Pandemias y héroes. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Abogado - El Sol Digital
Pandemias y héroes. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Abogado

Pandemias y héroes. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Abogado

En el año 541 la peste asoló Europa. La economía quedó desarticulada cuando el número de muertos superó al de los vivos en edad de trabajar. Los salarios se dispararon a causa de la escasez de mano de obra, lo que provocó una ola de inflación que duró decenios, a pesar de que el comercio y los intercambios se habían paralizado. El debilitamiento del Imperio bizantino facilitó el desarrollo de los reinos bárbaros de Europa.

Constantinopla había perdido casi el cuarenta por ciento de su población. En los dos años siguientes, la enfermedad acabó con la vida de cuatro millones de personas en todo el Imperio. Durante los dos siglos posteriores, la peste volvió en oleadas generacionales, pero sin la violencia inicial. El último brote se desató en Nápoles, en 767. Luego desapareció sin razón aparente durante seis siglos, hasta su fatal regreso en 1347: era la peste negra.

En el Siglo XIV, la epidemia de la Muerte Negra acabó con el 60 por ciento de la población europea, según el Centro de Prevención y Control de Enfermedades de Estados Unidos (CDC). Ya a principios del siglo XIX, la sacudida de la peste dejó 10 millones de muertos.

La peste negra de mediados del siglo XIV se extendió rápidamente por las regiones de la cuenca mediterránea y el resto de Europa en pocos años. El punto de partida se situó en la península de Crimea, a orillas del mar Negro. En 1346, Caffa estaba asediada por el ejército mongol, en cuyas filas se manifestó la enfermedad. Los mercaderes genoveses que mantenían allí una colonia comercial huyeron llevando consigo los bacilos hacia los puntos de destino, en Italia, desde donde se difundió por el resto del continente.

La peste tuvo un impacto pavoroso: se ignoraba tanto su origen como su terapia; por otro lado, afectaba a todos, sin distinguir apenas entre pobres y ricos. Únicamente en el siglo XIX se superó la idea de un origen sobrenatural de la peste. Los bacteriólogos Kitasato y Yersin, descubrieron que el origen de la peste era la bacteria yersinia pestis, que afectaba a las ratas negras y a otros roedores y se transmitía a través de los parásitos que vivían en esos animales, en especial las pulgas (chenopsylla cheopis), las cuales inoculaban el bacilo a los humanos con su picadura.

La forma de la enfermedad más corriente era la peste bubónica primaria, pero había otras variantes: la peste septicémica, en la cual el contagio pasaba a la sangre, lo que se manifestaba en forma de visibles manchas oscuras en la piel –de ahí el nombre de «muerte negra» que recibió la epidemia–, y la peste neumónica, que afectaba el aparato respiratorio y provocaba una tos expectorante que podía dar lugar al contagio a través del aire. La peste septicémica y la neumónica no dejaban supervivientes. La península ibérica, por ejemplo, pudo haber pasado de seis millones de habitantes a dos o bien dos y medio, con lo que habría perecido entre el 60 y el 65 por ciento de la población.

Se ha calculado que ésta fue la mortalidad en Navarra, mientras que en Cataluña se situó entre el 50 y el 70 por ciento. En términos absolutos, los 80 millones de europeos quedaron reducidos a tan sólo 30 millones entre 1347 y 1353.

Durante los decenios que siguieron a la gran epidemia de 1347-1353 se produjo un notorio incremento de los salarios, a causa de la escasez de trabajadores. Hubo, también, una fuerte emigración del campo a las ciudades, que recuperaron su dinamismo. En el campo, una parte de los campesinos pobres pudieron acceder a tierras abandonadas, por lo que creció el número de campesinos con propiedades medianas, lo que dio un nuevo impulso a la economía rural.

Antes que el británico Edward Jenner desarrollara un método contra la viruela tras darse cuenta de que las ordeñadoras de vacas no contraían la enfermedad porque estaban expuestas a la versión bovina del virus, varios científicos españoles, como Pedro Manuel Chaparro, habían probado ya con éxito métodos para inocular el virus en Chile, Perú y otros rincones del Imperio.

El 14 de mayo de 1796, Jenner dio el paso decisivo: extrajo pus de las ampollas de viruela bovina de Sarah Nelme, una campesina, y se lo inoculó a un niño llamado James Phipps, el hijo de su jardinero. Éste, al cabo de una semana, cayó levemente enfermo durante un par de días, pero luego se recuperó. Seis semanas después, Jenner le infectó deliberadamente con viruela humana, sin que se produjera efecto visible alguno. La eficacia de la vacunación quedó demostrada.

Fue preciso esperar al descubrimiento de los gérmenes, gracias a Robert Koch y Louis Pasteur. Únicamente entonces fue posible crear vacunas contra enfermedades como la diarrea crónica intestinal grave (1879), el ántrax (1881), la rabia (1882), el tétanos (1890), la difteria (1890) o la peste (1897). El último caso conocido de viruela tuvo lugar en Somalia en 1977. Todo ello es el legado de un modesto médico rural inglés llamado Edward Jenner.

España ha gozado a lo largo de la historia de una nutrida corte de médicos, inventores y grandes científicos al mismo nivel para los avances relacionados con la medicina y la botánica.

José Celestino Mutis y Bosio (Cádiz, 1732), sacerdote, se centró en el estudio de los aspectos botánicos, agrícolas, comerciales y médicos de la exótica droga llamada «quina» o «cascarilla». El empleo de la quina para combatir el paludismo, fiebres tercianas y otras enfermedades similares y llegó a convertirse en uno de los templos científicos más importantes de Europa.

La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna contra la Viruela (1803-1814) recorrió La Coruña, Puerto Rico, Venezuela, Cuba, México, Texas, Colombia, Chile, Filipinas. Aquello salvó una cantidad indeterminada de vidas de una enfermedad que, ricos o pobres padecían. El científico y divulgador Alexander von Humboldt avaló aquel viaje «como el más memorable en los anales de la historia».

Durante la epidemia de cólera de 1885 surgida en Valencia se calcula que llegaron a morir diariamente en España de quinientas a seiscientas personas. Jaume Ferrán i Clua desarrolló su vacuna contra el cólera, además de otras contra el tifus y la tuberculosis, justo unos meses antes del nacimiento de la primera vacuna antirrábica de Pasteur. El canario Vicente Llorente, que había estudiado en laboratorios de París y Berlín los avances de la sueroterapia, pagó de su propio bolsillo la compra de suero antidiftérico y fundó en España el Instituto Microbiológico de Sueroterapia. El médico canario creó un modelo de producción científico e industrial del suero para España, aunque también se usó en otros países, que ayudó a salvar miles de vidas.

La transmisión de la fiebre amarilla fue durante siglos un misterio para la ciencia hasta que, en 1881, el español Carlos Finlay descubrió el papel del mosquito que lo transmite. Su principal aporte a la ciencia mundial fue su explicación del modo de transmisión de la fiebre amarilla, que durante años fue debatida y descartada por otros científicos. Entre 1893, 1894 y 1898, Finlay divulgó a nivel mundial las principales medidas que se debían tomar para evitar las epidemias de fiebre amarilla: destrucción de las larvas de los mosquitos transmisores en sus propios criaderos y prevención en temporadas más húmedas. Su método de erradicación logró eliminar la enfermedad de La Habana hacia 1901.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) calificó como una pandemia global la situación de COVID-19 hizo un llamado a los países a colaborar en el control de esta enfermedad. Si los países detectan, hacen las pruebas, aíslan, buscan los contactos y movilizan a su ciudadanía en la respuesta, se puede prevenir que haya multitud de grupos de transmisión y que éstos se conviertan en transmisión comunitaria, y la pandemia puede ser controlada.

Ahora es momento de unidad y cumplir criterios del Ministerio de Sanidad. Luego habrá que examinar si las medidas adoptadas se han hecho pensando en el peor escenario posible, de acuerdo con el Código Sanitario Internacional, que permite articular respuestas, acciones, indicaciones desde la OMS. La autorización de las manifestaciones del 8M, siendo vox populi el peligro de transmisión, las escasas medidas anteriores a esa fecha, la gestión de la crisis pandémica será examinadas a nivel político y si es necesario en sede jurisdiccional.

Es importante que la sociedad española asuma íntegramente conductas propias de prevención total en una etapa de transmisión comunitaria, a la que sumar las medidas de control, contención, medidas fronterizas y la declaración jurada.

Deja un comentario

El email no será público.