Nuevo comienzo en la escuela

Nuevo comienzo en la escuela

Elvira Báez, Directora Novaschool Añoreta

En estos días, miles de niños y adolescentes en Andalucía dejan atrás el verano para volver al colegio. Despistados todavía por la liviandad de las vacaciones, acuden a sus centros escolares con la alegría del reencuentro con los compañeros, también con la expectación de comprobar quiénes serán sus maestros en este nuevo curso, algunos, ojalá que muchos, con la ilusión de saciar su curiosidad y su sed de conocimiento. Una expectación similar nos embarga a los profesores: también para nosotros el regreso al trabajo es un reencuentro, aunque de índole muy distinta al que espera a tantos empleados que regresan a su puesto tras el paréntesis vacacional.

En la escuela de nuestros días la labor del docente no se limita a la transmisión de conocimientos; entran en juego toda clase de emociones y de inquietudes que tienen que ver con ese material sensible, los alumnos, que constituye el centro de nuestra ocupación. Son tiempos en que la educación anda en boca de todos: se denuncian recortes, se cuestionan leyes novedosas que parecen haber venido para no quedarse, a tenor de la evolución de las políticas que las implantaron, algunos sectores rechazan vehementemente el supuesto empobrecimiento de las Humanidades en beneficio de materias relacionadas con la economía, se muestran modelos escolares de países nórdicos que despuntan en las pruebas PISA, al contrario que nuestros escolares, todavía tan mediocres en sus resultados… Demasiada crispación para un ámbito tan susceptible.

Afortunadamente, el maestro es un ser hecho a los vaivenes: más allá de modelos educativos, leyes más o menos beneficiosas o perjudiciales, más allá de comparativas europeas, el buen maestro sabe que siempre hay un fondo inalterable, un cimiento permanente y ajeno a los cambios formales que no es otro que la misión de contribuir a la formación integral del alumno, con el foco puesto en ofrecerle saberes, destrezas, competencias que les habilitarán para desenvolverse en cada etapa de su evolución, pero también modelos positivos de conducta, valores cívicos, habilidades sociales y ese don impagable que es la libertad que proporciona el conocimiento. La responsabilidad es tanta que solo la vocación permite afrontarla sin angustia.

Por otra parte, hay que reconocer que el maestro de nuestros días está de enhorabuena: ha tenido acceso a esa corriente pedagógica basada en la inteligencia emocional, que le servirá para impartir su docencia de una manera más justa, menos excluyente y por ende más favorable al desarrollo positivo de sus alumnos; además, cuenta con una infinidad de medios, especialmente tecnológicos, para propiciar una enseñanza más participativa en la que la creatividad ocupa un lugar privilegiado. Los modelos tradicionales, angostos y limitadores, se han quedado obsoletos ante la amplitud de fronteras que permiten las nuevas tecnologías y los nuevos modelos pedagógicos. También las tan cuestionadas leyes educativas han tomado buena nota de las necesidades que plantea el presente y han enriquecido la oferta educativa con la obligación de incluir en los currículos multitud de aspectos encaminados a capacitar al alumno para la sociedad en permanente transformación que le aguarda al final de su etapa escolar: la integración de competencias tan útiles como la comunicativa, la digital, la que fomenta el espíritu emprendedor o los valores cívicos, entre otras, unida a la importancia concedida a la transversalidad le abren al maestro un campo de posibilidades que solo puede aportar beneficios a su labor y a la formación de sus alumnos.

La crispación no es nunca buena consejera, menos aún en este ámbito tan sensible de la educación. Vale la pena recuperar la pasión y la conciencia de los valores permanentes que distinguen a esta profesión y aplicarlos en seguir construyendo una escuela estimulante, creativa, enriquecedora y cordial.

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