Política Vs Político (I)

Política Vs Político (I)

Antonio Porras Cabrera

Psicólogo. Profesor Jubilado de la UMA.

¿Para qué sirven la política y los políticos? Esta pregunta me la he hecho muchas veces, sobre todo desde que se cuestionan tanto las conductas de los políticos que nos rodean y nos gobiernan. Es cierto, como no podría ser de otra manera, que la política es imprescindible para el desarrollo y el gobierno de los pueblos. No es menos cierto que el buen político es aquel que da soluciones a los problemas de la sociedad y que sabe organizar, dirigir y enfocar las situaciones conflictivas para la convivencia y la justicia social. Dar sentido al buen gobierno, a la satisfacción de su pueblo, a esa justicia social y al desarrollo de todos y cada uno de los individuos, que componen la sociedad, de forma coherente y racional, requiere una habilidad que debería ser imprescindible para el ejercicio de la profesión de político.

En un sistema democrático es más evidente que, además, ha de ejercer su función desde el compromiso con su programa pero desde el respeto a las distintas sensibilidades que conforman la ideología de la ciudadanía en su conjunto. En una sociedad madura, no podemos permitir que haya liderazgos enardecidos e irracionales que lleven al conjunto de la sociedad, o a determinados grupos que la integren, a posiciones de confrontación y de conflicto sin salida posible.

La política, pues, es imprescindible, pues conlleva el gobierno de los pueblos, y no debemos confundir la política con el político. La política se encarga de todo lo relacionado con la cosa pública, con las cuestiones que afectan al gobierno de la sociedad, a la ciudadanía. De aquí precisamente surge el vocablo república (res – cosa – pública), y se definiría como “la forma de gobierno de los países en los que el pueblo tiene la soberanía y facultad para el ejercicio del poder, aunque sea delegado por el pueblo soberano en gobernantes que elige de un modo u otro”. Es, por tanto, la que, en teoría, se acercaría más al sistema democrático puro. El político es el actor operativo de la política, es decir, el encargado de implementarla en función del sistema imperante. Eso ya es otro cantar…

El modelo político es una variable a tener en cuenta, pues dependiendo de los principios y valores que se defiendan se acabará estructurando, cohesionando y organizando el mismo. Podemos hablar de sistemas autocráticos, donde cabe el absolutismo y las dictaduras; sistemas democráticos, donde se incluyes diversas formas de ejercer la democracia; sin olvidar el abanico de las oligarquías con sus teocracias, plutocracias, aristocracias, etc.
En vista de las circunstancias que nos envuelven, saco a colación el concepto de cleptocracia, donde el poder desarrolla el robo de capital, institucionaliza la corrupción y derivados (nepotismo, clientelismo político, apropiación indebida de caudales públicos, etc.), quedando impunes estas acciones por las alianzas dentro del sistema de poder, que forman una casta oligárquica.

El pueblo, por tanto, exige democracia. Quiere ser soberano y no súbdito. La democracia es el sistema de mantener esa soberanía y capacidad de decisión, delegando en quien gobierne, bajo la garantía de que el voto es reversible y, si este no funciona y no responde a mi delegación soberana, no le voto a la próxima. El problema es el conformismo con la corrupción, la tolerancia en ese tránsito desvergonzado hacia la cleptocracia, la inhibición de la responsabilidad social que implica el ejercicio de la democracia, el bajo perfil de la conciencia política de la ciudadanía, la cultura social imperante donde se acaba dejando en manos de los políticos las decisiones sin ningún tipo de control del colectivo social, etc. Para dar respuesta a todo ello es necesario un proceso educacional que forje un ser humano idealista, pensante, libre, crítico y racional para ayudar a progresar y consolidar el desarrollo social…

Tal vez, y a modo de conclusión, podríamos decir que el problema no es la política en sí, sino la forma que tiene de entenderla y ejecutarla el político que la aplica avalado por la mediocre ciudadanía que lo encumbra y lo consiente. La crisis del sistema es cultural, donde fallan principios y valores de implicación democrática. La dejación de responsabilidad por parte de un considerable sector de ciudadanos, que no exige conductas irreprochables a sus políticos, nos lleva a ese pasotismo del votante que se deja influir por los medios, sin criterio estructurado que garantice un discernimiento racional y crítico, yendo, en muchos casos, donde va la gente…

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