema ocurren a todos los niveles: diagnósticos erróneos, tratamientos equivocados, problemas evitables en operaciones quirúrgicas… pero también en la administración de fármacos al paciente que no es, o de fármacos diferentes al prescrito o con dosis inadecuadas, o dejar de realizar una intervención en el momento en que debería haberse hecho. Centenares de miles de actos, aparentemente insignificantes, pueden tener consecuencias nefastas cuando se trata de la salud. Y nunca, salvo por el más puro azar, puede resolverse un problema sin un diagnóstico previo. Los cirujanos lo sabemos mejor que nadie: nunca saldrá  bien una intervención, si no estamos extirpando o reparando la causa del problema. Así que para evitarlos, tenemos que tratar de conocer el mayor número posible de fallos reales. Y desde hace años se están tomando medidas.

La Joint Commission Internacional es un organismo que “acredita” a centros sanitarios, siendo su sello reconocido en todo el mundo como de máxima calidad. Una de sus misiones es inspeccionar las instalaciones, proponiendo medidas que redunden en la seguridad del paciente reduciendo los errores médicos. Y una de sus herramientas consiste en establecer en quirófanos, consultas o plantas de hospitalización, hojas donde se registren, de forma anónima, todo fallo o error producido o descubierto por cualquier persona, garantizándose que dicha información no se utilizará con fines inculpatorios en ningún caso. Pero quizás lo mas importante sea que si un centro no ha registrado un número determinado de errores en sus hojas no podrá conseguir la prestigiosa acreditación, ya que los errores existen y su “no recogida” supone en si mismo un “fallo grave de seguridad”. Las bases de datos con los fallos cometidos se convierten así en fuente de conocimiento y en la principal herramienta para evitarlos. Desgraciadamente, solo un hospital andaluz (Vithas Xanit Internacional de Benalmádena) posee en estos momentos la “Joint Commission Acreditation”. Pero tener esos registros y establecer la cultura de la “información para mejorar” y no “para perseguir” está al alcance de cualquier organización sanitaria.

Una vez conocidos los problemas más frecuentes o de peores consecuencias, podríamos comenzar a adoptar medidas concretas y medir su eficacia. Algunas están establecidas desde hace años en centros pioneros y han demostrado su efectividad: son los llamados “protocolos de obligado seguimiento” (equivalentes en inglés a los “Critical Pathways”), en los que las actuaciones médicas ante un problema determinado están establecidas de antemano y desarrolladas en función de la variabilidad de los propios pacientes. El médico debe seguir siempre los pasos marcados, y cualquier modificación debe justificarla por escrito. Estas excepciones se analizan posteriormente y se añaden al protocolo si se considera que fueron acertadas. La disminución de la mortalidad y de los efectos adversos en los pacientes con estas medidas está demostrada y publicada.

Todo esto podría llevarnos progresivamente a una “robotización de la medicina” en la que el médico se apoye en algoritmos matemáticos que propongan en cada momento las mejores decisiones médicas. En muchas actuaciones ya se ha prescindido del “elemento humano” y existen hospitales (alguno español) en los que un robot recibe la prescripción electrónica de medicamentos realizada por el médico, los recoge de la farmacia (también robotizada) y acude de forma autónoma hasta la cama del  paciente, donde tras comprobar el código que lo identifica en su pulsera, deposita en la mesa el tratamiento correcto. También están en desarrollo programas de reconocimiento de imágenes para ayudar a descubrir y destacar en pruebas radiológicas algunas alteraciones que podrían pasar desapercibidas al ojo humano, pero que podrían modificar un diagnóstico o una decisión médica. La tecnología seguirá ayudándonos a disminuir la variabilidad humana en la toma de decisiones.

En España, a pesar de la ausencia de datos, somos conscientes del problema: la mayoría de nuestros hospitales trabaja desde hace años en mejorar la seguridad de los pacientes, y continuamente se desarrollan normas y directrices para reducir riesgos. Los Servicios de Medicina Preventiva multiplican sus esfuerzos para conocer el número y la causa de las infecciones que se contraen dentro de los hospitales, establecen medidas de aislamiento y asepsia para disminuirlas y elabora estadísticas que permitan conocer la situación y cómo evoluciona cada año. Son importantes las “sesiones de mortalidad” que realizan algunos servicios para intentar encontrar por qué un paciente falleció de forma no prevista y si pudimos hacer algo diferente en algún momento para haber evitado su muerte. Estas sesiones permiten una autocrítica del grupo enormemente constructiva en términos de aprendizaje. El problema es que ante un fallecimiento, se tiene la tentación de pensar que cualquier decisión diferente hubiera sido mejor: la realidad es que en ausencia de un fallo evidente, las decisiones tomadas en grupo suelen ser las mejores, con independencia del resultado, que en medicina nunca va a estar garantizado. Pero cuando encontramos alguna causa imprevista que pudiera haber provocado esa muerte inesperada, o actuaciones que pudieran haberla evitado, no tenemos sistemas centralizados que la registren y publiquen, y ese conocimiento queda restringido a los participantes en las sesiones de mortalidad.

Enfermería es en estos momentos quien más trabaja buscando mejoras continuas y eliminando actos o situaciones que pudieran provocar errores: se incentivan las propuestas novedosas, se cuidan detalles aparentemente menores pero con gran trascendencia en la seguridad, se toman medidas nuevas cada día donde parece que podrían necesitarse…

Pero seguimos fallando en la recogida de datos, en el conocimiento global de donde estamos. Y sin ello, es difícil establecer prioridades, tomar decisiones concretas y, sobre todo, controlar la evolución y saber si las medidas aplicadas mejoran o no cada situación de riesgo potencial, qué hospitales están mejor, número real de efectos adversos registrados, etc. Es decir, falta un abordaje científico al problema.

Los sistemas de información, los “big data” aplicados a la seguridad de los pacientes, las auditorías de los datos recogidos, la comparación entre hospitales de estos datos auditados o su evolución año tras año… La meta es evitar muertes innecesarias, y con las cifras que conocemos, el número de vidas salvadas podría ser superior a la de tratamientos muy costosos y menos eficaces que la prevención de los errores. Tomar conciencia de su existencia y su importancia, puede ser el primer paso de la solución. La magnitud del problema justificaría la creación de “Centros Estatales de Estudio y Prevención” para recoger en grandes bases de datos toda la información sobre “errores médicos” que permita aplicar medidas eficaces para evitarlos. Su repercusión  mejorando nuestra sanidad podría ser enorme, que además podría medirse para conocer su evolución en el tiempo.

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