Motivos para la esperanza. Emilio José Triviño Triviño. Abogado - El Sol Digital
Motivos para la esperanza. Emilio José Triviño Triviño. AbogadoEl Pensador, obra de Rodin

Motivos para la esperanza. Emilio José Triviño Triviño. Abogado

Creo recordar que Ortega escribió en algún sitio que la cultura es el principio de conservación de la energía histórica. Una definición que me pareció concisa y expresiva.  La cito porque es lo que echo de menos en nuestra sociedad. No es que nos hayamos quedado sin principios, es que ya no sabemos ni cuidar de nosotros mismos. No parece quedar ni el más mínimo impulso de supervivencia, unido a una ausencia de energía vital que podría calificarse de atonía total de la sociedad civil.

Llama la atención la falta de creatividad o estímulo político de nuestros días, entendiendo por ello la búsqueda de soluciones a nuestra actual situación mediante el estudio de los hechos que acaecen y el razonamiento riguroso aplicado a los mismos; una labor que debería estar dirigida por personas comprometidas única y exclusivamente con la búsqueda de nuestra prosperidad, la de nuestra sociedad. Ahí debería operar nuestra energía histórica; pero no, ni las universidades, ni las instituciones de estudios políticos o sociales, ni siquiera, las  también numerosas fundaciones, nos ofrecen una posible solución que no implique una huida hacia delante de la mano de algún partido político. Nadie se atreve a proponer una salida a este atolladero que contravenga el interés de este sistema de partidos. Así que, tal y como podemos comprobar a diario, la iniciativa la tienen únicamente los dirigentes políticos, de quienes lo más original que se puede leer es una promesa de regeneración democrática y poco más.

Pero no nos puede extrañar esta situación. Poca energía histórica puede quedar en una nación como la nuestra, que a pesar de contar con siglos de existencia, su grandeza, o si se quiere, la medida de lo que es España, la establecen hoy cada uno de los dirigentes políticos a través de la permanente propaganda política a la que nos tienen sometidos con sus televisiones y radios públicas de ámbito nacional, regional o local. Ni siquiera los grandes medios de comunicación privados quedan al margen de esta propaganda, conscientes de la necesidad de contar con su correspondiente apoyo dentro de este sistema de partidos.

Y me vuelvo a acordar de Ortega, quien en otro de sus ensayos se quejaba de los limitadísimos medios de los que disponían nuestras bibliotecas, allá por el primer cuarto del siglo veinte. Hoy, que disponemos de esos medios, que la mejor ciencia o la mejor literatura está al alcance de la mayoría de la sociedad, ¿cómo es posible que haya tan poco interés en ellos?

La sociedad española está desvertebrada, no hay resistencia intelectual alguna al atropello político, y la mayoría de los que aun intentan cambiar este rumbo desintegrador de nuestra Nación, vuelven a incurrir en el mismo error, buscando nuevos partidos de ideología de izquierda, derecha o nacionalista., sin ver que por definición cualquier ideología dejará a una parte de la sociedad fuera, esto es, desintegrada. Ése fue el error que cometió la Constitución de la II República española, que en su artículo primero declaró que “España es una República democrática de trabajadores de toda clase (…)”. No cabía ni nadie ni nada más, consagrándose así la fractura social.

Hoy es el artículo seis de la vigente Constitución española el que se encarga de repartir el poder, haciendo de los partidos políticos los “instrumentos fundamentales para la participación política”. En este caso, la fractura se sitúa entre la clase política y la sociedad civil española, enajenada por el poder político  la primera y hastiada, la segunda, de ser mero objeto usufructuado,  además de desconcertada por verse sumida en una desquiciada realidad ni pedida ni deseada por ella. Esos “instrumentos fundamentales para la participación política” son los que tienen el control de las instituciones públicas y, cada vez más, de nuestras propias vidas.

Si la definición que Ortega da de la cultura es correcta, como así lo creo, entonces tenemos la sociedad más inculta que nunca haya tenido España en su larga historia, desorientada hasta el punto de no encontrar el modo de ejercer su propia defensa y con apenas energías para ello.

Ahora bien, que tengamos tan bajo nivel cultural, no quiere decir que estemos más lejos de la posibilidad de lograr encontrar la salida política. La mayoría de la gente cree que el acierto de las decisiones políticas depende de la cultura que tenga quien toma la decisión, como por ejemplo, a la hora de votar en unas elecciones. Pero eso es un error. Los votos son sumas de intereses, nada más, por eso las leyes lo que hacen es resolver conflictos de intereses (y no conflictos intelectuales), leyes dictadas por un poder legislativo. Nuestro problema, es que los intereses que rigen las decisiones políticas en España son los de los partidos políticos y no los de la sociedad civil, auténtica titular de la Nación española.

Por lo tanto, si el desengaño del actual sistema de partidos empieza a cundir entre nosotros, más posibilidades hay de salir del error. Debemos darle una oportunidad a la esperanza y a la valentía, tener confianza en las menguadas energías de nuestra cultura y defender la unidad de nuestra Nación para ponerla a la altura de sus posibilidades. Para ello, solo hay un camino, lograr un  periodo de Libertad Política Colectiva que nos permita acceder a un sistema político con separación de poderes y representación política, esto es, una democracia formal, tal y como nos lo enseñó mi Maestro, don Antonio García-Trevijano.

Deja un comentario

El email no será público.