Póngamelo por escrito. Javier Torrox - El Sol Digital

Póngamelo por escrito. Javier Torrox

“Póngamelo por escrito”. Es esta una exigencia gruesa. Quien la hace, manifiesta su recelo. Quien la recibe, la entiende como una afrenta a lo que hoy se llama credibilidad y ayer era honor. UPN es casi el PP en Navarra. Pero sólo casi. Tiene dos diputados. Ambos le han exigido a Rajoy que se comprometa por escrito con un documento firmado de su puño y letra a que no se sentará con los gobiernos nacionalistas del País Vasco y Navarra para hablar de un eventual acercamiento de presos etarras. Rajoy necesita a UPN para aprobar la Ley de Presupuestos. El presidente ha dicho que no cambiará su política penitenciaria, pero en UPN dicen que firmas, y no palabras, son amores.

“¿Quién se fía del presidente del Gobierno de este país?”, le preguntaba el otro día un periodista al portavoz adjunto de UPN en el Parlamento navarro, Carlos García Adanero.

“Es que… Yo no, a ver… No es que no queramos fiarnos del presidente, pero… ¿Qué decir?”, contestó el parlamentario con más puntos suspensivos que palabras. “UPN no va a renunciar, en ningún caso, a sus principios”, había dicho antes y repitió después para salir del brete.

Tras la Gloriosa de 1868 y con el trono español vacante, Prim propuso a Leopoldo Hohenzollern-Sigmaringen –más conocido como Leopoldo Olé-olé Si-me-eligen–. Francia se opuso a que el príncipe alemán se convirtiera en Rey de España. La cosa no llegó a ninguna parte. Pero Napoleón III –dícese que instigado por su esposa, la granadina Eugenia de Montijo– exigió a Guillermo de Prusia que se comprometiera por escrito a no respaldar la candidatura de Leopoldo a España. Una semana más tarde estalló la guerra franco-prusiana, declarada por Francia por una hábil treta de Bismarck. No había redes sociales en 1870, pero la artimaña del canciller de hierro fue lo que los progres llaman hoy fake-news. Ese “Póngamelo por escrito” francés acabó con cañones prusianos a las puertas de París.

Puigdemont estuvo dispuesto a convocar elecciones autonómicas el pasado 26 de octubre. Lo condicionó a que Rajoy se comprometiera antes por escrito o públicamente a no aplicar el 155. Su exigencia no fue atendida. Al día siguiente hubo declaración de independencia.

El ultimátum de UPN a la Moncloa dejó el Presupuesto contra las cuerdas. Rivera había retirado su apoyo al Gobierno en la aplicación del 155 un día antes. Los de Ciudadanos describieron como “dejación de funciones” la inacción ejercida por el Ejecutivo en Cataluña. Probablemente sea esta la primera acción de Rivera para debilitar a Rajoy hasta obligarlo a dar por concluido su mandato. Erosionado por quien le aupó a la Presidencia y amenazado por sus socios navarros, el pusilánime de Pontevedra ha entrado en tiempo de descuento.

Si Rajoy está hoy cercado no es por sus socios, sino por las consecuencias de su pertinaz deslealtad hacia sus socios. Así se presenta la situación cuando la rebelión en Cataluña está por volver a la casilla de salida. El oráculo de Gerona ha hablado por youtube desde su tabuco moral prusiano. Ha ungido a Quim Torra como próximo cabecilla rebelde. Una vez elegido Torra presidente de la Generalidad, la aplicación del artículo 155 CE dejará de estar en vigor. Comenzará una nueva ofensiva contra la Nación española orquestada desde el palacio de la plaza de San Jaime. Dirá entonces el de Moncloa que todo está en orden, que el Estado de derecho y la democracia han vencido. Rajoy no es Rambo, pero está acorralado y la legislatura, kaputt. No se da por enterado. Alguien debería ponérselo por escrito.

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