No me toquéis a los reaccionarios. Francisco García Fortes. Abogado - El Sol Digital

No me toquéis a los reaccionarios. Francisco García Fortes. Abogado

El movimiento #MeToo vendría a ser un remake de la mil veces recordada escena de Casablanca: “¡Qué escándalo: he descubierto que aquí se juega”. Ahora toca indignarse mucho por comportamientos que nadie de la farándula más aquilatadamente progresista, la del círculo exquisito del matrimonio Clinton, podía ignorar.

Es comprensible que este derroche de hipocresía llegue a abochornar incluso a una parte del feminismo, como ha puesto de relieve un manifiesto firmado por un centenar de mujeres, entre las que destaca la actriz Catherine Deneuve. Declaran estas señoras verdades tan elementales como que “la galantería no es una agresión machista”, y en estos tiempos señalar según qué tipo de obviedades ya tiene su mérito.

Pero si queremos mantener un mínimo rigor intelectual y moral, hay que decir que el texto publicado en Le Monde forma parte del propio mal que denuncia. Sostener que la histeria antimachista es un problema de “puritanismo”, que “sirve en realidad los intereses de los enemigos de la libertad sexual, de los extremistas religiosos, de los peores reaccionarios”, significa no entender o no querer entender nada.

La ideología de género, que promueve activamente el abortismo (defendido por Deneuve en otro manifiesto famoso de 1971), la homosexualidad y la deconstrucción de la familia, no tiene nada que ver con el puritanismo, ni con la moral cristiana, ni con los reaccionarios, sino exactamente con lo contrario.

Alude el manifiesto del 9 de enero, con razón, a un “clima de sociedad totalitaria”, pero él mismo remeda a ciertas “críticas” del comunismo que, ante sus desastres más difíciles de esconder, lo acusaban de haberse quedado en capitalismo de Estado: ¿quién va a tener la culpa de todo si no el capitalismo? Como la derecha o el patriarcado, chivos expiatorios al alcance de cualquier coeficiente intelectual.

Me producen auténtica pereza los que vienen a salvar un supuesto feminismo distinto, que no odiaría a los hombres ni pretendería masculinizar a la mujer. Eso está muy bien, pero lo siento, si acaba en ismo, ya no me fío. Confieso sentirme mucho más cerca de esos reaccionarios a los que se podrá acusar de muchas cosas, excepto de tener algo que ver con la caza de brujas contra el machismo.

–Pero entonces, ¿usted es contrario a la libertad sexual? ¡Blasfemia!

Que nadie se ponga nervioso, es muy sencillo de explicar. Me opongo firmemente a que el Estado se meta en las alcobas de personas adultas. Pero no deduzco de ahí que cualquier tipo de conducta tenga el mismo valor, ni menos aún que deba ser aireada ni normalizada, sin el menor respeto por el pudor, la decencia ni tan siquiera la inocencia infantil.

Porque si alguien alberga alguna duda de que las agresiones y abusos sexuales están fomentados en buena parte por la banalización del sexo y de sus formas más degradadas, pierde el tiempo leyendo esto. Debería darse primero una vuelta por el mundo real, que es lo que uno se encuentra cuando aparta la mirada de la pantalla.

Los reaccionarios se equivocan probablemente en cosas como el recelo hacia las libertades formales (esas que también tiende a despreciar, por distintos motivos, el progresismo) o la nostalgia de edades doradas que jamás existieron. Pero su diagnóstico de la modernidad se me antoja una isla de lucidez en un mundo desquiciado y frívolo.

Juan Donoso Cortés sintetizó los errores contemporáneos en las “dos negaciones supremas” de la Providencia y del pecado original. Para Nicolás Gómez Dávila, “la causa de la enfermedad moderna es la convicción de que el hombre se puede curar [salvar] a sí mismo.” Y Richard M. Weaver admitió que no veía otro modo de “resumir el principal delito del hombre moderno, como no sea declarándolo falto de piedad.”

Efectivamente, en el siglo XVIII las élites intelectuales y, desde hace medio siglo, las masas, llegaron a la conclusión de que el cristianismo se puede sustituir por la “educación para la ciudadanía”, que es algo que viene de mucho antes de que naciera el abuelo de Rodríguez Zapatero, y del que Hollywood ha sido uno de sus más formidables instrumentos, maleducando a generaciones enteras en la denigración de la moral tradicional y la castidad.

Como consecuencia de ese trágico error, hemos terminado en esto: a las puertas del suicidio demográfico por un desplome inaudito de la natalidad (véase el brillante artículo de Francisco J. Contreras en Disidentia), e impotentes para frenar la invasión musulmana de Europa, mientras todo lo que parece preocuparnos es que no quede algún rincón del planeta donde abortar no sea legal y gratis.

Pueden tachar este análisis de reaccionario y tradicionalista, pueden rechazarlo de plano. Pero por lo que más quieran, no me vengan con que la ideología de género es un nuevo puritanismo, con esta estúpida cantinela a la que sólo falta que se sume alegremente la derecha más inepta, incapaz de desarrollar el menor atisbo de idea al margen del progresismo dominante.

 

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